CAPÍTULO III (1ERA PARTE)

 


Habían pasado seis años desde aquella cena navideña en la que Nicolás descubrió el pasatiempo de su padre. Terminó agarrándole cierto gusto al arte de disecar animales. Incluso había llegado a disecar su propio animal, una paloma muerta. Sin embargo, a su madre terminó disgustándole que pasase tanto tiempo en el garaje de la casa dedicado a esta labor, de modo que terminó instando a su padre para que le prohibiera continuar con aquello. El señor Randy, siempre tan reticente a discutir con su esposa, aceptó la orden sin rechistar. Así, poco a poco Nicolás fue olvidándose de su singular pasatiempo, y en vez comenzó a animarse por hacer cosas consideradas como más “normales” por su progenitora. Cinco años habían transcurrido desde que dejó el hobby prohibido. Ya hasta ni recordaba que alguna vez había descubierto en el sótano de los abuelos la colección privada de su padre. Sin embargo, todo esto cambió cuando en una ocasión se quedó hasta tarde en casa de un amigo.

Nicolás vio que ya estaba anocheciendo. Su casa quedaba lejos, aunque confiaba en que podría encontrar un bus que lo lleve hasta allá sin problemas. Se despidió de su amigo y salió a la calle. Avanzó por la silenciosa acera con las manos en los bolsillos. Se animó a silbar. Llegó a la avenida más cercana, cuando en eso oyó un grito apagado. Avanzó por entre el gentío, aquella era una avenida de casinos y clubes nocturnos. “¿Por qué nadie se alarma por aquel grito?”, él pensó en tanto intentaba ubicar a la posible víctima. Se asomó por un callejón seguro de que allí hallaría a su víctima perdida, pero para su desilusión y suma vergüenza lo que vio fue algo completamente distinto.

–¡¿Qué te pasa, mirón?! ¡Lárgate de acá! –un tipo le increpó. En ese momento él se encontraba manteniendo relaciones con una joven. A ambos se les notaba con varias copas de más encima. Rojo a más no poder, Nicolás se alejó avenida abajo. Pasó por un parque, cuando en eso tras un arbusto distinguió un abrigo muy familiar.

–¿Papá? –Nicolás se preguntó. Se dispuso a ir hasta donde su padre, cuando en eso notó que este arrastraba algo pesado. Se mantuvo detrás de un tronco mientras observaba. Aquel era un parque con poca iluminación y con escasos transeúntes a esas horas. Nicolás recordó en ese momento que sus padres siempre la habían prohibido ir a ese parque de noche, pues lo consideraban como un nido de hampones y drogadictos. Sin embargo, tal era su curiosidad por descubrir lo que cargaba su padre, que no le importaron las advertencias. Para su mala suerte, por más que esforzó su vista, al final no consiguió ver qué fue lo que su padre subió al auto. Solo pudo notar que se trataba de algo largo y pesado. Lo que sí le extrañó sobremanera fue que una vez el auto arrancó, su padre tomó la pista que iba hacia el este, es decir, la contraria a la que debería haber tomado para ir a casa.

“Ya veo, es de esos días en los que llega muy tarde a casa. Él siempre se justifica en estas ocasiones diciendo que ha tenido mucho trabajo en la oficina, pero esta vez él no se encontraba en la oficina. Además, esa ruta que ha tomado… ¿estaba yendo a casa de los abuelos? ¡Pero si el abuelo murió hace ya un buen tiempo, y la abuela ahora vive en una casa de reposo! ¿Para que ir hasta allá a estas horas?”, Nicolás era en ese momento un mar de dudas. Al final decidió posponer su curiosidad, pues ya se le estaba haciendo demasiado tarde. Sin embargo, se prometió que a la mañana siguiente iría a explorar la casa de los abuelos. Por suerte el día siguiente era sábado y por ende no tenía clases.

La casa de los abuelos quedaba en una acomodada urbanización emplazada en las faldas de una loma desértica. Cuando Nicolás llegó al lugar, por las cercanías pasaba un heladero pedaleando sobre su carrito de helados. Nicolás oyó la característica corneta que solían usar los heladeros en la ciudad para anunciar su presencia. Por un momento permaneció de pie en medio de la acera mientras veía alejarse al heladero y su carrito amarillo. –No pierdas el tiempo, tonto –él se reprochó a sí mismo al poco rato. Así, con paso decidido, Nicolás enrumbó hacia la casa de sus abuelos.

Muy temprano en la mañana él había cogido las llaves de la mencionada casa, y presuroso se había dirigido al mercado del barrio, en donde desde muy temprano atendía un cerrajero. Ninguno de sus padres sospechó nada, pues él ya tenía como costumbre ir temprano al mercado para hacer las compras. Regresó con el encargo que le solía solicitar su madre, lo dejó sobre la mesa de la cocina, y poco después se apresuró en ir al despacho de su padre, en donde con suma cautela volvió a dejar las llaves en su cajón.

Cerró la puerta que daba a la calle con sumo cuidado, como si el menor ruido pudiese alertarle a su padre sobre lo que estaba haciendo. Una vez adentro de la propiedad de los abuelos por fin se serenó un poco. “Papá tenía trabajo hasta la hora del almuerzo, de modo que hasta la una podré actuar con total libertad”, Nicolás calculó. Ingresó a la casa tras atravesar el camino empedrado del jardín. Una vez traspasó el umbral de la puerta, se topó con una sala cuyo piso e inmobiliario estaban cubiertos con una gruesa capa de polvo. Sin embargo, para su desconcierto, por entre las tablas del parquet distinguió huellas recientes que destacaban entre el polvo. “Deben ser las huellas de papá”, Nicolás dedujo, y acto seguido se puso en marcha.

No tenía ni idea de qué podría ser lo que esperaba encontrar durante su pesquisa. El bulto que anoche vio arrastrar a su padre y subir a su auto, ¿qué podría ser? ¿Algún perro grande que quería disecar? Otra cosa no se le ocurría. Anoche había soñado con los animales disecados de su padre. Aunque ya habían pasado bastantes años desde la última vez que los vio, durante su sueño los rememoró como si acabase de haberlos visto ayer. “Probablemente me encuentre con el perro a medio proceso del disecado”, Nicolás caviló. En ese momento lo invadió la emoción, pues acababa de recordar los momentos junto a su padre en aquella especie de laboratorio subterráneo, cuando había aprendido el oficio que tanto le fascinaba a su progenitor.

La llave antigua que abría la puerta de debajo de las gradas se encontraba en el mismo escondite que tan bien recordaba. Encendió el foco colgante del sótano y acto seguido descendió por las crujientes escaleras. Una vez abajo buscó la cómoda y la corrió. En el espacio que quedó libre se le reveló la trampilla, tal y como la recordaba. Por alguna razón que no llegó a comprender, cuando tomó el aro para abrir la trampilla, una desagradable sensación de escalofríos recorrió su cuerpo. Por un momento Nicolás se sintió tentado a olvidarse de todo y a volver sobre sus pasos. “Vamos, que no es como que allá abajo me estuviese esperando algún monstruo. Sé exactamente lo que hay en esa habitación secreta, así que no tengo nada que temer”, sin embargo, al final el joven aventurero terminó inclinándose por continuar.

El potente olor fue lo primero que le sorprendió. Le llegó como si de una pestilente bofetada se hubiese tratado. Nicolás no recordaba que aquel lugar oliese tan mal. Una vez sus pies tocaron el suelo, él se apresuró en mirar en todas direcciones, a ver si hallaba al perro que su padre había traído anoche. No lo encontró, aunque lo cierto es que tampoco se quedó con las manos vacías. El hallazgo que Nicolás realizó aquel sábado por la mañana se trató de algo tan macabro y siniestro que jamás en toda su vida lo podría olvidar.

Continua...


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