EL ANILLO DEL REY NIBELUNGO (2DA PARTE)

 


Danna pasó días enteros sumida en una neblina de culpa y desesperación. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro carbonizado de Valeria, sus alaridos de dolor resonando como ecos en su mente. Sabía que había deseado su muerte, y el anillo había respondido a ese deseo oscuro. Aunque ella juró no usarlo nunca más, no podía ignorar que ya lo había hecho, así como tampoco podía negar el inmenso poder que albergaba.

Pero más allá del poder, estaba el peso que ahora tenía que cargar sobre sus hombros. Danna había tomado su decisión, ella no sucumbiría ante la oscuridad. Por ello, necesitaba redimirse, encontrar una manera de compensarle al universo el daño que había hecho. Era la única manera. Sin embargo, cada idea que surgía en su mente sobre la forma en que podría alcanzar la preciada redención parecía inútil, insuficiente. Entregarse a la policía era absurdo; ¿quién creería que un anillo había invocado un rayo para acabar con Valeria? ¿Cómo explicaría lo inexplicable sin sonar como una lunática?

Durante días, le dio vueltas al problema sin encontrar respuesta. Hasta que una noche, agotada, cayó rendida en un profundo sueño.

En su sueño el mundo era un vasto campo de batalla. Danna estaba rodeada por sombras que tomaban formas indistintas: rostros furiosos, manos que se alzaban en armas, luchas interminables, gritos de dolor, de sufrimiento. A lo lejos, una luz dorada brillaba, y de ella emergieron un grupo valquirias, todas ellas con sus armaduras doradas resplandeciendo bajo un cielo rojizo. Danna las reconoció como las almas cautivas del anillo, no supo cómo podía estar tan segura, simplemente lo estaba.

Las valquirias blandieron sus armas en el aire y estas comenzaron a brillar cada vez con más fuerza. –Tu deseo de redención es tan puro y fuerte que ha podido despejar el velo de corrupción que envuelve al anillo. Gracias a ello estamos aquí ante ti, dispuestas a confiártelo todo, nuestro destino entero –las imponentes semidiosas cantaron en tanto cabalgaban sobre sus corceles alados. Poco después el brillo de sus armas se intensificó tanto que se volvió cegador. Lo que Danna vio a continuación fue una serie de imágenes de un lejano pasado. Aquellas valquirias habían sido semidiosas con un corazón muy sensible. Por ello, siempre sufrían con las guerras y conflictos de los hombres. Se cuestionaron la utilidad de aquellas carnicerías, llegaron a dudar de su propio propósito como encargadas únicamente de llevarse las almas de los guerreros caídos en combate rumbo al Valhala. Desearon poder hacer algo más. Ese deseo fue el que las condenó al encierro eterno dentro del anillo. El enano conocido como el rey Nibelungo vivía en un gran palacio asentado sobre las faldas de una enorme montaña escarpada. Él era muy famoso por su capacidad para forjar increíbles armas y objetos cargados con un gran poder mágico. Dicha fama fue lo que impulsó a las valquirias a acudir a su trono y solicitarle su ayuda. Su deseo era simple: ser capaces de ir en contra de los designios de los dioses y gobernar a los hombres, así ellas se encargarían de guiarlos por el camino de la paz y de la prosperidad. Nunca más se conocería la guerra ni la violencia en la sociedad de los hombres. Cuando el enano oyó su deseo esbozó una extraña sonrisa. Les prometió que forjaría algo capaz de cumplirles tan noble deseo.

Así fue creado el anillo del Rey Nibelungo. Sin embargo, apenas la líder del grupo de valquirias se lo puso, todas ellas quedaron encerradas dentro del anillo. El rey Nibelungo avanzó hasta el caído anillo, lo levantó y se lo puso en el dedo. De inmediato sintió su gran poder, el poder de todas las valquirias que acababan de quedar encerradas allí. Las valquirias desde su encierro les rezaron a los dioses para que intercedan por ellas. La respuesta de Odín fue dura. Le arrebató el anillo al enano, pero no liberó a las angustiadas semidiosas. Como castigo ante su desacato, lanzó el anillo por un portal que las envío a otro lugar y otro tiempo muy lejano. Allí ellas estarían condenadas a maldecir a todo aquel que porte el anillo.

–Sin embargo, Danna –dijo la que parecía ser su líder, con una voz que resonaba como un trueno–, el gran dios Odín nos prometió que algún día alguien se encargaría de liberarnos de nuestro eterno tormento. Yo estoy segura de que ese día ha llegado, Danna. Has debilitado el influjo de oscuridad del anillo y nos has dado una oportunidad única de redención. Pero para liberarte de su carga y reparar el daño que has causado, debes enfrentarte al origen de su maldad. Solo así serás libre, solo así nosotras seremos libres.

–¿Qué tengo que hacer? –preguntó Danna, con voz débil pero decidida.

–Debes viajar al palacio del rey Nibelungo –respondió otra valquiria–. Es una fortaleza oculta en lo profundo de una montaña, donde el anillo fue forjado. Allí, en el salón del trono, encontrarás al rey. Pero cuidado: no es el ser que alguna vez fue. El poder y la ambición lo han transformado en un espectro lleno de odio.

–¿Y cómo se supone que lo derrote? –Danna sintió un nudo en el estómago.

–Te acompañaremos con nuestras conciencias. Así podremos bendecirte con nuestros conocimientos y nuestro poder mágico para que puedas enfrentar los peligros de su palacio –dijo la líder–. Pero el valor y la voluntad para continuar dependerán exclusivamente de ti. Este camino es uno de sacrificio. Desde ya te advertimos que podrías no regresar.

Danna apretó los puños. Sabía que esta era su única oportunidad para redimirse, no solo ante sí misma, sino que también ante el destino y los dioses. –Acepto –así, la joven muchachita finalmente contestó. Inmediatamente después, todo se le hizo negro.

Danna despertó con un sobresalto. Su habitación estaba envuelta en sombras, y un extraño brillo dorado emanaba del anillo en su dedo. Antes de que pudiera procesar lo que estaba ocurriendo, las valquirias emergieron del anillo, bajo unas formas translúcidas y fantasmagóricas con las que pronto la rodearon. Comenzaron a girar a su alrededor cada vez más rápido, hasta que formaron un torbellino de luz. El aire se llenó del sonido de sus cánticos solemnes, y un vórtice dorado se abrió sobre Danna.

La succión fue instantánea. Danna sintió que su cuerpo era arrastrado. Su habitación pronto desapareció en tanto ella caía en un abismo inconmensurable de luz.

Cuando la luz se desvaneció, Danna se encontró de pie ante la entrada de un palacio colosal. Este estaba construido en la ladera de una montaña oscura, y sus torres parecían rasgar las pesadas rocas de la montaña. Grandes puertas de hierro negro se alzaban frente a ella, grabadas con runas que parecían moverse bajo la tenue luz de una luna oscura. Danna por un instante sintió que las fuerzas le flaqueaban.

Las pesadas puertas se abrieron solas cuando ella avanzó. El eco de sus goznes resonó por todo el lugar como un quejido profundo. El interior era un laberinto de cámaras y corredores, cada uno más opresivo que el anterior. Antorchas de flamas azuladas iluminaban las paredes, las cuales estaban adornadas con relieves que ensalzaban la leyenda del poderoso rey enano a lo largo de los siglos. Para su suerte, gracias a la guía de las valquirias, cuyas voces resonaban en su cabeza, Danna consiguió avanzar sin perderse en el intento.

El primer obstáculo que Danna tuvo que enfrentar fue un grupo de estatuas con forma de grotescas gárgolas que cobraron vida al sentir su presencia. Eran enormes monstruos de piedra, con sus garras tan pesadas y letales como alfanjes. Danna quiso retroceder, huir de aquel salón, pero las pesadas puertas de piedra por las que había ingresado se cerraron de golpe. Las valquirias le dijeron que no tema, que con su ayuda ella podría vencer. Danna asintió y les confió su vida. Pronunció un cántico que las valquirias le transmitieron, y pronto su mano brilló con una luz dorada. Esta rápidamente tomó la forma de una espada espectral que parecía hecha de fuego líquido. Danna la empuñó con fuerza y se lanzó a la batalla. Las gárgolas arremetieron con salvaje furia, y Danna no pudo esquivar del todo sus embates. Terminó con cortes superficiales, pero esto no la amilanó. Su corazón comenzó a martillar con fuerza. Danna realizó precisos movimientos, y poco a poco fue cercenando a los pesados guardianes de piedra. Cerca de media hora después acabó con la última gárgola. Una puerta oculta en el lado opuesto al que ingresó se abrió. Danna avanzó con paso lento y cansado. Aquella había sido una dura batalla.

A medida que descendía, los desafíos se volvían más peligrosos. Danna no se amilanó. Descendió y descendió. Creyó que ya había cogido el ritmo. Sin embargo, un reto mucho más desafiante la esperaba en la siguiente cámara. Se trataba de un elegante salón lleno de espejos. Cada paso que daba producía un eco que se perdía en la vastedad del amplio recinto. De pronto comenzó a oír voces. Con incredulidad contempló como de cada espejo emergía una versión oscura de sí misma. Cada una de estas le susurraba sus miedos y culpas. Danna enfrentó a estas copias, pero resultaron ser muy poderosas. Para colmo de males, se percató de que no podía oír las voces de las valquirias. Estaba sola, y eso la aterró. Pronto fue acorralada. Blandió con desesperación su espada flamígera, pero esta no consiguió dar en ningún blanco. Cerró los ojos y se preparó para asumir su triste final. entonces le llegó una voz lejana, muy lejana. En realidad, se trataba de un recuerdo, o eso fue lo que Danna terminó creyendo. Era la voz de su abuelo. “Eres valiente Danna, eres muy valiente, mucho más de lo que yo nunca fui”. Aquella voz le devolvió la esperanza, y la imbuyó de renovadas fuerzas. Levantó la espada y concentró en ella toda su voluntad. Esta se iluminó cual un sol, y de sus flamas emergieron las valquirias sobre sus corceles alados. Las semidiosas blandieron sus armas con vigor y avanzaron sobre las copias oscuras de Danna haciéndolas añicos.

Avanzó sin mayores contratiempos por una docena de pasillos y cámaras más. Finalmente ingresó a un salón desierto y en total estado de abandono. Pronto una niebla negra la envolvió. De improviso escuchó los gritos de Valeria, desgarradores y llenos de odio. Aquello la hizo flaquear. Empuñó la espada flamígera para darse valor. Avanzó en silencio. De pronto Valeria emergió de entre las sombras con una alabarda. A Danna le temblaron las manos. Su momento de duda le costó una herida de considerable profundidad en el abdomen. Tarde entendió que aquel espectro no era la verdadera Valeria. Aquello le dio fuerza. Luchó a pesar de su herida y pronto consiguió acorralar a la aparición. –¿Me matarás otra vez? ¿No te cansas de hacerme sufrir? –la Valeria espectral le inquirió con voz suplicante. Esta vez Danna no dudó. De un certero mandoble partió a su oponente por la mitad. Cada parte cayó pesadamente sobre el suelo empedrado y poco a poco empezó a desintegrarse en retazos de ceniza.

Finalmente, tras muchas peripecias, Danna llegó al salón del trono. Era una vasta cámara circular, iluminada por una luz púrpura que emanaba de una muy ornamentada claraboya situada en medio del altísimo techo. En el centro de la cámara, sobre un trono de obsidiana, yacía el rey nibelungo. Pero tal como se lo advirtieron las valquirias, ya no era un enano de carne y hueso. Su forma era la de un espectro envuelto en sombras, con una pesada hacha negra de la que brotaban relámpagos púrpuras sostenida bajo sus manos.

–Has conseguido llegar muy lejos, insignificante mortal –dijo el rey, con una voz que reverberó en el aire–. Pero no eres rival para mí.

Danna alzó su espada de fuego líquido, tratando de ignorar el miedo que crecía en su pecho. –No dejaré que tu maldad quede impune.

El rey rio. Fue un sonido hueco y aterrador que a Danna la hizo estremecerse. –Por fin el anillo ha vuelto a mí. El tan ansiado día por fin ha llegado. Una vez te derrote y recupere el tesoro que alguna vez me fue arrebatado seré tan poderoso que ni el mismo Odín podrá interponerse en mi camino.

–Eso ya lo veremos –Danna replicó, aunque con voz temblorosa. El rey no dijo nada más. Se levantó del trono y avanzó hacia la joven. Así, la batalla final dio inicio

El enfrentamiento fue feroz. El hacha del rey desataba potentes relámpagos púrpuras que hacían temblar la cámara, y Danna apenas lograba esquivarlos. A cada golpe que el rey daba, ella sentía que sus fuerzas menguaban. Pero las valquirias estaban con ella, con sus voces siempre susurrándole estrategias, y con su poder fluyendo en todo momento a través de su cuerpo.

En un momento crítico, el rey logró herirla, su hacha le produjo un tajo lacerante en la espalda. Danna cayó de rodillas, a punto de perder el conocimiento producto de un dolor cegador. Pero entonces las valquirias se alzaron a su alrededor, y sus formas translúcidas brillaron con intensidad.

–Danna, eres nuestra última esperanza –dijo una de ellas–. Toma todo nuestro poder. Conviértete en lo que alguna vez fuimos.

–Ya no tengo fuerzas, no sé si pueda... –susurró Danna, muy debilitada.

–Confiamos en ti, Danna. Confía tú también.

Con lágrimas en los ojos, Danna aceptó. Las valquirias desaparecieron, y su cuerpo se vio cubierto por una magnífica armadura dorada, en tanto su espada ardió con una intensidad cegadora. Asimismo, un corcel alado surgió bajo sus piernas. Danna sintió que su ser se cargaba con energías renovadas. Se secó las lágrimas. –No puedo decepcionarlas. No lo haré.

El poder renovado le permitió enfrentarse al rey con ferocidad. La batalla fue devastadora, pero finalmente Danna logró atravesar el corazón del espectro con su espada. El rey soltó un alarido desgarrador antes de desvanecerse en una explosión de sombras y relámpagos púrpura.

Sin embargo, durante el proceso su armadura y su espada se resquebrajaron producto del intenso enfrentamiento. Poco después de que el rey Nibelungo fue derrotado, la armadura y la espada comenzaron a deshacerse en irregulares trozos. Las valquirias aparecieron por última vez ante Danna, bajo unas formas ahora llenas de paz. Entonces ella entendió que las valquirias habían sacrificado sus vidas, ofreciendo todas sus energías e incluso su misma vitalidad para que ella pudiera obtener la victoria. Silenciosas lágrimas le fluyeron por las mejillas. El corazón de Danna se conmovió hasta lo más hondo.

–Gracias, Danna –dijo la líder–. Nos has liberado no solo de nuestra prisión, sino también de nuestro equivocado deseo. El ser humano debe vencer al mal por sí mismo. Es una misión difícil, pero no imposible. Tu acabas de demostrárnoslo. Ahora entendemos nuestros errores, no debimos dudar de los designios de los dioses. Te lo agradecemos, Danna. Gracias a ti por fin podremos descansar en paz.

Con una última sonrisa, las valquirias se desvanecieron, dejando a Danna sola en el salón. –Gracias a ustedes, mis queridas amigas –Danna llegó a decirles con voz queda. Poco después el anillo se soltó de su dedo y cayó al suelo, en donde finalmente se hizo añicos en una explosión de luz.

Danna despertó en su cama, sudando y con el corazón latiéndole con fuerza. Por un momento, pensó que todo lo vivido había sido un sueño. Pero cuando miró su mano, vio que el anillo ya no estaba. En su lugar, había quedado una marca rojiza, como de quemadura. Poco después comprobaría que su cuerpo tenía las cicatrices de todas sus heridas sufridas durante sus combates. Danna esbozó una tímida sonrisa. Sabía que nunca olvidaría lo que había vivido. Pero también sabía que por fin era libre, pues tras mucho esfuerzo y sacrificio finalmente había obtenido el perdón que tanto hubo anhelado su corazón.

FIN.

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