CAPÍTULO XIV (1ERA PARTE)

 


Era la fecha final de la liga. El equipo de la escuela F. necesitaba ganar sí o sí para quedarse con la victoria. El empate no le alcanzaba debido a la diferencia de goles con el equipo que actualmente les sacaba un punto de ventaja y por ende lideraba la tabla. Todo se decidiría en casa, pues el equipo de los amarillos jugaba de local. Harleen se acomodó en la primera fila de las graderías. Aquella mañana que por momentos se nublaba pero que generalmente permanecía soleada fue testigo de un estado de algarabía tal que hace mucho no se vivía en aquel campo de fútbol.

–¡Vaya ambiente, me recuerda a cuando juega la selección nacional! –Gina comentó con su mejor amiga–. Por cierto, gracias por guardarme lugar.

–No hay de qué, Ginita preciosa –Harleen respondió, aunque por su semblante ella parecía ida.

–¿Qué ocurre? ¿Problemas en el paraíso?

–¡¿De qué rayos estás hablando?! –esta vez Harleen por fin se dignó a dirigirle la mirada a su amiga.

–Ya sabes –Gina se encogió de hombros, y con los ojos apuntó hacia la cancha. Justo en ese momento los jugadores de ambos equipos acababan de salir al campo de juego.

–¡Ajá! –fue la escueta respuesta de Harleen. Ella dirigió su atención a la cancha, en tanto apoyó su mentón sobre su mano derecha–. Tienes razón –pasado un rato ella habló. Gina le hizo señas para hacerle saber que no la escuchaba, pues en ese momento en las graderías el bullicio era total–. Bien, bien, ya me di cuenta –Harleen no tuvo más remedio que acercar su boca al oído de su amiga, en tanto con su mano lo cubrió para poder tener más acústica.

–¡¿Me lo juras?! ¿No estás bromeando? –Gina miró con los ojos desorbitados a su amiga una vez esta última terminó de contarle su historia.

Harleen asintió, y acto seguido volvió a acercarse al oído de su amiga para agregar algo más. –No sé qué hacer. Arthur parecía estar hablando muy en serio cuando me hizo prometerle que bajaría a la cancha para abrazarlo si es que nuestro equipo salía campeón. Pero… ¿qué rayos? No es como si yo fuera su novia o algo parecido…

–Tal vez se te quiera declarar –Gina comentó como si aquello fuese lo más natural del mundo.

–¿Qué? –el rostro de Harleen de pronto se pudo pálido. Por más obvio que sonase lo que dijo Gina, a ella en ningún momento tal posibilidad se le pasó por la cabeza. Sin embargo, ahora estaba segura de que era imposible que sucediese algo diferente. Tragó saliva, luego desvió la mirada hacia la cancha. Los equipos ya se habían acomodado en sus posiciones sobre el gramado y el referí ya estaba listo para hacer sonar su silbato.

El pitazo inicial fue la señal para que Harleen se desconecte por completo de lo que la rodeaba. A partir de ese momento muchas cosas fueron las que se le pasaron por la mente. Recordó cómo conoció a Arthur, su primera conversación, la impresión inicial que tuvo de él. En un principio Harleen creyó que jamás podría interesarse en un tipo tan superficial como Arthur. Sin embargo, a medida que su relación fue profundizándose, su idea de lo que significaba la palabra “superficial” empezó a cambiar de forma radical. “¿Qué es lo que tiene que me deja con esa sensación de bochorno, como si de pronto se me secase la garganta, como si la piel de pronto se me insolase, como si de pronto una inexplicable fiebre me hiciese sonrojar hasta la punta de los cabellos…?”, Harleen pasó de una pregunta a otra, de un pensamiento a otro, aunque todos ellos con algo en común, con un punto central en torno al cual giraban cual si fuesen los planetas rotando alrededor del sol. Aun así, ninguno de tales pensamientos le plantaba cara a la cuestión, al asunto por el cual en un primer lugar dichos pensamientos habían empezado a rondar por su mente. Harleen soltó una larga exhalación, a esas alturas ella no quería que el partido se acabe nunca.

–¡Penal, han cobrado penal para nosotros! –sin previo aviso Gina la zarandeó. Harleen recién fue capaz de volver a la realidad. A su alrededor los demás estudiantes saltaban y gritaban, hacían olas y levantaban creativos carteles. En muchos Harleen leyó declaraciones de amor para Arthur.

“¡GOOOOL!”, la palabra estalló a una sola voz en todas las graderías. Harleen se sintió confundida en un primer momento, pues su mente aún no aterrizaba del todo en el mundo real. Sin embargo, cuando dirigió la vista hacia la cancha y vio que Arthur se acercaba a las graderías y le mostraba un corazón hecho con sus manos ya no pudo escapar más de la pregunta que aún no se había respondido: ¿bajaría o no hacia la cancha al finalizar el encuentro? Si el equipo perdía al menos habría tenido alguna excusa. “Yo de todas formas ya gané, mis artículos son los más leídos del periódico escolar en toda su historia, pero esto… ¿en serio necesito esto más, esta cereza del pastel? ¡Maldición, no quiero empalagarme, ya he tenido suficiente! ¿Qué me espera allá abajo? No quiero saberlo, definitivamente no quiero saberlo…”.

El pitazo final desató la locura en toda la cancha. Hace muchos años que el colegio no ganaba la liga. Harleen vio en la avalancha de estudiantes que descendían hacia la cancha su oportunidad para escapar. Se puso de pie, dispuesta a escabullirse sin ser vista, cuando de pronto la gente comenzó a corear el nombre de Arthur. Aquello la dejó paralizada. No tuvo reacción alguna, ni siquiera cuando la gente comenzó a apartarse para abrirle camino al capitán del equipo. Cuando Harleen se dio cuenta de lo que estaba pasando, ya era demasiado tarde. Arthur se hallaba a tan solo una grada de distancia, y todas las miradas estaban puestas en la escena.

–¡Beso, beso! –Gina de pronto exclamó. Su arenga en un segundo se transformó en un coro general. Harleen la odió por haberle jugado tan bajo. La joven de las llamativas pecas se había sonrojado terriblemente, aunque en ese momento aquello era la menor de sus preocupaciones. Arthur por fin se situó a su lado. Él abrió los brazos con la intención de abrazarla. “La promesa… pero yo nunca acepte, al menos no que yo recuerde…”. Antes de poder terminar con su pensamiento, sobre su cuerpo ella sintió los fuertes brazos de Arthur rodeándola con delicadeza. La calidez que de estos emanaba la hizo estremecerse. Harleen lo miró a los ojos, sentía que tenía que hacerlo, el impulso que la movía a hacerlo era irrefrenable. Entonces ya no lo pensó más y simplemente se dejó llevar. Jamás en su vida recordó haber escuchado tan ensordecedores aullidos como los que emitieron sus compañeros del colegio cuando sus labios se unieron a los de Arthur. Fue un beso discreto, de corta duración, aunque Harleen se quedó con ganas de más. Por un momento quiso lanzarse sobre Arthur y devorarle los labios en un apasionado beso, pero los compañeros de equipo del atlético muchacho se lo impidieron, pues llegaron a buscarlo para que baje a la entrega de las medallas y de la copa. Poco a poco la gente volvió a sus lugares. Harleen se sentó al lado de Gina con la mente hecha un caos.

–¡Como te envidio, amiga! ¡Nuestro equipo no fue el único que campeonó durante esta mañana, ¿eh?! –Gina codeó a su amiga. Harleen no respondió. En ese momento se sentía como la niña a la que le van a comprar su dulce favorito, pero cuando llegan al quiosco se dan con el fiasco de que este está cerrado. “Como te odio, Arthur Luna”, en ese momento ella se dijo para sus adentros, aunque esta vez lo hizo sin convicción alguna. Lo cierto es que tal pensamiento pronto quedó opacado por el fogoso grito que en ese momento emergió desde lo más hondo de su agitado pecho. “¡Somos campeones!”, saltando y abrazada a Gina, Harleen se unió con entusiasmo al rugido de la afición.

Continua...


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