CAPÍTULO XII (1ERA PARTE)
Harleen vio aquel
número siete moviéndose cual un relámpago por entre los jugadores rivales. La
camiseta amarilla de la escuela le quedaba pintada a Arthur. “No pienses en
esas cosas, Harleen, concéntrate en el juego”, la joven se reprendió a sí
misma, en tanto desde su lugar en las graderías con la cámara de su celular
transmitía en vivo el encuentro.
Arthur ejecutó una
bicicleta frenética ante el defensa del equipo contrario. Confundido a más no
poder, el pobre terminó barriéndose en la dirección contraria. Con el arco
libre, Arthur no lo pensó dos veces y le pegó al balón un potente derechazo. La
pelota describió una comba y terminó clavándose en el ángulo derecho de la
portería. Nada pudo hacer el gigantesco portero del equipo rival para poder
frenar el balón.
Cuando Arthur fue a
celebrar con sus compañeros Harleen se sintió eufórica. Había sido un gol magnífico
que hizo saltar a toda la hinchada del colegio. Ella no pudo evitar contagiarse
de la algarabía que la rodeaba. Sin embargo, todo su ser se petrificó cuando
tras el abrazo con sus compañeros de equipo Arthur se dirigió hasta el borde de
la cancha, señaló hacia las graderías y acto seguido mandó un beso volado.
Harleen en ese momento no supo donde ocultarse. Muchos se percataron de que
Arthur había señalado a una chica, y de inmediato lanzaron los consabidos
aullidos. “¡Qué tienes en la cabeza, idiota! ¡Me vas a matar de la vergüenza!”,
Harleen gritó para sus adentros, en tanto hundió la cabeza debajo de su casaca
del uniforme escolar.
Finalizado el
encuentro, Arthur citó a Harleen a la salida de los vestidores para que ella
pueda entrevistarlo. La joven de las llamativas pecas lo esperó sentada sobre
una pequeña loma de pasto y bajo un cielo despejado de mediodía, algo inusual
para aquella época del año en la ciudad.
–Estoy listo –Arthur llegó con su negra
cabellera mojada. Por lo visto se había dado un buen refresco en el lavabo de
los vestidores. Él se sentó al lado de Harleen.
–Pues bien,
empecemos –Harleen abrió la grabadora de su celular.
–Sí. ¡Cielos, qué
calor! ¿Por qué tan de repente habrá salido el sol? –Arthur de pronto comentó,
y para asombro de Harleen se sacó la camiseta.
–¡Dios santo!
–Harleen apartó la vista escandalizada, aunque no sin antes haberse devorado
con los ojos la marcada musculatura del muchacho.
–¿Qué pasó? ¿Te
picó algún mosquito?
–¡No te hagas el
tonto! ¡Sabes muy bien a lo que me refiero! ¡¿Por qué siempre tienes que hacer
esta clase de cosas para provocarme?!
–¿Provocarte?
–Arthur enarcó una ceja–. ¿Provocarte en qué sentido?
–¿Eh? –Harleen
recién se percató de que había hablado de más. En ese momento ella quiso que la
tierra se la trague–. Yo…, pues-pues… ¡idiota! ¡Déjate de hacerme perder el
tiempo y mejor enfoquémonos en la entrevista!
–¡Oh, sí! La
entrevista, por supuesto –Arthur se echó a reír. Olvidándose de lo que acababa
de pasar, Harleen nuevamente posó sus ojos en el muchacho. Ver una vez más su
trabajado torso desnudo y brillando bajo el sol por la mezcla del agua y el
sudor que cubría su piel, la hizo sonrojarse terriblemente. Arthur una vez más
se echó a reír. “Como odio esa maldita sonrisa”, Harleen rabió para sus
adentros, aunque al mismo tiempo un repentino calor que abrazó a sus entrañas
se encargó de refutarle el citado pensamiento.
Harleen publicó la
nueva actualización de su crónica en las redes del periódico escolar. A
diferencia de con las anteriores notas, esta vez la presente contenía algunas
líneas que no provenían de su propia inspiración. La joven de las traviesas
coletas recordó el final de su entrevista con Arthur tras finalizar el más
reciente partido. “Antes de despedirnos tengo una petición”, Arthur le había
dicho. Por toda respuesta Harleen enarcó una ceja. “Quiero que coloques en tu
noticia una pequeña aclaración. Vamos, no me mires así, no será nada fuera de
lugar”, él le prometió.
–Nada fuera de
lugar, ¡pff! ¡No pudo haberme pedido nada más fuera de lugar que eso! –Harleen
rabió. Era el primer receso de un nuevo día de clases, y ella se encontraba ocupando
una de las mesas de la cafetería en compañía de su mejor amiga Gina.
–Pero bien que lo
terminaste publicando, ¿eh, picarona? –Gina le hizo cosquillas.
–¡Déjame! –Harleen
le apartó las manos–. Te digo que el muy cínico me chantajeó. Mira que
amenazarme con ya no poder seguir cubriendo los partidos del equipo si no le
aceptaba su caprichito, ¡y justo ahora que ya estamos en el último tramo de la
liga! ¡Vaya mafioso que resultó ser!
–Vamos, no te hagas
la muy afectada. Sabes que en el fondo te gustó ese detalle tan romántico…
–Tremenda
cursilería, ¡de solo recordarlo me dan ganas de vomitar!
–“… el capitán de nuestro amado equipo, Arthur
Luna, me amenazó con prohibirme el seguir cubriendo los partidos si es que no
aceptaba su capricho. Estas fueron sus palabras: “o indicas que el último gol
se lo dediqué a la reportera más guapa del mundo, o como capitán te prohíbo que
sigas cubriendo los partidos del equipo, ponlo en tu noticia, o te juro que
cumpliré con mi palabra”. Por supuesto, sin más remedio, esta humilde servidora
tuvo que ceder ante tan bochornosa petición…”, Gina leyó un fragmento del
artículo que acababa de abrir en su celular.
–¡Basta, por lo que
más quieras ya no sigas más con esta tortura! –Harleen se le abalanzó encima y
le tapó la boca. Bajo su mano Gina no pudo contener más sus ganas de reír.
–¡Por poco me
ahogas, loca! –Gina exclamó una vez Harleen la soltó–. Además, acepta que
gracias a ese detalle tu artículo ha sido un rotundo éxito. Nunca antes algún
escrito tuyo había tenido tantas reacciones y comentarios como ahora. ¿Sabes?
Por primera vez siento que el premio a mejor periodista escolar del año está al
alcance de tu mano.
–¡Ah! Bueno, en eso
sí tienes razón. Sesenta por ciento de la calificación final depende del grado
de interacción que la gente haya tenido con tus noticias, después de todo. Aun
si el jurado calificador me coloca por debajo de las noticias de Kylian, aun
así, tendré un sesenta por ciento de respaldo… ¡Dios mío! –Harleen de pronto se
llevó la mano derecha a la boca. Con los ojos abiertos a más no poder ella contempló
a Gina–. Esto es real, ¿te das cuenta? Por primera vez puedo ganar, ¡es una
locura!
–Por fin la suerte
te sonríe, ¿eh, amiga?
–Pero no lo comprendo,
¿esto es lo que la gente prefiere? ¡No puedo creerlo!
–Nunca subestimes
el poder de la farándula, amiga.
–¡Qué disparate! Con
que al fin y al cabo a eso se reduce todo. Pues bien, si chisme pide el pueblo,
chisme les daré.
–¡Así se habla
amiga, esa es la actitud! –Gina le pasó el brazo por detrás del cuello y se la
acercó para felicitarla.
“¡¿Qué acabas de
decir, Harleen?! Esta Gina sí que me hace soltar tontería y media con su
palabrería barata. Sin embargo, es completamente factible que me pueda
aprovechar de la situación para… ¿y Arthur? ¿Se seguirá prestando para este
juego? No, estoy viendo las cosas desde una pésima perspectiva… ¿realmente
Arthur es el que se está prestando para esta puesta en escena? ¿No es al revés?
Ya veo, la pregunta entonces debería ser: ¿me seguiré prestando yo para este
juego? Arthur, maldito seas, ¿hasta dónde serás capaz de llevar toda esta
locura? Porque si sigues con esto, las consecuencias, yo… ¡yo no quiero ni
imaginarme en qué acabará todo esto!”, Harleen, como últimamente ya le venía
pasando, se puso colorada a más no poder. Por supuesto, para la experta Gina
tal detalle no le pasó desapercibido.
–¡Grrr, dijo la
loba! –la joven de los lentes de montura roja expresó con picardía. Harleen por
toda respuesta le dedicó una mirada fulminante–. ¡Jajaja! –una explosiva
risotada fue todo cuanto su gesto de reproche pudo conseguir en su incorregible
mejor amiga.

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