Capítulo XVI: El refugio de Dante
En aquel entonces Dante apenas acababa de cumplir los diecisiete años. No
era el mejor momento para celebrar un cumpleaños, pues la tropa se hallaba
viajando por un duro paraje desértico. Tenían que llegar a Saracusu para
reunirse con el ejército del general Friedrich, pues hace unos días un mensajero
había llegado con la importante noticia de que el fuerte de Saracusu estaba
siendo atacado por tropas alsianas. Si perdían el fuerte, a los paganos del
desierto les quedaría prácticamente el camino libre para llegar hasta
Handassem. No podían permitirse perder el fuerte. Por ello la tropa había sido
contactada con tanta urgencia.
–No te sientas mal, amigo. Te guardé mi parte del
almuerzo como obsequio –Arnauld le ofreció un pedazo de pan negro que sacó de
su sayo. Dante lo tomó con agrado. Aquel muchacho y su padre eran lo mejor que
le había pasado desde que fue reclutado para formar parte del ejército
luminiscente. Mientras comía el pan, recordó el momento en el que le hubo
tocado separarse de su madre. Se preguntó cómo seguiría ella.
–¡Alto! –el capitán Nickel ordenó a la tropa
detenerse. Los jinetes bajaron de los caballos y comenzaron a preparar las
tiendas.
Dante observó el anaranjado horizonte del
atardecer. Luego sus ojos se depositaron en el capitán. "Como me gustaría
algún día poder ser un Caballero Místico. Son tan respetados, tan imponentes
con sus armaduras, y siempre montados sobre los mejores caballos. Si yo fuera
tan fuerte como ellos, si me reconocieran como a uno de los suyos... ¡jamás
tendría que volver a caminar con la infantería, jamás tendría que volver a
compartir las sobras con lo más bajo del ejército! Pero algún día seré
reconocido, mi vida no puede seguir siendo tan miserable por siempre. Sí, algún
día...", Dante reflexionó, hasta que se vio interrumpido por Arnauld. Este
último le acababa de tocar el hombro para avisarle que en el sorteo les había
tocado ayudar a armar las tiendas para la infantería. Refunfuñando y de mala
gana Dante fue tras su amigo.
Ya era de noche cuando los soldados se reunieron
alrededor de numerosas fogatas para cenar. Dante odiaba el desierto. La arena
se le metía bajo la ropa y la cota de malla, se mezclaba con su sudor y le
raspaba la piel hasta hacérsela sangrar. Y ni qué decir de aquel calor infernal
que los azotaba durante la mayor parte del día. Todo lo opuesto a las noches,
siempre tan heladas como un tempano de hielo. Se acercó para calentarse las
manos con el fuego. A su lado el padre de Arnauld se sacudía la arena que se le
había acumulado entre los pliegues de su ropa durante la jornada.
Luego de comer, unas escasas gachas tostadas, la
tropa se fue a sus respectivas tiendas para pernoctar. Dante tuvo la mala
suerte de que le tocó montar guardia. Apoyado sobre su lanza él se posicionó en
lo alto de una improvisada torre de vigía hecha de madera. Observó el cielo
nocturno del desierto. Era tan estrellado, tan despejado... qué hermoso era
aquel cielo. Poco a poco Dante comenzó a dormitar.
El borracho de su padre una vez más llegó a muy
altas horas de la noche. Furioso de que su cena estuviese fría y de que no haya
nadie despierto para calentársela, comenzó a descargar su ira golpeando todo
cuanto se atravesaba en su camino. Dante despertó al oír el estruendo. Se
agazapó en su jergón y fingió que no pasaba nada. Su madre hace mucho que le
había enseñado a tomar tal actitud. "Es lo mejor para que no se desquite
con nosotros", ella le hubo dicho alguna vez. Sin embargo, la estrategia
casi nunca era efectiva para la señora, pues tarde o temprano su esposo siempre
la iba a buscar y la levantaba de las greñas. Durante años ella había tenido
que soportar en silencio tan abusivo trato. Dante en un principio no entendía
por qué seguían allí, soportando todo aquello, pero poco después se le hizo
completamente claro. Y es que en la sociedad en la que vivían el que una mujer
abandone a su marido era muy mal visto. Incluso era condenado por la iglesia.
Pero esa noche las cosas serían muy distintas.
Dante se sorprendió sobremanera cuando su padre irrumpió en su lecho y comenzó
a golpearlo sin ninguna conmiseración.
–¡Inútil estorbo! ¡Solo sirves para quitarme la
comida de la mesa! ¡¿Por qué yo tengo que romperme el lomo trabajando mientras
tú te la pasas en grandes?! –el hombre le gritó con todas sus fuerzas. En ese
momento Dante pensó que iba a morir, pues los golpes que recibía eran tan
terribles que a duras penas podía mantener la consciencia. Quiso defenderse,
replicarle a aquel energúmeno que era su padre que trabajaba tanto como él, que
desde hace años había sido contratado como aprendiz del carpintero de la esquina
y que su trabajo era tan agotador como cualquier otro. Sin embargo, no fue
capaz de decir nada. Pronto empezó a escupir sangre.
–¡Déjalo! –su madre entró y trató de alejar a su
padre, pero él la repelió con un bofetón que la mandó al suelo. Dante en ese momento
se lamentó por ser tan débil, por no poder hacer nada por ayudar a su pobre
madre. "Esto es lo que me merezco. Durante años vi como él la golpeaba sin
piedad, ¡y nunca hice nada por defenderla! En cambio, ella a la primera
oportunidad que yo... ¡soy tan cobarde, tan inútil!", Dante se lamentó, y
abundantes lágrimas recorrieron sus mejillas. Pero entonces unas gotas cálidas
le salpicaron de un momento a otro. Era sangre. Recién en ese momento Dante se
percató de que los golpes habían parado. Levantó la mirada, y lo que vio lo
dejó helado. Su madre acababa de apuñalar a su padre por la espalda.
–Maldita zorra –él llegó a decir, pero entonces
fue apuñalado innumerables veces más, hasta que finalmente se desplomó sobre el
sucio suelo de tierra.
Dante siempre recordaba en toda su intensidad
aquel momento tan impactante de su vida. Y también recordaba cómo después, en
plena noche, él y su madre salieron tambaleantes y heridos de la casa, cargando
con el cadáver de su padre, el cual finalmente enterraron en lo más profundo
del bosque. Esa noche madre e hijo durmieron acurrucados uno contra otro sobre
una concavidad que formaban las raíces de un viejo árbol. Cuando amaneció,
cuando la luz del sol filtrada por entre el follaje del bosque tocó sus ojos,
Dante recordó haberse sentido liberado, un hombre totalmente renovado.
El calor del fuego lo hizo despertar y volver a la
realidad. Dante se aferró a su lanza para no derrumbarse producto de la
impresión. El campamento estaba siendo atacado e incendiado por unos encapuchados
del desierto armados con afilados alfanjes. Cogió el cuerno que colgaba en un
extremo del puesto, pero rápidamente lo soltó. Fue consciente de que a aquellas
alturas dar la alerta era algo completamente inútil. Ver como sus colegas eran
masacrados sin piedad le hizo estremecerse. Entonces lo asaltó la culpa. Si
hubiese dado la alarma a tiempo la tropa habría podido prepararse, si tan solo
él...
Una flecha con la punta cubierta de fuego se clavó
muy cerca de donde Dante estaba. En poco tiempo todo el puesto comenzó a arder.
Dominado por el terror, el joven se deslizó hacia abajo y terminó cayendo sobre
la montura de uno de los atacantes, justo a espaldas del jinete. El hombre del
desierto giró para clavar su alfanje en el inesperado pasajero, pero Dante fue
más rápido con su lanza. Desesperado, el muchacho lanzó a la arena al jinete
herido y tomó las riendas del caballo. En medio de todo aquel caos de llamas y
muerte Dante cabalgó y cabalgó, hasta que finalmente dejó atrás el campamento.
Refugiado tras unas formaciones rocosas contempló el resplandor de las llamas.
En ese momento recién fue consciente de la magnitud de su falta, y de lo
terrible de su cobardía. "Aun puedes volver, tal vez Arnauld, tu mejor
amigo... tal vez el todavía siga con vida...", una voz hizo eco en su
mente. Por un instante Dante se sintió tentado a volver al campo de batalla.
Sin embargo, apenas puso un pie en el estribo del caballo, todo el cuerpo le
comenzó a temblar de forma incontrolable.
–Soy un maldito cobarde... si tan solo fuera más
fuerte –Dante se abrazó a sus rodillas, acurrucado contra una roca, y se echó a
llorar amargamente.
Muy temprano al amanecer del día siguiente Dante
partió rumbo a Eusland. Ya estaba cansado de la guerra, a esas alturas solo
quería volver a casa y reencontrarse con su madre. Trató de recordar la ruta,
pero en medio del desierto solo podía distinguir dunas y más dunas, y todo
siempre ardiendo bajo el inclemente sol.
Para horas de la tarde, incapaz de poder seguir
resistiendo el hambre, rebuscó entre las alforjas de la montura del caballo
robado, pero no encontró nada. Desesperado, y sobre todo sumamente sediento,
buscó refugio, pero hasta donde abarcaba su vista solo pudo distinguir desierto
y más desierto. "Supongo que este es mi castigo por ser tan cobarde",
él se dijo cuando ya comenzaba a anochecer. Por un momento se sintió tentado a
matar al caballo y comérselo, pero terminó desistiendo de tal idea, pues sabía
que sin un caballo le sería imposible abandonar el desierto.
Se preparó para dormir en las faldas de una duna.
Se acurrucó al caballo, en ese momento recostado, para entrar en calor y así
poder resistir el inclemente frío de la noche en el desierto. Fue
mentalizándose para morir. Sabía que sería lo más probable en suceder, de modo
que esa noche no pudo pegar pestaña. Su cabeza en todo momento estuvo repleta
de los más fatalistas pensamientos. Terminó culpando de todos sus males a los
soldados que lo reclutaron en su pueblo. "No, ellos solo seguían órdenes.
El verdadero culpable de mi desgracia fue el conde Raldione, ese infeliz que
nos trataba a todos los del pueblo como a su ganado. ¡Como lo odio por
separarme de mi madre y traerme a este infierno!".
Era más de medianoche y Dante se pelaba de frío.
Se abrazó a sí mismo, en tanto los dientes le castañeaban. Se apegó lo más que
pudo al caballo. Nada logró aliviarlo. Añoró el fuego del campamento. Pero
recordar aquello inevitablemente lo llevó a pensar en lo que había hecho, en
cómo había abandonado a su suerte a Arnauld y a su padre, los más grandes
amigos que hubiese podido tener en todo lo que tenía de vida.
Dante se hallaba en medio de sus lamentaciones y
auto reproches, cuando a sus oídos le llegó un extraño silbido. Dedujo que se
trataría del viento, aunque de todas formas eso no lo tranquilizó. Y es que en
todos sus días de viaje por el desierto jamás había oído un sonido similar. Era
dulce y provocador, de alguna forma le recordaba al soplido de una joven mujer.
Aunque si solo se hubiese tratado de eso, Dante jamás habría abandonado su
cobijo. Lo que finalmente despertó por completo su curiosidad fue la corriente
de aire cálido que de pronto envolvió su cuerpo como si del abrazo de una
amante ardiente se tratase.
"¿Qué estoy haciendo? Debería quedarme junto
al caballo. ¿A dónde se supone que estoy yendo? Seguir esta corriente de
viento, este dulce silbido, ¡esto solo me terminará extraviando de mi caballo!
¡Y sin él estaré definitivamente perdido!", Dante continuamente se
reprochaba a sí mismo por su imprudencia, pero por más que lo hacía no cejaba
el paso. Aquel viento era demasiado seductor, demasiado atrayente. Y lo más
importante: gracias a aquel viento, aunque sea por un momento, él había podido
librarse de sus preocupaciones y remordimientos.
Desde la distancia divisó una oquedad en medio del
desierto. Una corriente de escalofríos le recorrió la espalda cuando se percató
de que la luz que salía de la oquedad era un enfermizo resplandor verdoso.
"¿Será una de aquellas ciudadelas perdidas habitadas por demonios?
¿Entonces son ciertas las leyendas que cuentan esos paganos del
desierto?", Dante se preguntó. Seriamente pensó en darse media vuelta y
echarse a correr lo más lejos posible. Pero la curiosidad en su interior
terminó prevaleciendo. Además, algo en aquel viento que continuaba atrayéndolo
le hacía creer que si seguía adelante podría cambiar su destino para siempre.
"Si me regreso de todas formas moriré. No tengo nada que perder, así que
no hay razón para echarme atrás", Dante terminó convenciéndose. Poco
después él ya se había internado en la oquedad, descendiendo por unas escaleras
talladas en roca viva.
Tras un descenso de varios minutos, Dante se
encontró ante un pasadizo iluminado por numerosas antorchas de fuego verdoso.
El joven avanzó con cautela, pues aquel extraño fuego le resultaba muy
sospechoso, ya que inevitablemente le hacía pensar en fantasmas y en similares
fenómenos de carácter sobrenatural. No supo por cuanto tiempo estuvo
deambulando por aquellos laberínticos pasadizos. Terminó perdiendo la noción
del tiempo. Solo seguía y seguía la corriente de viento silbante. A esas
alturas nada más importante tenía en su vida. Por ello es que se aferró con
ahínco a continuar avanzando, a ir tras el llamado de aquel viento tan extraño,
a pesar de que cada vez lo estremecían más los murales de las paredes. En estos
se mostraba el auge y decadencia de una civilización antediluviana. Lo más
espantoso para Dante fue descubrir que los individuos pertenecientes a esta
civilización no eran humanos, sino una raza de criaturas con aspecto entre
humanoide y de reptil.
Llegó ante una enorme puerta doble de piedra.
Recién en ese momento se percató de que por los pasadizos también había estado
descendiendo y descendiendo. El verde resplandor de las antorchas iluminó un
enorme tallado en las puertas. Este representaba a un trono y a una beldad
sentada sobre este, a quien adoraban todas las criaturas con aspecto de reptil.
Dante tragó saliva. Y es que aparte de la sobrecogedora imagen, él pudo
percibir una siniestra emanación proviniendo desde el otro lado de la gran
puerta doble. Cuando se giró para alejarse, los goznes de las puertas
rechinaron y estas comenzaron a abrirse. Dante se quedó paralizado en su lugar.
Lentamente se dio media vuelta y con el rabillo del ojo contempló lo que había
detrás de las puertas. Grande fue su sorpresa cuando descubrió un fastuoso
salón, el cual se extendía hasta donde le alcanzaba la vista.
Dante ingresó al magno recinto y contempló
anonadado todo el derroche de oro y piedras preciosas que adornaban cada rincón
del lugar. Tras avanzar algunos pasos él pudo distinguir un trono al otro
extremo del salón. Avanzó por inercia hacia el trono vacío. De pronto le
entraron unas irrefrenables ganas de ocuparlo, de mirar desde allí toda la magnificencia
de la habitación.
Se sentó sobre el trono, y entonces descubrió que
apoyado sobre uno de los brazos del mueble yacía un cetro de oro con una piedra
verde engastada en su cabeza. Lo tomó y muy admirado contempló la magnífica
pieza. Acarició la piedra preciosa, pero al primer contacto una chispa verde
salió disparada, y justo delante del trono estalló en una llamarada de fuego
verde, el cual en instantes materializó a una alta y esbelta figura. Dante
contempló estupefacto a la aparición. Se trataba de la mujer más hermosa que jamás
hubiese visto. Sus ojos verdes eran incluso más preciosos que la gema engastada
en el cetro. Pero definitivamente aquella mujer no era humana. Partes de su
desnudo cuerpo de piel verdosa estaban cubiertas por duras y brillantes escamas
de reptil. Además, su cabello estaba conformado por ondulantes víboras, y de
sus omoplatos salían dos enormes serpientes con grandes alas de plumas negras
saliendo de sus cabezas.
–¿Quién-quién eres tú? –Dante tartamudeó, en tanto
se encogía sobre el trono cual una rata asustada.
–¡¿Osas ocupar mi trono y todavía te atreves a
preguntarme que quién soy?! –la mujer habló con voz imponente, que retumbó en
toda la sala del trono. Dante la contempló entre aterrado y fascinado. Y es que
era tal la belleza de aquella mujer, tan tentadoras las curvas y la suavidad de
su desnudez, que el ardor de la lujuria despertó cual una explosión de pólvora
en el interior del joven.
–Lo-lo siento –Dante logró articular luego de
sobreponerse. Con paso torpe y vacilante se apartó del trono. Entonces la
mujer-reptil le dedicó una libidinosa sonrisa en tanto avanzó hasta el magno
asiento. Al contemplarla Dante comenzó a arder en su interior, víctima de la
más salvaje pasión.
–Soy Lilith, soberana de las criaturas de la
noche, madre de los hombres-reptiles, más conocidos entre los tuyos como
Nubias.
Dante dio un respingo al oír esto último. Y es que
no solo entre los páganos del desierto, sino que incluso entre los habitantes
de Eusland se había oído hablar alguna vez acerca de esta antigua raza que pobló
el mundo miles de años antes que el hombre, pero que fueron barridos de su faz
por la ira de Dios debido a sus sacrílegos pecados contra la naturaleza y
contra la misma divinidad.
–No me tengas miedo –Lilith habló con una voz tan
lasciva que Dante se sintió desfallecer–. La intensidad de tu odio y de tu
autocompasión son lo que me ha despertado de mi largo letargo. Déjame decirte
que esa oscura aura emitida por ti sabe deliciosa. Hace mucho que no probaba
algo tan bueno –Lilith se relamió con una larga lengua púrpura. Dante no supo
explicar porque aquellas palabras lo excitaban tanto.
–¿Qué-qué qui-quieres de mí? –él llegó a preguntar
tras un soberano esfuerzo por controlarse.
–Quiero hacer de ti uno de mis hijos. Te daré todo
cuanto desees, todo cuanto siempre hayas soñado. ¿No es eso acaso lo que una buena
madre quiere para su hijo?
–Yo... ¿tu hijo? –Dante se señaló el pecho,
completamente anonadado.
–Soy una de las Cinco Calamidades infernales que
aún se aferran a este mundo. Ni el profeta Engohim ni sus guardianes divinos
pudieron alejarme por completo de lo que más amo. Sin embargo, por siglos tuve
que permanecer oculta y a la espera. Tu llegada a sido el llamado del destino
que por tanto tiempo he estado esperando. ¡Por fin una vez más podré volver con
mis más ardientes amantes, con mi tan querida humanidad!
Dante retrocedió espantado. Otra de las leyendas
más temidas y oscuras que alguna vez hubiese llegado a oír volvía a ser dicha
por la boca de aquella mujer-reptil. "Las Cinco Calamidades", de solo
mencionar aquel nombre Dante tembló hasta la medula. Recordó lo dicho en el
Catecismo Celeste sobre aquellos seres: "Las Cinco Calamidades, los
demonios con el rencor más grande hacia el género humano. Cuando vean la marca
de alguno de aquellos cinco, santígüense y pídanle a Dios que los aparte lo más
pronto posible de tan oscura pesadilla. Porque yo os digo, hermanos y hermanas,
que todo aquel que se deje tentar por alguno de estos cinco, en ese mismo
instante dejará de ser humano y pasará a convertirse en un monstruo tan
repudiable como los mismísimos demonios del infierno", Dante recordó esta
lectura del sagrado libro hecha por el párroco de su pueblo durante una misa
dominical. –Pero, pero... ¡no puede ser! Según el Catecismo Celeste todos los demonios
fueron erradicados de la faz de la tierra, todos ustedes...
–No, inocente criaturita. No fuimos erradicados.
Simplemente fuimos sellados y privados de la mayor parte de nuestros poderes.
Sin embargo, nada es eterno en este mundo. Pronto la gran oscuridad resurgirá y
lo envolverá todo. Pero tranquilo, pues si para ese momento te encuentras en el
lado correcto no tendrás nada que temer. ¿Dudas? Entonces permíteme demostrarte
que todo cuanto te digo y te ofrezco es tan cierto como el sol del amanecer –ni
bien terminó de decir estas palabras, Lilith se levantó de su trono y avanzó
hacia Dante con andar despampanante y seductor. Él retrocedió un par de pasos,
pero entonces la mujer demonio preparó sus labios para besarlo. En ese momento
en el interior de Dante se desató una batalla campal. Sus antiguos valores y
principios contra la envolvente tentación de Lilith, ambos ejércitos chocaron y
no se dieron tregua. Sin embargo, al final el odio y la auto compasión de Dante
reforzaron al ejército de la tentación. Él beso apasionadamente a Lilith, y
entonces, como si un hierro al rojo vivo estuviese marcando su cuello, una
marca incandescente se dibujó allí, aunque al poco rato desapareció–. Tu deseo
más anhelado se ha cumplido. Ahora cuentas con el poder que por tanto tiempo
has ansiado poseer. Pero no solo te conformarás con eso. La lujuria que he
despertado en ti debe ser apaciguada. Te llevaré al lugar más indicado para que
puedas satisfacerla cuanto desees –Lilith agregó, y chasqueó los dedos. En ese
instante ambos fueron trasladados a una rica alcoba. Apenas la vio, Dante supo
que se trataba de la habitación de un noble.
–¿Eres tú? ¿Realmente eres tú, Lilith? ¡No puedo
creerlo! ¡Por años intenté invocarte en vano, pues nunca atendiste a ninguno de
mis llamados! Pero en cambio ahora, por primera vez... –una mujer madura, de
grandes ojos azules y ondulada cabellera castaña, se acercó a los recién
llegados. Ella solo vestía una etérea bata de seda que apenas cubría su
desnudez. Dante se percató de que, a pesar de la edad, aquella mujer era
sumamente hermosa, aunque no tanto como Lilith. De todas formas, el deseo lo
invadió. Quiso poseer a aquella atractiva gran señora en el acto.
–Tus plegarias han sido escuchadas, Condesa Louise
de Dubois –Lilith tomó la palabra–. Te he traído un amante ardiente que te
complacerá en todo en lo que tu marido nunca ha podido ni podrá jamás.
–¡Gracias, muchísimas gracias, oh, gran Lilith!
–la condesa exclamó, y cual una loba hambrienta se abalanzó sobre Dante.
–No te olvides de cumplir con tu parte del trato,
noble dama –Lilith le acarició la espalda con juguetones movimientos de sus
dedos. En el acto la condesa se apartó de Dante y estampó un beso en los labios
de la mujer demonio. Una marca idéntica a la que se había dibujado en Dante apareció
en su seno derecho–. Con el estigma de Lilith tu alma ahora me pertenece. Haz
que tus maldades vuelvan tan sabrosa a tu aura que yo no pueda dejar de
probarla nunca jamás.
Las palabras de Lilith excitaron a la condesa,
quien con mayor apremio volvió a su amante. Dante en ese momento también estaba
poseído por la lujuria. Lilith chasqueó los dedos y desapareció, aunque su
espíritu siguió allí en parte, en los estigmas invisibles de los amantes,
succionando en todo momento la oscuridad que el pecado producía en los espíritus
de sus nuevos "hijos".
Dante permaneció durante algún tiempo más con su
amante, hasta que los recuerdos y el remordimiento por haber dejado atrás a su
amigo Arnauld volvieron a asaltarlo. La condesa le enseñó a invocar a Lilith, y
gracias a ello una noche él la llamó y le pidió que lo informe sobre la suerte
de su amigo y de su padre. La mujer demonio le contó que él vivía, pero que su
padre infelizmente había muerto. Dante lamentó la noticia, pero a la vez se
alegró por saber que su mejor amigo seguía vivo. Y es que Arnauld y su padre
eran las únicas personas en el mundo que lo habían aceptado tal cual era,
aparte de su madre. Entonces se acordó de su progenitora.
Ya estaba cansado de siempre tener que estar
ocultándose en el castillo. Desde que descubrió que poseía los poderes de un
Caballero Místico, Dante se volvió orgulloso, al punto de que se creía capaz de
tomar posesión de todo el condado del Dubois. Las suplicas de la condesa fueron
lo único que se lo impidió. Y es que ella no quería que su hija, la joven
condesa Carmina, pierda a su padre, a quien ella amaba tanto. Aun así, él ya
estaba harto, de modo que un buen día le comunicó que partiría para visitar a
su madre. De mala gana la condesa accedió, aunque le hizo prometer que estaría
de regreso lo más pronto posible. En ese momento ella no sospechó que tendrían
que pasar varios años para que finalmente pueda reencontrarse con su fogoso
amante.
La visita de Dante a su aldea se convirtió en un
triste episodio de su vida que él prefirió olvidar para siempre. Allí solo
comprobó una vez más lo injusta que es la vida, lo indiferente que es la
sociedad, y lo egoístas que pueden llegar a ser los seres humanos. En su
humilde morada descubrió el cadáver de su madre, ya casi puro hueso debido al
tiempo trascurrido desde su deceso. Preguntó en el vecindario, pero nadie supo
darle razón. Entonces lo entendió: al mundo le daba igual si alguien pobre y
miserable partía hacia el más allá. Ver tal falta de empatía y de solidaridad
lo puso enfermo. Jamás en su vida Dante se había indignado tanto. "¿Qué
clase de personas dejan a su suerte a una pobre viuda, a la que incluso, en el
colmo de los males, le han arrebatado a su único hijo?", Dante se preguntó
fuera de sí. La pregunta no lo dejaría en paz por varios días.
Desesperado y con ganas de olvidarse de todo, una
buena noche en medio del bosque Dante invocó a Lilith y le compartió sus
pesares. Él terminó pidiéndole que lo lleve hasta donde estaba su amigo
Arnauld. "El jamás te entenderá. Te acusará de ser un monstruo, un malvado
que ha abandonado la senda del bien. Terminará convirtiéndose en tu peor
enemigo", Lilith intentó hacerlo desistir, luego de que Dante le habló
sobre su amigo. –No me importa. Quiero estar a su lado. No solo porque se lo
debo, sino que sobre todo porque él es la única persona que me queda en este
mundo que alguna vez se ha preocupado sinceramente por mí.
Lilith entendió que discutir no la iba a llevar a
ningún lado, de modo que terminó accediendo. Además, ella guardaba la esperanza
de que tarde o temprano su vaticinio se terminaría haciendo realidad. Así fue
como Dante volvió a encontrarse con su amigo, a quien con su llegada salvó de
la depresión en la que se había sumido debido a la muerte de su padre. Nunca se
lo dijo a Arnauld, pero en realidad él también fue salvado de la desesperación
y la tristeza cuando se volvieron a ver. Después de ello, gracias a la nueva
fuerza de Dante, ambos fueron admitidos en la Orden y así comenzaron sus
aventuras como Caballeros Místicos. Lilith lamentó todo aquel tiempo el
reencuentro de los amigos, pues desde ese entonces el espíritu de Dante dejó de
serle tan sabroso. Sin embargo, ella pronto se percató de que la situación iba
en la dirección que había predicho. "Solo es cuestión de tiempo, la fruta
ya está muy cerca de madurar", la mujer demonio solía decirse en tanto
esperaba pacientemente sentada sobre el trono de su ciudadela perdida.
Luego de separarse de sus dos compañeros de la
Orden, Dante cabalgó directo hacia el Dubois. Tantos años de abstinencia le
habían pasado factura. Esperaba que la condesa ya hubiese recibido su carta y
lo esperase con los brazos abiertos. Pero principalmente esperaba poder
refugiarse allí hasta que se calmen los ánimos en torno a los Caballeros
Místicos. Tal visita fue la verdadera y única razón por la que él les propuso a
sus colegas el separarse por seis meses. Lo que no sospechó fue que muy pronto,
mucho más de lo que él esperaba, volvería a verse la cara con Arnauld, quien a
esas alturas ya había comenzado con su travesía hacia el sur.

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