CAPÍTULO XV (2DA PARTE)
Por la ventana de
la cafetería podía verse a la gente entrando y saliendo del centro comercial. Un
ligero viento soplaba y agitaba las flores y hojas que adornaban el pasadizo
situado afuera del establecimiento. Harleen volvió a su postre y nuevamente
hundió su cucharilla. El pie de limón estaba delicioso. Una vez acabó de
saborear el nuevo bocado, ella se fijó en el postre del otro lado de la mesa.
Gina no había tocada hasta el momento su torta de chocolate. Harleen la analizó
con la mirada. Su amiga ya la había estado esperando cuando ella llegó al local.
Apenas se sentó le dijo que pidiese lo que guste, que todo correría por su
cuenta. Asimismo, le agradeció con mucho ahínco por haber aceptado su
invitación.
–Gina, si no me hablas
mi postre se acabará y yo me marcharé –Harleen blandió su cucharilla.
–¡Oh, Harleen! ¡Cuanto
lo siento! –Gina abrió los ojos como si acabase de despertar de un mal sueño.
Ella se masajeó las sienes y acto seguido dio un largo sorbo a su café–. Perdón,
no sabía cómo comenzar…
–¿Quieres que te
ayude? Pues bien, responde a mi pregunta. ¿Por qué me llamaste? ¿Será que
quieres disculparte por cierto hecho del pasado?
–¡Eso es! Sí,
tienes razón. Primero que nada, debo disculparme. Lo que pasó entre Arthur y yo
nunca debió suceder. Yo me dejé llevar, fui una estúpida, tan estúpida…–Gina de
pronto comenzó a sollozar. Harleen dejó a un lado su taza de té y cogió una de
las manos de su abatida acompañante. Le sorprendió lo fría que esta estaba.
–Perdóname por
haber sido tan brusca. El orgullo siempre será el más duro rival para mí. Te
diré la verdad: el tiempo ya ha sanado en mí esa herida de la que acabo de
acusarte. No te odio ni mucho menos. Así que dejemos atrás ese lamentable
suceso. Y sí, te perdono, por lo que ahora ya puedes volver confiar en mí y
hablarme como en los viejos tiempos, cuando éramos las mejores amigas.
–Oh, Harleen –Gina
se secó las lágrimas y se sorbió los mocos. Con ojos llorosos ella contempló a la
joven de las coletas castañas–. Eres tan buena, me da gusto ver cómo has crecido
tanto en tan poco tiempo. Yo en cambio he ido de mal en peor. Yo…
Harleen se levantó
de su asiento y se situó al lado de Gina para abrazarla. Esta última lloró
desconsoladamente sobre su regazo. Luego Harleen llevó su silla hasta el
costado de Gina. Esta última se sintió muy agradecida con el gesto.
Una vez la morena
muchachita consiguió calmarse, ella se armó de valor y le contó a Harleen su
triste historia. –Yo terminé enamorándome perdidamente de Arthur. Fue tanto el
amor que llegué a sentir por él que terminé cegándome. En ese momento me volví
su esclava, todo lo que él decía yo lo hacía sin rechistar. Fueron tantas las
cosas que tuve que sacrificar por él… mis amigos, mi tiempo, mi futuro, incluso
mi propio orgullo. Y para colmo él tenía unos fetiches tan descabellados. ¡Pero
incluso en esto yo cedí! Creí que solo así él se daría cuenta de lo mucho que
lo amo. ¡Ay, como pude ser tan ilusa!
–No te culpes por
lo que ya pasó. Solo déjalo ir y mira hacia adelante. La vida continua, amiga
mía –Harleen tomó una vez más la mano de su amiga entre las suyas. Gracias a
ello Gina pudo armarse de valor y proseguir con su relato.
–En un principio me
gustaba cuando él me celaba. ¡Me parecía tan tierno, siempre tan pendiente de
mí! Pero con el tiempo sus celos comenzaron a asfixiarme. Ni siquiera podía
salir con mis amigas sin que él se molestase. Pero yo era una reverenda idiota
en aquel entonces, el amor me había sorbido el cerebro. Por Arthur dejé de
salir con otra gente. Únicamente salía con él a todo lado. Y aun así él nunca
estaba contento. Que porqué ese tipo te miró así en la discoteca, que porqué tu
amiga te susurró en la oreja como si no quisiera que yo oyera lo que te tenía
que decir… te juro que estaba harta, pero aun así yo agachaba la cabeza y le
daba la razón. Quería llevar la fiesta en paz, solo eso quería. Así se
mantuvieron las cosas hasta que acabamos el colegio. Luego llegó el verano… en
ese momento yo quería estudiar para ingresar a la universidad. Él por su parte ya
tenía ingreso libre por haber sido deportista destacado. Razoné con él para que
me diera, aunque sea, algo de espacio. Me dijo que no tenía que preocuparme,
que estudiaríamos juntos. Pero ambos sabíamos que esas horas de “estudio” en
realidad serían más de lo mismo. Arthur era un adicto al sexo, te juro que
nunca se saciaba. Una tarde fui a su casa para “estudiar”. Por supuesto, allí no
había nadie más que él. “Guarda eso”, me ordenó cuando empecé a sacar mis
cuadernos. Poco después prendió su televisor y me empezó a mostrar videos
porno. Yo enrojecí terriblemente, no sabía a donde mirar. Aunque lo peor vino
después, pues él me instó a que imitemos las vulgaridades que se veían en esos
horripilantes videos. ¡Dios santo, me arrepiento tanto de haber ido a su casa
ese día! Me negué, hasta traté de irme, pero él se puso como loco. Me acusó de
no amarlo, de no confiar en él, de ser una mentirosa y una infiel. Yo le
reproché que nada de lo que me decía era cierto, que él no sabía lo que decía,
pero entonces me arrebató mi celular y comenzó a revisarlo. Para ese entonces
yo ya no hablaba casi con nadie, así que no encontró nada comprometedor. Pero
de todas formas su ira siguió en aumento. Me amenazó con terminarme y luego
matarse. ¡Ay, ahora sé que fui una reverenda idiota por haberle hecho caso!
Pero en ese momento estaba muy asustada, de modo que al final accedí a sus
demandas… siento tanto asco de mí misma por lo que pasó; ese fue el peor día de
mi vida. Por días no pude sentarme, estuve tan mal, aunque lo peor eran los
recuerdos de las humillaciones, porque lo que sufrí durante ese día fueron innombrables
humillaciones, una tras otra…
–No digas más,
entiendo perfectamente que ese tipo era un cerdo. Ven aquí –Harleen una vez más
consoló a su amiga, ofreciéndole su pecho como apoyo.
–Después de eso yo
comencé a evitarlo por un tiempo, excusándome con que estaba enferma. Pero
lastimosamente me duró poco la valentía. Arthur comenzó a portarse muy lindo
conmigo. Se disculpó una y otra vez por lo sucedido en su casa, y me prometió
que a partir de entonces me escucharía y me respetaría como yo me lo merecía,
porque él me amaba y no quería que por nada del mundo yo dude de ello. En fin, terminé
cayendo nuevamente en sus redes. El tiempo pasó, y como ya me lo esperaba no
logré mi ingreso a la universidad. Él me consoló, por supuesto, aunque quiso
hacerlo “a su manera”. Sin embargo, esta vez yo le puse el pare cuando quiso
propasarse. Ah, que tonterías comete uno por amor. Él esta vez no insistió.
Poco después yo me marché. Con el pasar de los días él dejó de hablarme y de
escribirme. Al final yo, la tonta rematada, terminé suplicándole para que deje
de ser tan frío conmigo. Él aceptó mis disculpas, pero la situación continuó
igual. En ese entonces estaba tan desesperada por mi situación que busqué
consuelo en mis viejos amigos. Ya empezaba a olvidarme de Arthur, del dolor que
me provocaba su fría indiferencia, pero entonces él me invitó a su presentación
oficial en un equipo de futbol profesional de primera división. Yo me sentí muy
alagada. Asistí y lo acompañé. Conocí a sus padres. Luego fuimos a su casa y
comimos una cena muy elegante que preparó su madre. Todo parecía ir bien, hasta
que de pronto sonó mi celular. Yo lo guardé en mi cartera, pues se trataba de
Juan Díaz, el de nuestra clase. Yo había estado hablando con él cuando me peleé
con Arthur, ya sabes que nos conocimos desde el kínder y todo eso, pero ahora
presentía que Arthur se molestaría si lo volvía a hacer. Él se percató de mi
acto, pero no dijo nada. Yo me sentí aliviada y con la seguridad de que allí
quedaría la cosa. Sin embargo, luego de la cena, cuando fuimos a su sala para
probar unos cocteles que su padre nos ofreció, Arthur me pidió explicaciones.
Yo le dije que me había llamado mi madre, que no le tome importancia al asunto,
pero él insistió y quiso que le muestre el celular. Yo me negué, pero entonces
ante el asombro de sus padres me arranchó la cartera y sacó mi celular. Me
exigió que ponga la clave. Yo me negué una vez más. Entonces lo peor sucedió.
Una vez más Juan volvió a llamar. ¡Dios santo! En ese momento solo quise que me
trague la tierra. Arthur se puso como loco, me acusó de traidora, de perra, de
prostituta, de ser una cualquiera, de ser una vil embustera y una mujer sin
corazón. Y todo enfrente de sus padres. Al final ellos lo tranquilizaron, y
para mi completo desconcierto se pusieron de su lado. ¿Cómo podían defender una
actitud tan fuera de lugar? Me pidieron amablemente que me retire. Yo no lo
podía creer. Pero cuando me dirigía hacia la puerta, Arthur sacó de su
habitación todos los regalos que yo le había hecho a lo largo de nuestra
relación y los botó a la calle. Me sentí tan humillada, tan maltratada en ese
momento. Hui llorando de esa casa de locos. Te juro que fue el peor día de mi
vida. Y para colmo de males, algunas semanas después me enteré de que Arthur
había empezado a salir con una chica de la farándula, no sé si ya lo habrás
visto en las noticias. Incluso en un programa en vivo él dijo que ella era el
amor de su vida, y que era la primera vez que amaba a alguien así, con todo el
corazón. Ya te imaginarás lo fatal que me sentó oír aquello. En fin, en ese
momento entendí que él nunca me había amado y que yo lo había sacrificado todo
por nada. Entré en una desesperación tremenda, incluso pensé en matarme, pero
entonces me acordé de ti, y quise hablarte antes de cometer cualquier locura.
Tú siempre solías darme los mejores consejos, siempre sabías qué decirme.
Deposité en ti todas mis esperanzas, pero entonces recordé como habían
terminado las cosas entre nosotras, y todo por culpa de Arthur. En ese momento
toqué fondo, de veras que me sentí la persona más desgraciada del mundo. Por
días no pude dormir y no comí casi nada. Siempre en mi cabeza rondaba la misma
idea, de que a nadie le importaba y que me lo tenía bien merecido. Pero
entonces una mañana vi una noticia sobre ti en mi celular. No sé por qué, pero
eso me dio esperanzas. Pensé: si Harleen ha alcanzado el éxito en tan corto
tiempo, tal vez ya haya madurado lo suficiente como para perdonarme. Sé que no
suena a algo muy lógico, pero este pensamiento que tuve fue más como un
presentimiento. De esta forma fue como me armé de valor y finalmente decidí
llamarte…
Después de que Gina
le abrió por completo su corazón a Harleen, ambas muchachas se reconciliaron y
se abrazaron y lloraron y rieron y volvieron a llorar. Ambas sentían que se
habían quitado un enorme peso de encima, y eso les produjo una felicidad muy
especial. Después de charlar por un buen rato más, rato en el cual Harleen
también compartió sus pesares y sus fracasos en el amor, ambas muchachas salieron
de la cafetería y se dirigieron al club “Belladona del Amanecer”, pues Harleen había
terminado convenciendo a su amiga para que se una a este, ya que gracias al
club ella misma había encontrado la salvación. –Te hará tan bien como a mí, ya
lo verás –Harleen le aseguró a su amiga.
La sesión de aquel
día duraba hasta tarde, ya que los sueños solían tener muy variadas
interpretaciones. Por ello, cuando las amigas llegaron al club todavía
encontraron reunidos a sus miembros. Harleen les contó a los demás lo sucedido
con Gina, y la historia terminó conmoviendo a todos los presentes. Poco después
Gina fue admitida en el club por unanimidad.
Aquella jornada Harleen
llegó tarde a su casa. Encontró a su tía ocupada en su escritorio con unos
informes del trabajo. Le dio las buenas noches y luego se dirigió a su
habitación. Allí se cambió, se lavó los dientes y finalmente se acostó. Ya con
la luz apagada y arropada dentro de su cama, ella rememoró todo lo que le había
sucedido durante aquel día. Habría sido un día perfecto si tan solo la
interpretación de su sueño en el club le hubiese resultado satisfactoria. Y es
que sus compañeros del club habían concluido que el cofre enterrado bajo las
rocas muy probablemente estaría ocultando algo con lo que en el fondo Harleen
no quería lidiar. Ella no supo de qué podría tratarse este “algo”. O mejor
dicho no se sintió preparada para saberlo. “Lo mejor será que siga enfocada en
mantener constante mi crecimiento espiritual. Tal vez así un buen día por sí
solas las rocas se pulvericen, y yo por fin pueda abrir ese cofre tan
misterioso”, con este pensamiento Harleen dio por concluida su meditación
nocturna. Poco después ella se durmió con una sincera sonrisa en el rostro.
Furiosa lancé una chispa de luz hacia el abismo. Jamás
esperé que tan preciada joya pudiese retornar a mi lado. Pero volvió, y gracias
a tan increíble milagro recién me he podido percatar de lo mucho que añoré su calidez.

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