CAPÍTULO VI (1ERA PARTE)
Harleen subió por
las gradas de la glorieta. En ningún momento apartó la vista del joven de los
negros bucles y de la piel marmórea que permanecía sentado en su delante. En
ese momento solo pudo oír el ruido de los trazos que él hacía con su lápiz. De
alguna forma aquel ruido le resultó muy satisfactorio, aunque no fue capaz de
explicarse el porqué. Dudó sobre si sentarse o no a su lado, o si simplemente
llamar su atención con un saludo. En vez continuó acercándose, y entonces se
fijó en lo que el chico estaba dibujando en la hoja de su cuaderno. Se trataba
de un gato negro estirándose bajo una luna llena.
–Me gusta –a
Harleen se le escapó. En ese preciso instante el chico dejó lo que estaba haciendo
y la miró con los ojos muy abiertos–. No, no quise molestarte –Harleen trató de
tranquilizarlo, en tanto se acercó aún más. Instintivamente el muchacho se hizo
para atrás. Ambos se dieron cuenta de lo que había sucedido, y un repentino escozor
de vergüenza los invadió a los dos.
–No, no eres
ninguna molestia –el chico fue el primero en intentar recuperar la compostura.
–¿Puedo? –Harleen
señaló el espacio libre de la banca. El chico por toda respuesta se encogió de
hombros–. Dibujas muy bien –Harleen señaló al gato una vez se sentó. Al mismo
tiempo ella acercó su rostro a la hoja. Al escuchar su voz tan cerca
inconscientemente el chico miró hacia la dirección de la que esta provenía. Por
un instante creyó encontrarse con unos ojos tan azules como los del gato que
vio aquella noche en la que su mundo se desmoronaba. Sin embargo, al poco rato
miró bien y se dio cuenta de su error. Aquella jovencita no tenía los ojos
azules, sino cafés claros como la corteza de un árbol tierno.
–¿Quién eres tú?
–tras unos segundos de silencio el chico finalmente preguntó.
–Me llamo Harleen,
estudio en la escuela F., en un grado mayor que tú.
–Yo ya no estudio
en ese colegio.
–Lo sé.
–¿Lo sabes? ¿Qué
tanto me conoces? Yo no te recuerdo de ningún lado.
–Soy la entusiasta
chica del periódico escolar. Tal vez te suene mi apodo: “tornado con pecas”
–Harleen esbozó una sonrisa al mencionar su apodo.
–Yo… creo que sí lo
he oído alguna vez. ¿Eres la hija de esa reportera famosa…? ¿Cómo se llamaba?
–El nombre de mi
madre no importa. En fin –Harleen miró directo a los ojos al chico–, ¿Cómo te
llamas tú?
–Pensé que ya me
conocías.
–Aun así, quiero
que tú me digas tu nombre. ¿Puedes cumplirme este pequeño capricho mío?
–Nicolás, me llamo
Nicolás. ¡Ah! Aunque supongo que para todo el mundo solo seré el hijo del
monstruo de las muñecas macabras…
–¿Qué?
–Vamos, no me digas
que no sabes quién es mi padre. Eres periodista, ¿no? Bueno, no profesional
como tu madre, pero vas por ese camino… me estarías mintiendo si me dices que
no sabes quién es mi padre, o, mejor dicho, quien era…
–¿Quién “era”? ¿A
qué te refieres?
–Se suicidó en la
prisión, o al menos eso es lo que leí hace poco en una noticia que me salió en
mi celular.
–¡¿Qué?! ¡¿Cómo?!
¡¿A qué hora?! –de forma frenética Harleen sacó su celular y buscó. Al poco
rato dejó caer el aparato sobre su regazo. Con los ojos abiertos a más no poder
se quedó mirando a Nicolás–. Cuanto lo siento –finalmente ella se disculpó–, no
debí…
–No me importa para
nada –Nicolás se apresuró a replicar, pero cierto temblor en su voz traicionó a
sus palabras. Harleen pudo ver perfectamente como al muchacho los ojos de
pronto se le ponían llorosos.
–Perdóname, no
debí…
–¿Qué quieres de
mí? ¿Por qué estás aquí? –Nicolás le dirigió una mirada de reproche. Para sus
adentros se sentía muy molesto por tener que estarle mostrando su lado más
vulnerable a una completa desconocida.
–Yo… –Harleen no
supo qué decir. Dirigió la vista hacia el techo de la glorieta, y por un par de
segundos se mantuvo observando las gotas de garua acumulada que caían por los
bordes–. Este cielo gris es perfecto para dibujar gatos negros mirando a la
luna, ¿no lo crees? –al final no se le ocurrió otra cosa que decir. Nicolás se
le quedó viendo estupefacto. No se esperó para nada una respuesta tan distinta
a lo que se imaginó que aquella muchacha le diría.
–Tengo que irme
–una vez se recuperó de la sorpresa inicial, Nicolás se puso de pie. Sin
embargo, él no pudo dar ni un paso más, pues Harleen le aferró una de sus
manos. A Nicolás se le enrojeció el rostro. Por un instante el mundo le pareció
menos gris. Aunque lo cierto es que al poco rato el mundo volvió a resultarle
tan odioso y apático como siempre.
–Quería conocerte
–Harleen respondió tras soltar una larga exhalación–. Voy a serte sincera,
Nicolás. Yo… yo vine aquí con la idea de entrevistarte y así poder conocer más
sobre tu padre y sobre sus motivos para haberse convertido en lo que se
convirtió. Pero, yo… a estas alturas, bajo estas circunstancias… me doy cuenta de
que fui una reverenda estúpida, una egoísta y desconsiderada. Perdóname, lo
siento por haberte molestado– Harleen se puso de pie y se secó un par de
lágrimas que acababan de asomarle. Odió llorar bajo aquellas circunstancias, no
entendía por qué las lágrimas le salieron justo en ese preciso momento. Se
sentía tan estúpida por haber terminado en aquella situación. ¿Cuál era el
sentido de todo aquello? Decidió marcharse para así evitar el sentirse aún más
patética de lo que ya se sentía.
–Lo siento –Nicolás
se disculpó cuando la vio alejarse con los ojos llorosos.
–No, tú no tienes
la culpa de nada –Harleen se secó los ojos con las mangas de su chaqueta del
uniforme escolar.
–Si algún día
quieres que hablemos, todas las tardes vengo aquí a esta hora para dibujar
–Nicolás no supo por qué dijo aquello. Aunque no, lo cierto es que sí lo sabía,
y bastante bien. Simplemente no quería admitirlo. Desde que sucedió lo de su
padre él había pasado a sentirse como la criatura más solitaria del universo. Y
ya no podía soportarlo más, tal sensación era una tortura que excedía a sus
endebles fuerzas, una carga tan pesada que él sentía que en cualquier momento
su pecho estallaría contra el suelo. Como detestaba aquel sentimiento.
Harleen se detuvo
en seco al oír aquello. Por un momento quiso girar y dedicarle una sonrisa a
aquel pobre desgraciado, pero entonces sintió una lástima tan grande por él que
se conmovió hasta el alma. Más lágrimas empezaron a brotarle. Ella no quiso
mostrarlas bajo ningún concepto. –Vendré para que me dibujes un gato –ella
finalmente dijo, aunque sin voltear en ningún momento. Poco después se alejó
corriendo, en tanto se despidió agitando la mano derecha. Nicolás la siguió con
la mirada hasta que la joven se encontró con Gina. Poco después las dos
abandonaron el parque y él terminó perdiéndolas de vista.

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