CAPÍTULO XXVII (1ERA PARTE)

 


Nicolás no entendía por qué el destino se empeñaba en hacer de su vida una continua tragedia. Acababa de recibir el duro golpe de saber que, aunque murió como un monstruo, su padre al final se había arrepentido de sus actos. Y por si esto ya no fuera suficiente, ahora su madre entraba a la palestra con su repentina recaída. “Ni siquiera puedo estar allí para ella; aunque ya no me lo ha vuelto a decir, estoy seguro de que mamá se siente incómoda a mi lado… al fin y al cabo soy el hijo de Randy Velázquez, es entendible que me confunda con mi padre. Aun así, aun así, ¡es tan doloroso! Yo no soy un monstruo, yo no tengo la culpa de haber nacido con algunos de los rasgos de mi padre. ¡Dios, te lo suplico! Sana la mente de mi madre, cúrala de su paranoia… no quiero perderla también a ella”, una mañana Nicolás rogó para sus adentros en tanto contemplaba desde la distancia la puerta cerrada de la habitación de su progenitora. Segundos después él negó con la cabeza y soltó una resignada exhalación. –Tengo que ir a clases, al menos debo evitarle más decepciones –Nicolás se dijo en voz baja, y sin más retrasos abandonó el apartamento.

La primavera estaba entrando en su último tramo. Los días soleados comenzaron a hacerse más calurosos. Nicolás salió de su colegio con la mirada fija en el suelo y concentrado en sus pensamientos. “Siento que el mundo entero me está dando la espalda”, él reflexionó una vez se subió a su transporte público. Por la ventana observó el paisaje citadino. La gente continuaba con sus vidas, nadie sabía de su tragedia ni tenía las más mínimas ganas de hacerlo. Nicolás estaba solo. De hecho, él había estado solo desde mucho antes de que su madre caiga enferma. “Si al menos tú hubieras cumplido con tu promesa”, Nicolás sacó una hoja desgastada de su mochila y la contempló por un largo rato. Era un dibujo de Harleen, ya sin rasgos felinos, simplemente ella con su uniforme escolar. En el dibujo ella le sonreía y le dedicaba una tierna mirada. Nicolás terminó arrugando la hoja y guardándola de mala gana en su mochila. Poco después su mirada volvió hacia la ventana del bus y hacia las calles. Él soltó una prolongada exhalación.

A medida que se acercaba la navidad, Nicolás fue deprimiéndose más y más. Una tarde en la que se encontraba en la glorieta del parque de su casa, él de pronto dejó de dibujar y se perdió en sus más tristes recuerdos. Antes de que su padre le revelara al mundo que era un monstruo despreciable, Nicolás había tenido una vida normal, había tenido amigos, había reído, había tenido las preocupaciones de un adolescente normal. No podía entender cómo es que sus amigos lo habían abandonado así de fácil. “Mamá me ha prohibido que hable contigo”, recordó lo que su supuesto mejor amigo le dijo una tarde en la que él lo llamó en busca de consuelo. Nicolás quiso gritarle en ese momento que él no era un asesino, que su mamá estaba loca si pensaba que él era la reencarnación del asesino Randy Velázquez. Sin embargo, al final Nicolás simplemente calló y cortó la llamada. Él se consoló en aquel entonces creyendo que las cosas en su nuevo colegio serían diferentes, que con la estratagema de su madre de registrarlo únicamente con su apellido materno su situación cambiaría. Pero el tiempo pasó y él no fue capaz de hacer nuevos amigos. No creía probable que sus nuevos compañeros se hayan enterado de su verdadera identidad, y eso precisamente era lo que más lo desalentaba. “Quizá haya algo malo en mí”, él llegó a decirse en más de una ocasión. Lo cierto es que ante los ojos de sus compañeros él se sentía como un fantasma, y debido precisamente a esa inconsciente autopercepción fue que al final los demás terminaron viéndolo también como a un bicho raro. Pero Nicolás no se daba cuenta de ello, de modo que la única alternativa que él vio fue la de resignarse y abrazar el dolor. “He sido condenado a la soledad, el castigo divino dictado para mi padre me ha sido traspasado a mí… yo no tengo más escapatoria que aceptarlo y sufrirlo”, cuando Nicolás formuló este pensamiento en su cabeza, una repentina corriente de viento sopló con fuerza y le hizo volar sus hojas. Él miró la que cayó en su delante, se trataba de un dibujo a medio terminar de Harleen. Nicolás la recogió, por un momento quiso arrugarla y luego pisotearla, pero finalmente la levantó y completó el dibujo.

Nicolás comenzó a tener miedo de acostarse. Y es que las noches significaban para él internarse en pensamientos oscuros y muy desalentadores. Una y otra vez le daba vueltas a lo mismo: a su soledad, a la repulsión que él creía generar en quienes lo tenían cerca, en las promesas rotas, en las falsas amistades y en las traiciones. En medio de tan difícil situación él intentó por todos los medios aferrarse a algún “salvavidas” que lo aleje de las oscuras profundidades de su abismo interior, pues de forma intuitiva comprendía que si seguía adentrándose por aquel sendero de autocompasión y tristeza tarde o temprano terminaría tomando una decisión irreversible. Ese “salvavidas” en un principio se le mostró opaco y difuso, aunque con el pasar de los días fue tomando forma, la forma de un rostro sonriente de ángel que no dejaba de dedicarle tiernas miradas. Nicolás poco después comenzó a soñar con sus dibujos, y con Harleen emergiendo de ellos y diciéndole con dulce voz: “perdón por haberte hecho esperar, ya estoy aquí para ti. Dibújame un gato negro mirando a la luna, ¿lo recuerdas? Te dije que cuando volvamos a vernos te lo pediría, no me digas que ya lo olvidaste…”.

Una de esas tantas noches Nicolás no pudo terminar de oír lo dicho por la Harleen de sus sueños, pues de forma intempestiva se despertó. Por todos los medios él intentó recordar su encuentro con la Harleen real en la glorieta, recordar lo que se dijeron, cada detalle. Él de pronto tuvo la impresión de que algo sumamente importante se le estaba escapando, y que solo recordando detalladamente su encuentro con ella podría descubrirlo.

A mediados de diciembre Nicolás por fin consiguió recordarlo todo. Fue entonces cuando se le ocurrió su plan. Se trató de un plan sin pies ni cabeza, de un plan completamente descabellado y desesperado, aunque por supuesto Nicolás no lo vio así. En vez él lo catalogo como su única salida, como su “última esperanza de salvación”. “Harleen estaba interesada en mi historia, mejor dicho, en la historia de mi padre. Tengo lo que ella quiere, y ahora estoy dispuesto a dárselo… pero… pero todo dependerá de lo que suceda. Llegó el gran día, mi destino está en tus manos, Harleen. Si recuerdas nuestra promesa haré lo que me pidas, me convertiré en tu más fiel fuente de información. Sin embargo, si se diera el caso de que tú… si te has olvidado de lo que ese día nos dijimos, si te has olvidado de mí…”, Nicolás abrazó con fuerza a su mochila, y por un momento su mirada se tornó siniestra, cual si fuese la del Lucifer de la obra “El Ángel Caído” de Alexandre Cabanel. En ese momento él se encontraba en el transporte público, en el asiento de la última fila, y en dirección hacia su antiguo centro de estudios, el colegio F.

Continua...


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