CAPÍTULO XXVIII (1ERA PARTE)
Era el último día
del año escolar. Harleen no encontró razones para asistir a la ceremonia de
clausura, de modo que optó por faltarse al colegio. Desde que comenzó a plasmar
sus sentimientos y reflexiones en su blog, su popularidad alcanzó niveles
exorbitantes. Mucha era la gente que comentaba y compartía sus escritos. Los
comentarios que de cuando en cuando ella se animaba por leer comunicaban en su
mayoría una gran admiración hacia su trabajo, sobre todo porque muchos de los
internautas se sentían muy identificados con sus textos. Harleen no supo
precisar desde cuándo comenzó a tener tan basta legión de seguidores, de chicos
que le dedicaban tiernos mensajes de amor en sus redes e incluso en el chat de
su celular, o de chicas que expresaban de mil formas la gran admiración que le
tenían. Sin embargo, lejos de animarla y de hacerla reconciliarse con el mundo,
Harleen tomó de mala manera todas estas muestras de aprecio, pues las consideró
hipócritas o en su defecto frívolas y mundanas.
“Te trataré como a una
reina, siempre estaré allí para ti. No todos los hombres somos como el idiota
de Arthur. Quizá no sea tan guapo y atlético, pero tengo un corazón que vale mil
veces más que el de ese alucinado. Solo dame la oportunidad para demostrarte…”,
Harleen no pudo terminar de leer el mensaje que acababa de llegarle al chat de
su celular. Con gesto de desagrado ella cerró la aplicación y luego guardó su
teléfono en el bolsillo de su chaqueta del uniforme.
–Juran ser
diferentes y especiales, pero todos siempre me dicen lo mismo. Hasta parece que
se hubiesen puesto de acuerdo. Me hablan de ellos mismos en todo momento, de lo
que los hace tan “distintos” del resto, del paraíso que encontraré si decido
quedarme a su lado… sus verdaderas intenciones saltan a la vista desde la
primera palabra. Ninguno de esos imbéciles entiende lo que realmente significa
amar. Ni uno solo me ha preguntado algo sobre mí, sobre lo que siento, sobre lo
que trato de expresar en mis escritos. Por mí pueden morirse todos esos
descerebrados –Harleen se dijo con molestia, aunque al poco rato todo atisbo de
rabia desapareció de su rostro. Ella acababa de sacar una libreta y un lapicero
de su mochila. Sentada bajo la sombra de uno de los árboles del parque ubicado
a espaldas de su colegio, ella comenzó a escribir. De pronto pasó a estar tan
abstraída en su labor, que hasta por momentos su semblante se asemejaba más al
de una estatua que al de un ser humano.
Nicolás bajó del ómnibus
a unas pocas cuadras de su antiguo colegio. Sacó cálculos y dedujo que para
aquel día en la escuela F. los estudiantes se hallarían en medio de su
ceremonia de clausura. “Esperaré a que salgan en ese pequeño parque que queda a
espaldas del colegio. Probablemente la salida se dé a eso del mediodía. Iré un
poco antes al portón principal y me quedaré allí hasta verla pasar. Entonces la
abordaré y le preguntaré si recuerda lo que me dijo aquel día en la glorieta.
Si su reacción es positiva, pues, pues entonces le ofreceré toda la información
sobre mi padre, pero si por el contrario ella muestra signos de no saber quién
soy o de no saber de lo que le hablo, entonces sacaré el cuchillo que llevo en
mi mochila y la apuñalaré directo en el cuello. Sí, eso haré, aunque allí no
acabará la cosa. Luego de matarla, con ese mismo cuchillo yo me quitaré la
vida. Todos los estudiantes que estén por los alrededores serán testigos de lo
que pasará, de cómo la espiral del monstruo finalmente se extinguirá”, Nicolás
caviló en tanto avanzaba cabizbajo y a paso ligero rumbo al mencionado parque.
“Eres increíble, ex
mejor amiga. Estuve a punto de matarme luego de lo que me hiciste, incluso
ahora de cuando en cuando me vuelven las ganas. Repito, eres increíble, porque
a pesar de todo el daño que me hiciste, todavía tienes el cinismo de escribirme
para suplicarme que deje de hablar en mi blog sobre mi ruptura con Arthur, pues
por culpa de mis escritos ahora todos te señalan y te culpan. ¡Habrase visto
tamaño descaro! De modo que no contenta con haberme quitado a mi enamorado,
ahora también quieres arrebatarme mi libertad de expresión. ¡Eres de lo peor!
¡Un cuervo hambriento de ojos para saciar su indecente apetito! Nunca te
mencioné, en todo momento solamente hablé sobre mis propios sentimientos. En
todos mis textos lo único que he hecho ha sido desahogar mi gran pena y nada
más. ¡No soy una despreciable víbora como tú, en ningún momento mi intención
fue vengarme de ti! Pero el ladrón cree que todos son de su condición; ¡tus acusaciones
son la verdadera ponzoña! ¡Ah! Pero te prometo que si me sigues buscando me
hallarás, y te aseguro que tu nombre esta vez sí que quedará inmortalizado en
mis líneas. Te juro por lo más sagrado que si vuelves a…”, Harleen escribía y
escribía como si le hubiesen dado cuerda. Aquella soleada mañana ella estaba
inspirada.
Nicolás quedó en
shock tras haber avanzado unos cuantos pasos en el parque. Y es que justo en su
delante, sentada sobre la banca que él pretendía usar para esperar, se hallaba
Harleen muy concentrada en una libreta sobre la que no dejaba de escribir. De
forma inconsciente él retrocedió un paso. Jamás se esperó que encontraría a
Harleen bajo tales circunstancias. Aquello trastocaba por completo sus planes.
¿Qué hacer? Ahora tenía más tiempo, podía actuar sin tanta precipitación. Sin
embargo, él no fue capaz de avanzar. Un repentino nerviosismo de pronto se
había apoderado de todo su ser.
Harleen estaba muy
enfocada en lo suyo, aunque de todas formas no le pasó desapercibida la sombra
que de pronto le tapó la luz del sol. Ella levantó la mirada y sus ojos se toparon
con los de Nicolás. Rápidamente él apartó la mirada.
–Disculpa, ¿deseas
algo de mí? –Harleen enarcó una ceja.
Por algunos
segundos Nicolás no supo que responder. –Yo, yo… tú, ¡hace mucho tiempo tú me
buscaste para que te cuente la verdad sobre mi padre! –él finalmente respondió,
aunque la última parte lo hizo casi gritando y apretando los parpados.
Harleen agitó la
cabeza para despejarse y así poder entender mejor lo que aquel loco trataba de
decirle. Por su parte, Nicolás tenía su mente sumida en un cataclismo. “No me
recuerda, no recuerda nada de lo que pasó. ¡Ya tendría que haberla matado!
¡¿Por qué no la mato?! ¡Es ahora, tengo que acabar con ella en este mismo
instante!”, él se repetía una y otra vez en forma imperativa, pero en ningún
momento su cuerpo le hizo caso.
–¿Te encuentras
bien? –Harleen se puso de pie y se le acercó. Resulta que de pronto Nicolás se
había puesto aún más pálido de lo normal, y para colmo las manos comenzaron a
temblarle.
Ver a la joven de
las coletas castañas ponerse de pie fue la chispa que la pólvora de Nicolás
requería para finalmente estallar. De forma repentina él abrió su mochila y
sacó un reluciente cuchillo de carnicero, con el que sin previo aviso apuntó a
Harleen. –Debí saberlo, ¿Cómo pude ser tan iluso? Para ti soy tan invisible
como para el resto. ¡Nunca estuviste preocupada por mí! ¡Nunca te gustaron mis
dibujos! ¡Esa tarde solo te acercaste a mí para saber sobre mi padre y así
poder sacar tu estúpida nota para el periódico escolar! Porque eso fue lo que
pasó, ¿no? Esa siempre fue tu única intención, ¡¿Por qué me dijiste que querías
que te dibuje un gato mirando a la luna, si en el fondo sabías que nunca más
ibas a volver?! Eres como el resto, tú no merecías mis esperanzas, tú…
Los ojos de Harleen
se abrieron a más no poder a medida que iba oyendo las acusaciones. Poco a poco
las palabras de Nicolás comenzaron a hacerle recordar. “Ya veo, es el hijo de
la bestia, ¡el hijo del asesino en serie Randy Velázquez!”, ella recordó de
pronto, y entonces un repentino escalofrío se deslizó por su columna vertebral.
–Sé quién eres. Perdón, ando muy distraída últimamente. ¿Qué es lo que deseas
de mí? –Harleen finalmente preguntó tras reunir el valor suficiente. Ella era
consciente de que su vida estaba en juego, así que actuó con suma cautela. Y es
que para colmo el parque se hallaba desierto. La joven maldijo la hora en la
que se le ocurrió hacer de aquel sitio su refugio predilecto.
–¿Qué deseo? ¡¿A
estas alturas me preguntas que qué deseo?! ¡Ya es demasiado tarde para eso!
–Nicolás en ese instante estaba desatado. Harleen retrocedió ante tan
amenazadores gritos, y terminó cayendo sobre la banca tras chocar contra esta.
Nicolás en un instante le cerró el paso. Sentada ante aquel desquiciado Harleen
se sintió el ser más indefenso del universo. Una gota de helado sudor le descendió
por la frente–. Es hora de terminar con esto –Nicolás elevó su cuchillo con
toda la intención de hundirlo en el vulnerable cuello de la joven.
–¡¿Es que quieres
ser igual que tu padre?!!! –en un angustiado intento por sobrevivir, y
sintiéndose acorralada y sin mayores esperanzas, Harleen lanzó este desesperado
manotazo de ahogado. Acto seguido ella cerró los ojos y aguardó su final, pues
comprendió que sus palabras en vez de tranquilizarlo probablemente habrían avivado
aún más el resentimiento de su atacante. Pero los segundos pasaron y ella
continuó respirando. Harleen abrió los ojos de golpe cuando oyó el cuchillo
caer sobre la acera. Quedó boquiabierta cuando ante sí ya no halló a un demente
sediento de sangre, sino a un pobre desgraciado cuyas lágrimas parecían
contener toda la tristeza y decepción del mundo entero.
–Tienes razón, esto
no resolverá nada. ¿En qué estaba pensando? Es solo que yo, yo… ¡detesto tanto
estar solo! Y todo por su culpa, todo por su maldita culpa –Nicolás cayó de
rodillas y con sus puños chancó el suelo–. Toma, aquí está la historia de mi
padre, lo que tanto querías –él rebuscó dentro de su mochila y al poco rato le
tendió a Harleen la infame agenda que contenía las memorias de Randy Velázquez.
Harleen dudó por un instante sobre si coger o no el libro, aunque al final lo
hizo. Lo cierto es que no quería contradecir a aquel tipo, ya que, ella
presumía, que de hacerlo él podría tener un nuevo arranque de locura que en
esta oportunidad no la dejaría indemne–. Es todo, yo ya no tengo salvación –de
forma repentina Nicolás tomó el cuchillo y con este apuntó a su propio cuello.
–¡No! –Harleen
golpeó el cuchillo con la agenda para arrebatárselo a Nicolás. Fue una reacción
instintiva que ni ella misma supo explicarse. Aun así, Harleen sintió un gran
alivio cuando el cuchillo voló lejos de la mano de Nicolás. El arma terminó rebotando
sobre el centro del camino empedrado con un ruido metálico. Nicolás en ese
momento miró a Harleen con los ojos muy abiertos. La joven no se amilanó y le devolvió
la mirada. En ese instante ella respiraba con agitación–. Yo también quise
matarme en algún momento, pero descubrí que hacerlo no iba a resolver nada.
Escapar nunca soluciona nada, ¿lo entiendes? –haciendo gala de una gran
valentía, Harleen agregó.
Nicolás en ese
preciso momento dejó de ver a Harleen como a un ser humano; esta vez él pasó a
verla como a un ángel que le tendía la mano desde el mismísimo cielo. Nicolás
ya no pudo resistirlo más y muy conmovido se lanzó hacia el regazo de Harleen,
en donde sus lágrimas fluyeron interminables cual una cascada caudalosa en
medio del bosque. Por un momento Harleen se asustó ante tan sorpresiva
reacción, pero finalmente ella levantó una mano y con sus dedos acarició la
cabeza de aquel abatido muchacho. –Cuéntame tu historia –ella de pronto le dijo.
Nicolás levantó la cabeza y la miró sorprendido–. Ya no me interesa saber sobre
tu padre. Ahora quiero saber más sobre ti –la joven agregó, y con una mano
invitó a Nicolás para que se siente a su costado. Él asintió aun con los ojos
llorosos, y después se sentó a su lado. En un primer momento le costó iniciar
con su historia, pero la mirada de Harleen lo motivó a no desistir. Así, él empezó
a hablar, y poco después las palabras le brotaron por sí solas. Nicolás no paró
de hablar por un buen rato. Mientras tanto Harleen lo oía muy atenta.
–Gracias por
haberme escuchado. No sabes cuánto necesitaba esto. Ahora me siento… bien. Yo… ahora
ya me siento muchísimo mejor.
–Lo entiendo
perfectamente, uno siempre necesita desahogar las penas. Yo lo hice a través de
la escritura –ella le mostró su libreta–, y tú lo acabas de hacer ahora abriéndome
tu corazón.
–Me has salvado,
eres mi salvadora. Por favor, acepta esto –Nicolás una vez más le tendió la
agenda de su padre–. Te harás muy famosa escribiendo sobre lo que dice aquí,
tan famosa como tu madre. Te lo mereces, es lo menos que puedo hacer por ti en
agradecimiento…
–Olvídalo –Harleen
apartó la agenda con suavidad–. Cuando te pedí que me hables sobre tu padre
aquella vez en la glorieta, yo no tenía tan claras las cosas como ahora. Yo estaba
ensimismada, obsesionada con ser reconocida como la mejor reportera del
periódico escolar. Pero gracias a todo lo que me ha pasado desde aquel entonces
he descubierto que el periodismo no es lo mío, que eso es cosa de mi madre. Yo en
realidad soy una escritora literaria, mi alma posee demasiada sensibilidad como
para enjaularla en algo tan terrenal como lo es el redactar una noticia. Y
justamente debido a esa dormida sensibilidad que ha despertado en mí es que
ahora sé que hurgar en el pasado de tu padre está mal, pues terminará afectando
a su familia, a tu madre, incluso a ti mismo. ¿Es que ya no has tenido
suficiente de todo esto? –en ese momento Harleen pensó en su propia vida, en
las cosas que ella no conseguía dejar detrás. “Es verdad, para mí también ha
llegado el tiempo de soltar”, la muchacha reflexionó. Poco después, con toda
calma la muchacha Harleen tomó su libreta–. Lee esto –ella le tendió la
libreta, abierta justo en la página en la que acababa de despotricar contra
Gina. Algo desconcertado, Nicolás tomó la libreta y leyó.
–¿De quién estás
hablando aquí? –él preguntó.
–Una persona que
por mucho tiempo creí que era mi mejor amiga, pero que al final terminó
haciéndome más daño que nadie. Pensaba publicar esto en mi blog, pero, ¿sabes
qué? Acabo de decirte que lo mejor es dejar atrás lo ya pasado, ¿no es cierto?
Así que debo predicar con el ejemplo –tras decir esto Harleen tomó la libreta y
arrancó la hoja en la que acababa de escribir. A continuación, ella trozó dicha
hoja hasta reducirla a un montón de pedacitos.
–Sí, creo que
tienes razón –Nicolás asintió con asombro.
–¡Oh, y por cierto!
Si todavía quieres compensarme por haberte “salvado”, entonces lo mejor que
puedes hacer por mí es acomodarte en tu lugar y escuchar mi historia. Creo que
yo también necesito desahogarme con alguien real, y no solamente ante una
inerte computadora –Harleen le dedicó una ligera sonrisa. Nicolás no pudo
negarse, de hecho, lo que más quería en el mundo en ese instante era oír lo que
aquel ángel que acababa de salvarle la vida tenía para contar.
Harleen empezó a
hablar y en todo momento Nicolás la oyó muy atento. Poco a poco el cielo empezó
a nublarse. Nicolás recién reaccionó cuando una gota de lluvia le cayó sobre la
nariz. –Quizá deberíamos buscar un mejor lugar para resguardarnos de la lluvia
–él sugirió.
–¡Cállate, que
todavía no he terminado! –Harleen le reclamó. Él se le quedó viendo
boquiabierto–. ¡Jajaja! –Harleen de improviso se echó a reír–. Deberías haber
visto tu cara, ¡jajaja! –la joven de las llamativas pecas en las mejillas no
pudo parar de reír. Nicolás terminó contagiándose de tan refrescantes risas, y
al final él también se echó a reír. Poco después la lluvia arreció, pero
ninguno de los dos adolescentes se movió de su lugar. En ese momento ambos
charlaban y reían, como si fuesen amigos de toda la vida.

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