Desde el más allá me tiendes tus manos
Los rostros se veían como máscaras flotantes en medio de la oscuridad,
únicamente iluminados por la flama de una vela colocada en el centro de la mesa
circular. Boris la veía más hermosa que nunca, tan bella que ni en sus sueños
más idealizados recordaba haberla visto así.
“Harmony, oh Harmony”, él repetía mientras
sostenía su pálida mano y las lágrimas le fluían por las mejillas. Le dijo que
había sufrido mucho, que al final tuvo que huir del país y establecerse en el
pequeño pueblito en donde ahora se encontraba, porque la persecución se había
hecho demasiado encarnizada. Le confío sus dudas y reflexiones como en los
viejos tiempos, cuando ambos vivían juntos como marido y mujer, o cuando recién
se empezaban a conocer y él se atrevió a confiarle su más íntimo pensamiento.
“Cuando te vi por primera vez en la biblioteca de la universidad creí que me
acababa de quedar dormido y que estaba soñando. Y lo primero que se me vino a
la mente en ese momento fue que por nada del mundo quería despertar”.
Una ligera ventisca balanceó el fuego de la vela,
probablemente alguna ventana estaba a medio abrir. “Le dije a Katarina que
cierre todas las ventanas. Qué haré con esta niña tan distraída”, pensó Boris,
o eso creyó. “Sí. Cuéntame de nuestra hija, dime más de ella, quiero saberlo
todo”, Harmony le acercó su rostro de ondina. Boris la había amado tanto. “Es
tu vivo retrato, tan grácil, tan lúcida, tan graciosa y simpática, tan
comprensiva…”. “El otro día que fui a recogerla al colegio, su profesora me
dijo que me debo sentir muy orgulloso de mi hija, pues ella…”. La conversación
sobre Katarina se extendió por mucho tiempo, hasta que de pronto se hizo el
silencio.
A Boris se le acababa de hacer un nudo en la
garganta y no podía pronunciar palabra. “¿Qué es lo que tanto te atormenta,
querido?”, Harmony le dedicó una mirada de madre preocupada con aquellos ojos
tan claros y límpidos como un manantial de la helada tundra. “Jamás creí que
por expresar lo que pienso, que por defender lo que me dicta mi consciencia,
que por decir la verdad de lo que veo y de lo que siento que es justo… jamás
creí que el mundo podría odiarme por eso”, Boris se lamentó. Harmony intentó
animarlo, le dijo que ella siempre estuvo de acuerdo con su ideal, y que estaba
muy orgullosa por el hecho de que él haya puesto su voz y su corazón al
servicio de lo que creía correcto.
“Es que no lo entiendo, ¿en qué momento lo bueno
se convirtió en malo, lo indigno se convirtió en admirable, el pecado se
convirtió en virtud y en motivo de orgullo?”. Tras oír a su marido, Harmony
elevó la vista al techo y se quedó contemplando a la nada por algunos segundos.
“Las estrellas siempre iluminarán la noche y los árboles siempre crecerán sobre
la tierra. El sol siempre saldrá al amanecer y los pajarillos siempre trinarán durante
las madrugadas. En el océano los peces continuarán nadando y los vientos se
mantendrán soplando. Nada cambia porque de pronto al ser humano se le ocurre
destruirse a sí mismo. Podrán erradicar toda religión y toda moral, podrán
acosar a los que piensan por sí mismos hasta doblegarlos o hasta liquidarlos,
pero mientras quede un solo hombre sobre la tierra que continúe viendo las
cosas por lo que realmente son, el corazón de la humanidad seguirá latiendo”.
Boris contempló absorto a su mujer mientras ella
hablaba. “Eres un ángel”, le dijo. Harmony negó con la cabeza y le tomó las
manos con las suyas. Boris entonces se sumió en sus pensamientos, hasta que al
poco rato terminó perdiendo la noción del tiempo y del espacio.
Despertó de su letargo cuando sintió que las manos
de Harmony se habían vuelto tan frías como el invierno más crudo. Dirigió la
mirada hacia su mujer, y lo que vio lo dejó con el corazón hecho un puño. No
entendía cuál era la razón de su desazón, pues Harmony seguía tan bella como de
costumbre, pero sabía que algo acababa de cambiar en ella. El brillo en sus
ojos turquesa, la palidez de su piel, el rubio de sus cabellos, el rojo de sus
labios… no, no era nada de aquello. Boris entonces entendió que su mujer no era
la que había cambiado. Se acababa de dar cuenta de que el repentino cambio se
había dado en su propio interior, en su propia alma.
Una casilla blanca, luego una casilla negra: el
peón se fortalece a medida que se acerca a la última fila. Una mano de póker
imbatible, nadie podría tener mejor suerte. Full
house, imposible perder. Pero de nada sirve la mejor mano cuando el mundo
está al revés, como si estuviese siendo reflejado a través de un espejo. Royal flush, su reflejo le mostró su mano.
Y detrás Boris vio muchas sonrisas cargadas de odio, regodeándose de su
desgracia, alimentándose de sus fracasos, de los rechazos, de los insultos, de
los argumentos trillados con los que solían atacar sus ideas los nuevos
“expertos”.
“¿Cómo he terminado en el mundo de los espejos, en
donde la derecha se ha vuelto la izquierda, en donde arriba se ha vuelto abajo,
en donde la debilidad se ha vuelto fortaleza?”. De pronto un pozo se abrió bajo
sus pies y lo llevó a lo profundo de un abismo por medio de un resbalón en
espiral. Gira y gira, gira y gira y nunca se detiene. Una lluvia de lápidas
caía desde lo alto. La medallita que colgaba de su cuello le alumbró el camino.
Con su luz pudo leer los epitafios de algunas de las lápidas: “Aquí yace el
niño que solo quería jugar y disfrutar de su inocencia”, “A mi querida
libertad, la que murió bajo una avalancha de opiniones que pretendían
exaltarla”.
El resbalón en espiral continuó descendiendo por
algunos minutos más. Finalmente, Boris fue arrojado sobre un árido desierto.
Bajo la luz de la luna contempló como un águila devoraba las entrañas de un
gigante encadenado a una montaña. “Esta malvada es mucho peor que la que mató
Heracles”, el gigante se lamentó con voz de trueno cuando vio a Boris ante sus
pies. “¿Cómo se llama?, tímidamente le preguntó Boris. “Falsa justicia”,
respondió el titán.
Boris lloraba con la cabeza hundida entre sus
brazos. La vela ardía en silencio. Harmony lo observaba fijamente, en medio de
la penumbra sus ojos simulaban ser dos fuegos fatuos. “Esa bala debió haberme
dado a mí, ¿cómo pude permitir tan fatal desenlace? En primer lugar, ¿por qué
se me ocurrió convertirme en paladín de la verdad? Mejor dicho, ¿por qué decidí
convertirme en el salmón que lucha contra la corriente? Estúpido pez, oh,
maldito pez sin ceso, te diriges a tu muerte y a pesar de ello continuas en la
lucha con todo tu empeño. ¿Qué te motiva? ¿La verdad, la justicia, la
tranquilidad de tu consciencia, la indignación de tu espíritu?”. En las aguas
cristalinas del calmo río desciende hacia lo profundo una lluvia de
huevecillos, en tanto en la superficie flota un cadáver, muchos cadáveres. El
primer alevín asoma la pequeña cabecita.
Una lluvia torrencial cae sobre el bosque. Un
magnífico ciervo salta entre las piedras, corre entre los árboles. Detrás se
oyen los ladridos de una jauría de lobos. “¡Auuuuuuu!”, el crepúsculo cae y la
naciente noche se lamenta. El ciervo ha escapado y los lobos aúllan a la luna.
Un viejo ermitaño oye los aullidos a lo lejos. Él mientras tanto recoge bajo
las estrellas los huesos de animales muertos. “Son solo huesos de cadáveres, no
hay ni pizca de carne que comer. Pero son los perfectos sacrificios para los
dioses”, se dice el anciano. Surca el cielo una estrella fugaz. De la cueva del
ermitaño sale un lobo, luego un ciervo, después un halcón, y finalmente una
musaraña. “Los dioses transforman los sacrificios en vida, y así en este bosque
la vida se renueva”, el ermitaño le dice a la pata de pavo que está a punto de
devorar. En su delante crepita una fogata.
Boris por fin levantó la cabeza. Lo primero que
vio fue a su mujer con una taza en la mano. “¿Quieres que volvamos a estar
juntos?”, ella le preguntó. “¡Sí, claro que sí!”, Boris le respondió con ardor.
“Te prometo que esta vez será diferente, te protegeré con mi vida, dejaré atrás
todo lo demás, solo me importarás tú y nuestra felicidad. ¡Que el diablo se
lleve mis principios! Si el mundo quiere arder, pues que arda, ¡pero yo nunca
más volveré a separarme de ti!”.
Grandes nubes rosas flotan en el cielo de un
amanecer. Ángeles descienden desde el
naciente sol hacia el mundo. Llegan a la ciudad y comienzan a tocar a los
escogidos. Apenas sus dedos rozan la piel, el tocado se vuelve polvo y
desaparece. Pero en su lugar una mota de luz asciende lentamente hasta perderse
de vista entre las nubes rosas del cielo. “¡Al diablo, al diablo con todo!”, de
pronto una voz retumba, y todo arde, y todo se calcina, y del mundo no quedan
más que cenizas.
Boris sostenía la taza entre sus manos. “Por nuestra
nueva vida juntos”, él brindó, y a continuación levantó la taza. Se la llevó a
los labios. “Ya va a amanecer, y Katarina seguro que querrá desayunar”, de
improviso una mano lo cogió suavemente de la muñeca antes de que beba de la
taza. Era la voz de Harmony, de su Harmony que tanto amó. Y en esta ocasión su
mano ya no estaba fría. Por el contrario, ahora era tan cálida como el fuego
robado por Prometeo.
Katarina se levantó y se estiró sobre su cama.
Salió de su habitación y entró a la cocina. Se encontró con su padre dormido
sobre la mesa. Allí yacía también una vela consumida, un viejo tablero de
ouija, y una taza. La muchachita se marchó, aunque regresó al poco rato con una
manta para tapar a su padre. Sin embargo, cuando ella se le acercaba su pie pisó
algo. Era un sobre de veneno para ratas, abierto y vacío. Katarina estuvo a
punto de zarandear a su padre con desesperación, pero entonces se fijó bien en
la taza. “Está llena. ¡Está llena!”, Katarina le gritó muy emocionada a la
ventana, al sol, al naciente amanecer.
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