Capítulo XVI: El refugio de Dante

 


En aquel entonces Dante apenas acababa de cumplir los diecisiete años. No era el mejor momento para celebrar un cumpleaños, pues la tropa se hallaba viajando por un duro paraje desértico. Tenían que llegar a Saracusu para reunirse con el ejército del general Friedrich, pues hace unos días un mensajero había llegado con la importante noticia de que el fuerte de Saracusu estaba siendo atacado por tropas alsianas. Si perdían el fuerte, a los paganos del desierto les quedaría prácticamente el camino libre para llegar hasta Handassem. No podían permitirse perder el fuerte. Por ello la tropa había sido contactada con tanta urgencia.

–No te sientas mal, amigo. Te guardé mi parte del almuerzo como obsequio –Arnauld le ofreció un pedazo de pan negro que sacó de su sayo. Dante lo tomó con agrado. Aquel muchacho y su padre eran lo mejor que le había pasado desde que fue reclutado para formar parte del ejército luminiscente. Mientras comía el pan, recordó el momento en el que le hubo tocado separarse de su madre. Se preguntó cómo seguiría ella.

–¡Alto! –el capitán Nickel ordenó a la tropa detenerse. Los jinetes bajaron de los caballos y comenzaron a preparar las tiendas.

Dante observó el anaranjado horizonte del atardecer. Luego sus ojos se depositaron en el capitán. "Como me gustaría algún día poder ser un Caballero Místico. Son tan respetados, tan imponentes con sus armaduras, y siempre montados sobre los mejores caballos. Si yo fuera tan fuerte como ellos, si me reconocieran como a uno de los suyos... ¡jamás tendría que volver a caminar con la infantería, jamás tendría que volver a compartir las sobras con lo más bajo del ejército! Pero algún día seré reconocido, mi vida no puede seguir siendo tan miserable por siempre. Sí, algún día...", Dante reflexionó, hasta que se vio interrumpido por Arnauld. Este último le acababa de tocar el hombro para avisarle que en el sorteo les había tocado ayudar a armar las tiendas para la infantería. Refunfuñando y de mala gana Dante fue tras su amigo.

Ya era de noche cuando los soldados se reunieron alrededor de numerosas fogatas para cenar. Dante odiaba el desierto. La arena se le metía bajo la ropa y la cota de malla, se mezclaba con su sudor y le raspaba la piel hasta hacérsela sangrar. Y ni qué decir de aquel calor infernal que los azotaba durante la mayor parte del día. Todo lo opuesto a las noches, siempre tan heladas como un tempano de hielo. Se acercó para calentarse las manos con el fuego. A su lado el padre de Arnauld se sacudía la arena que se le había acumulado entre los pliegues de su ropa durante la jornada.

Luego de comer, unas escasas gachas tostadas, la tropa se fue a sus respectivas tiendas para pernoctar. Dante tuvo la mala suerte de que le tocó montar guardia. Apoyado sobre su lanza él se posicionó en lo alto de una improvisada torre de vigía hecha de madera. Observó el cielo nocturno del desierto. Era tan estrellado, tan despejado... qué hermoso era aquel cielo. Poco a poco Dante comenzó a dormitar.

El borracho de su padre una vez más llegó a muy altas horas de la noche. Furioso de que su cena estuviese fría y de que no haya nadie despierto para calentársela, comenzó a descargar su ira golpeando todo cuanto se atravesaba en su camino. Dante despertó al oír el estruendo. Se agazapó en su jergón y fingió que no pasaba nada. Su madre hace mucho que le había enseñado a tomar tal actitud. "Es lo mejor para que no se desquite con nosotros", ella le hubo dicho alguna vez. Sin embargo, la estrategia casi nunca era efectiva para la señora, pues tarde o temprano su esposo siempre la iba a buscar y la levantaba de las greñas. Durante años ella había tenido que soportar en silencio tan abusivo trato. Dante en un principio no entendía por qué seguían allí, soportando todo aquello, pero poco después se le hizo completamente claro. Y es que en la sociedad en la que vivían el que una mujer abandone a su marido era muy mal visto. Incluso era condenado por la iglesia.

Pero esa noche las cosas serían muy distintas. Dante se sorprendió sobremanera cuando su padre irrumpió en su lecho y comenzó a golpearlo sin ninguna conmiseración.

–¡Inútil estorbo! ¡Solo sirves para quitarme la comida de la mesa! ¡¿Por qué yo tengo que romperme el lomo trabajando mientras tú te la pasas en grandes?! –el hombre le gritó con todas sus fuerzas. En ese momento Dante pensó que iba a morir, pues los golpes que recibía eran tan terribles que a duras penas podía mantener la consciencia. Quiso defenderse, replicarle a aquel energúmeno que era su padre que trabajaba tanto como él, que desde hace años había sido contratado como aprendiz del carpintero de la esquina y que su trabajo era tan agotador como cualquier otro. Sin embargo, no fue capaz de decir nada. Pronto empezó a escupir sangre.

–¡Déjalo! –su madre entró y trató de alejar a su padre, pero él la repelió con un bofetón que la mandó al suelo. Dante en ese momento se lamentó por ser tan débil, por no poder hacer nada por ayudar a su pobre madre. "Esto es lo que me merezco. Durante años vi como él la golpeaba sin piedad, ¡y nunca hice nada por defenderla! En cambio, ella a la primera oportunidad que yo... ¡soy tan cobarde, tan inútil!", Dante se lamentó, y abundantes lágrimas recorrieron sus mejillas. Pero entonces unas gotas cálidas le salpicaron de un momento a otro. Era sangre. Recién en ese momento Dante se percató de que los golpes habían parado. Levantó la mirada, y lo que vio lo dejó helado. Su madre acababa de apuñalar a su padre por la espalda.

–Maldita zorra –él llegó a decir, pero entonces fue apuñalado innumerables veces más, hasta que finalmente se desplomó sobre el sucio suelo de tierra.

Dante siempre recordaba en toda su intensidad aquel momento tan impactante de su vida. Y también recordaba cómo después, en plena noche, él y su madre salieron tambaleantes y heridos de la casa, cargando con el cadáver de su padre, el cual finalmente enterraron en lo más profundo del bosque. Esa noche madre e hijo durmieron acurrucados uno contra otro sobre una concavidad que formaban las raíces de un viejo árbol. Cuando amaneció, cuando la luz del sol filtrada por entre el follaje del bosque tocó sus ojos, Dante recordó haberse sentido liberado, un hombre totalmente renovado.

El calor del fuego lo hizo despertar y volver a la realidad. Dante se aferró a su lanza para no derrumbarse producto de la impresión. El campamento estaba siendo atacado e incendiado por unos encapuchados del desierto armados con afilados alfanjes. Cogió el cuerno que colgaba en un extremo del puesto, pero rápidamente lo soltó. Fue consciente de que a aquellas alturas dar la alerta era algo completamente inútil. Ver como sus colegas eran masacrados sin piedad le hizo estremecerse. Entonces lo asaltó la culpa. Si hubiese dado la alarma a tiempo la tropa habría podido prepararse, si tan solo él...

Una flecha con la punta cubierta de fuego se clavó muy cerca de donde Dante estaba. En poco tiempo todo el puesto comenzó a arder. Dominado por el terror, el joven se deslizó hacia abajo y terminó cayendo sobre la montura de uno de los atacantes, justo a espaldas del jinete. El hombre del desierto giró para clavar su alfanje en el inesperado pasajero, pero Dante fue más rápido con su lanza. Desesperado, el muchacho lanzó a la arena al jinete herido y tomó las riendas del caballo. En medio de todo aquel caos de llamas y muerte Dante cabalgó y cabalgó, hasta que finalmente dejó atrás el campamento. Refugiado tras unas formaciones rocosas contempló el resplandor de las llamas. En ese momento recién fue consciente de la magnitud de su falta, y de lo terrible de su cobardía. "Aun puedes volver, tal vez Arnauld, tu mejor amigo... tal vez el todavía siga con vida...", una voz hizo eco en su mente. Por un instante Dante se sintió tentado a volver al campo de batalla. Sin embargo, apenas puso un pie en el estribo del caballo, todo el cuerpo le comenzó a temblar de forma incontrolable.

–Soy un maldito cobarde... si tan solo fuera más fuerte –Dante se abrazó a sus rodillas, acurrucado contra una roca, y se echó a llorar amargamente.

Muy temprano al amanecer del día siguiente Dante partió rumbo a Eusland. Ya estaba cansado de la guerra, a esas alturas solo quería volver a casa y reencontrarse con su madre. Trató de recordar la ruta, pero en medio del desierto solo podía distinguir dunas y más dunas, y todo siempre ardiendo bajo el inclemente sol.

Para horas de la tarde, incapaz de poder seguir resistiendo el hambre, rebuscó entre las alforjas de la montura del caballo robado, pero no encontró nada. Desesperado, y sobre todo sumamente sediento, buscó refugio, pero hasta donde abarcaba su vista solo pudo distinguir desierto y más desierto. "Supongo que este es mi castigo por ser tan cobarde", él se dijo cuando ya comenzaba a anochecer. Por un momento se sintió tentado a matar al caballo y comérselo, pero terminó desistiendo de tal idea, pues sabía que sin un caballo le sería imposible abandonar el desierto.

Se preparó para dormir en las faldas de una duna. Se acurrucó al caballo, en ese momento recostado, para entrar en calor y así poder resistir el inclemente frío de la noche en el desierto. Fue mentalizándose para morir. Sabía que sería lo más probable en suceder, de modo que esa noche no pudo pegar pestaña. Su cabeza en todo momento estuvo repleta de los más fatalistas pensamientos. Terminó culpando de todos sus males a los soldados que lo reclutaron en su pueblo. "No, ellos solo seguían órdenes. El verdadero culpable de mi desgracia fue el conde Raldione, ese infeliz que nos trataba a todos los del pueblo como a su ganado. ¡Como lo odio por separarme de mi madre y traerme a este infierno!".

Era más de medianoche y Dante se pelaba de frío. Se abrazó a sí mismo, en tanto los dientes le castañeaban. Se apegó lo más que pudo al caballo. Nada logró aliviarlo. Añoró el fuego del campamento. Pero recordar aquello inevitablemente lo llevó a pensar en lo que había hecho, en cómo había abandonado a su suerte a Arnauld y a su padre, los más grandes amigos que hubiese podido tener en todo lo que tenía de vida.

Dante se hallaba en medio de sus lamentaciones y auto reproches, cuando a sus oídos le llegó un extraño silbido. Dedujo que se trataría del viento, aunque de todas formas eso no lo tranquilizó. Y es que en todos sus días de viaje por el desierto jamás había oído un sonido similar. Era dulce y provocador, de alguna forma le recordaba al soplido de una joven mujer. Aunque si solo se hubiese tratado de eso, Dante jamás habría abandonado su cobijo. Lo que finalmente despertó por completo su curiosidad fue la corriente de aire cálido que de pronto envolvió su cuerpo como si del abrazo de una amante ardiente se tratase.

"¿Qué estoy haciendo? Debería quedarme junto al caballo. ¿A dónde se supone que estoy yendo? Seguir esta corriente de viento, este dulce silbido, ¡esto solo me terminará extraviando de mi caballo! ¡Y sin él estaré definitivamente perdido!", Dante continuamente se reprochaba a sí mismo por su imprudencia, pero por más que lo hacía no cejaba el paso. Aquel viento era demasiado seductor, demasiado atrayente. Y lo más importante: gracias a aquel viento, aunque sea por un momento, él había podido librarse de sus preocupaciones y remordimientos.

Desde la distancia divisó una oquedad en medio del desierto. Una corriente de escalofríos le recorrió la espalda cuando se percató de que la luz que salía de la oquedad era un enfermizo resplandor verdoso. "¿Será una de aquellas ciudadelas perdidas habitadas por demonios? ¿Entonces son ciertas las leyendas que cuentan esos paganos del desierto?", Dante se preguntó. Seriamente pensó en darse media vuelta y echarse a correr lo más lejos posible. Pero la curiosidad en su interior terminó prevaleciendo. Además, algo en aquel viento que continuaba atrayéndolo le hacía creer que si seguía adelante podría cambiar su destino para siempre. "Si me regreso de todas formas moriré. No tengo nada que perder, así que no hay razón para echarme atrás", Dante terminó convenciéndose. Poco después él ya se había internado en la oquedad, descendiendo por unas escaleras talladas en roca viva.

Tras un descenso de varios minutos, Dante se encontró ante un pasadizo iluminado por numerosas antorchas de fuego verdoso. El joven avanzó con cautela, pues aquel extraño fuego le resultaba muy sospechoso, ya que inevitablemente le hacía pensar en fantasmas y en similares fenómenos de carácter sobrenatural. No supo por cuanto tiempo estuvo deambulando por aquellos laberínticos pasadizos. Terminó perdiendo la noción del tiempo. Solo seguía y seguía la corriente de viento silbante. A esas alturas nada más importante tenía en su vida. Por ello es que se aferró con ahínco a continuar avanzando, a ir tras el llamado de aquel viento tan extraño, a pesar de que cada vez lo estremecían más los murales de las paredes. En estos se mostraba el auge y decadencia de una civilización antediluviana. Lo más espantoso para Dante fue descubrir que los individuos pertenecientes a esta civilización no eran humanos, sino una raza de criaturas con aspecto entre humanoide y de reptil.

Llegó ante una enorme puerta doble de piedra. Recién en ese momento se percató de que por los pasadizos también había estado descendiendo y descendiendo. El verde resplandor de las antorchas iluminó un enorme tallado en las puertas. Este representaba a un trono y a una beldad sentada sobre este, a quien adoraban todas las criaturas con aspecto de reptil. Dante tragó saliva. Y es que aparte de la sobrecogedora imagen, él pudo percibir una siniestra emanación proviniendo desde el otro lado de la gran puerta doble. Cuando se giró para alejarse, los goznes de las puertas rechinaron y estas comenzaron a abrirse. Dante se quedó paralizado en su lugar. Lentamente se dio media vuelta y con el rabillo del ojo contempló lo que había detrás de las puertas. Grande fue su sorpresa cuando descubrió un fastuoso salón, el cual se extendía hasta donde le alcanzaba la vista.

Dante ingresó al magno recinto y contempló anonadado todo el derroche de oro y piedras preciosas que adornaban cada rincón del lugar. Tras avanzar algunos pasos él pudo distinguir un trono al otro extremo del salón. Avanzó por inercia hacia el trono vacío. De pronto le entraron unas irrefrenables ganas de ocuparlo, de mirar desde allí toda la magnificencia de la habitación.

Se sentó sobre el trono, y entonces descubrió que apoyado sobre uno de los brazos del mueble yacía un cetro de oro con una piedra verde engastada en su cabeza. Lo tomó y muy admirado contempló la magnífica pieza. Acarició la piedra preciosa, pero al primer contacto una chispa verde salió disparada, y justo delante del trono estalló en una llamarada de fuego verde, el cual en instantes materializó a una alta y esbelta figura. Dante contempló estupefacto a la aparición. Se trataba de la mujer más hermosa que jamás hubiese visto. Sus ojos verdes eran incluso más preciosos que la gema engastada en el cetro. Pero definitivamente aquella mujer no era humana. Partes de su desnudo cuerpo de piel verdosa estaban cubiertas por duras y brillantes escamas de reptil. Además, su cabello estaba conformado por ondulantes víboras, y de sus omoplatos salían dos enormes serpientes con grandes alas de plumas negras saliendo de sus cabezas.

–¿Quién-quién eres tú? –Dante tartamudeó, en tanto se encogía sobre el trono cual una rata asustada.

–¡¿Osas ocupar mi trono y todavía te atreves a preguntarme que quién soy?! –la mujer habló con voz imponente, que retumbó en toda la sala del trono. Dante la contempló entre aterrado y fascinado. Y es que era tal la belleza de aquella mujer, tan tentadoras las curvas y la suavidad de su desnudez, que el ardor de la lujuria despertó cual una explosión de pólvora en el interior del joven.

–Lo-lo siento –Dante logró articular luego de sobreponerse. Con paso torpe y vacilante se apartó del trono. Entonces la mujer-reptil le dedicó una libidinosa sonrisa en tanto avanzó hasta el magno asiento. Al contemplarla Dante comenzó a arder en su interior, víctima de la más salvaje pasión.

–Soy Lilith, soberana de las criaturas de la noche, madre de los hombres-reptiles, más conocidos entre los tuyos como Nubias.

Dante dio un respingo al oír esto último. Y es que no solo entre los páganos del desierto, sino que incluso entre los habitantes de Eusland se había oído hablar alguna vez acerca de esta antigua raza que pobló el mundo miles de años antes que el hombre, pero que fueron barridos de su faz por la ira de Dios debido a sus sacrílegos pecados contra la naturaleza y contra la misma divinidad.

–No me tengas miedo –Lilith habló con una voz tan lasciva que Dante se sintió desfallecer–. La intensidad de tu odio y de tu autocompasión son lo que me ha despertado de mi largo letargo. Déjame decirte que esa oscura aura emitida por ti sabe deliciosa. Hace mucho que no probaba algo tan bueno –Lilith se relamió con una larga lengua púrpura. Dante no supo explicar porque aquellas palabras lo excitaban tanto.

–¿Qué-qué qui-quieres de mí? –él llegó a preguntar tras un soberano esfuerzo por controlarse.

–Quiero hacer de ti uno de mis hijos. Te daré todo cuanto desees, todo cuanto siempre hayas soñado. ¿No es eso acaso lo que una buena madre quiere para su hijo?

–Yo... ¿tu hijo? –Dante se señaló el pecho, completamente anonadado.

–Soy una de las Cinco Calamidades infernales que aún se aferran a este mundo. Ni el profeta Engohim ni sus guardianes divinos pudieron alejarme por completo de lo que más amo. Sin embargo, por siglos tuve que permanecer oculta y a la espera. Tu llegada a sido el llamado del destino que por tanto tiempo he estado esperando. ¡Por fin una vez más podré volver con mis más ardientes amantes, con mi tan querida humanidad!

Dante retrocedió espantado. Otra de las leyendas más temidas y oscuras que alguna vez hubiese llegado a oír volvía a ser dicha por la boca de aquella mujer-reptil. "Las Cinco Calamidades", de solo mencionar aquel nombre Dante tembló hasta la medula. Recordó lo dicho en el Catecismo Celeste sobre aquellos seres: "Las Cinco Calamidades, los demonios con el rencor más grande hacia el género humano. Cuando vean la marca de alguno de aquellos cinco, santígüense y pídanle a Dios que los aparte lo más pronto posible de tan oscura pesadilla. Porque yo os digo, hermanos y hermanas, que todo aquel que se deje tentar por alguno de estos cinco, en ese mismo instante dejará de ser humano y pasará a convertirse en un monstruo tan repudiable como los mismísimos demonios del infierno", Dante recordó esta lectura del sagrado libro hecha por el párroco de su pueblo durante una misa dominical. –Pero, pero... ¡no puede ser! Según el Catecismo Celeste todos los demonios fueron erradicados de la faz de la tierra, todos ustedes...

–No, inocente criaturita. No fuimos erradicados. Simplemente fuimos sellados y privados de la mayor parte de nuestros poderes. Sin embargo, nada es eterno en este mundo. Pronto la gran oscuridad resurgirá y lo envolverá todo. Pero tranquilo, pues si para ese momento te encuentras en el lado correcto no tendrás nada que temer. ¿Dudas? Entonces permíteme demostrarte que todo cuanto te digo y te ofrezco es tan cierto como el sol del amanecer –ni bien terminó de decir estas palabras, Lilith se levantó de su trono y avanzó hacia Dante con andar despampanante y seductor. Él retrocedió un par de pasos, pero entonces la mujer demonio preparó sus labios para besarlo. En ese momento en el interior de Dante se desató una batalla campal. Sus antiguos valores y principios contra la envolvente tentación de Lilith, ambos ejércitos chocaron y no se dieron tregua. Sin embargo, al final el odio y la auto compasión de Dante reforzaron al ejército de la tentación. Él beso apasionadamente a Lilith, y entonces, como si un hierro al rojo vivo estuviese marcando su cuello, una marca incandescente se dibujó allí, aunque al poco rato desapareció–. Tu deseo más anhelado se ha cumplido. Ahora cuentas con el poder que por tanto tiempo has ansiado poseer. Pero no solo te conformarás con eso. La lujuria que he despertado en ti debe ser apaciguada. Te llevaré al lugar más indicado para que puedas satisfacerla cuanto desees –Lilith agregó, y chasqueó los dedos. En ese instante ambos fueron trasladados a una rica alcoba. Apenas la vio, Dante supo que se trataba de la habitación de un noble.

–¿Eres tú? ¿Realmente eres tú, Lilith? ¡No puedo creerlo! ¡Por años intenté invocarte en vano, pues nunca atendiste a ninguno de mis llamados! Pero en cambio ahora, por primera vez... –una mujer madura, de grandes ojos azules y ondulada cabellera castaña, se acercó a los recién llegados. Ella solo vestía una etérea bata de seda que apenas cubría su desnudez. Dante se percató de que, a pesar de la edad, aquella mujer era sumamente hermosa, aunque no tanto como Lilith. De todas formas, el deseo lo invadió. Quiso poseer a aquella atractiva gran señora en el acto.

–Tus plegarias han sido escuchadas, Condesa Louise de Dubois –Lilith tomó la palabra–. Te he traído un amante ardiente que te complacerá en todo en lo que tu marido nunca ha podido ni podrá jamás.

–¡Gracias, muchísimas gracias, oh, gran Lilith! –la condesa exclamó, y cual una loba hambrienta se abalanzó sobre Dante.

–No te olvides de cumplir con tu parte del trato, noble dama –Lilith le acarició la espalda con juguetones movimientos de sus dedos. En el acto la condesa se apartó de Dante y estampó un beso en los labios de la mujer demonio. Una marca idéntica a la que se había dibujado en Dante apareció en su seno derecho–. Con el estigma de Lilith tu alma ahora me pertenece. Haz que tus maldades vuelvan tan sabrosa a tu aura que yo no pueda dejar de probarla nunca jamás.

Las palabras de Lilith excitaron a la condesa, quien con mayor apremio volvió a su amante. Dante en ese momento también estaba poseído por la lujuria. Lilith chasqueó los dedos y desapareció, aunque su espíritu siguió allí en parte, en los estigmas invisibles de los amantes, succionando en todo momento la oscuridad que el pecado producía en los espíritus de sus nuevos "hijos".

Dante permaneció durante algún tiempo más con su amante, hasta que los recuerdos y el remordimiento por haber dejado atrás a su amigo Arnauld volvieron a asaltarlo. La condesa le enseñó a invocar a Lilith, y gracias a ello una noche él la llamó y le pidió que lo informe sobre la suerte de su amigo y de su padre. La mujer demonio le contó que él vivía, pero que su padre infelizmente había muerto. Dante lamentó la noticia, pero a la vez se alegró por saber que su mejor amigo seguía vivo. Y es que Arnauld y su padre eran las únicas personas en el mundo que lo habían aceptado tal cual era, aparte de su madre. Entonces se acordó de su progenitora.

Ya estaba cansado de siempre tener que estar ocultándose en el castillo. Desde que descubrió que poseía los poderes de un Caballero Místico, Dante se volvió orgulloso, al punto de que se creía capaz de tomar posesión de todo el condado del Dubois. Las suplicas de la condesa fueron lo único que se lo impidió. Y es que ella no quería que su hija, la joven condesa Carmina, pierda a su padre, a quien ella amaba tanto. Aun así, él ya estaba harto, de modo que un buen día le comunicó que partiría para visitar a su madre. De mala gana la condesa accedió, aunque le hizo prometer que estaría de regreso lo más pronto posible. En ese momento ella no sospechó que tendrían que pasar varios años para que finalmente pueda reencontrarse con su fogoso amante.

La visita de Dante a su aldea se convirtió en un triste episodio de su vida que él prefirió olvidar para siempre. Allí solo comprobó una vez más lo injusta que es la vida, lo indiferente que es la sociedad, y lo egoístas que pueden llegar a ser los seres humanos. En su humilde morada descubrió el cadáver de su madre, ya casi puro hueso debido al tiempo trascurrido desde su deceso. Preguntó en el vecindario, pero nadie supo darle razón. Entonces lo entendió: al mundo le daba igual si alguien pobre y miserable partía hacia el más allá. Ver tal falta de empatía y de solidaridad lo puso enfermo. Jamás en su vida Dante se había indignado tanto. "¿Qué clase de personas dejan a su suerte a una pobre viuda, a la que incluso, en el colmo de los males, le han arrebatado a su único hijo?", Dante se preguntó fuera de sí. La pregunta no lo dejaría en paz por varios días.

Desesperado y con ganas de olvidarse de todo, una buena noche en medio del bosque Dante invocó a Lilith y le compartió sus pesares. Él terminó pidiéndole que lo lleve hasta donde estaba su amigo Arnauld. "El jamás te entenderá. Te acusará de ser un monstruo, un malvado que ha abandonado la senda del bien. Terminará convirtiéndose en tu peor enemigo", Lilith intentó hacerlo desistir, luego de que Dante le habló sobre su amigo. –No me importa. Quiero estar a su lado. No solo porque se lo debo, sino que sobre todo porque él es la única persona que me queda en este mundo que alguna vez se ha preocupado sinceramente por mí.

Lilith entendió que discutir no la iba a llevar a ningún lado, de modo que terminó accediendo. Además, ella guardaba la esperanza de que tarde o temprano su vaticinio se terminaría haciendo realidad. Así fue como Dante volvió a encontrarse con su amigo, a quien con su llegada salvó de la depresión en la que se había sumido debido a la muerte de su padre. Nunca se lo dijo a Arnauld, pero en realidad él también fue salvado de la desesperación y la tristeza cuando se volvieron a ver. Después de ello, gracias a la nueva fuerza de Dante, ambos fueron admitidos en la Orden y así comenzaron sus aventuras como Caballeros Místicos. Lilith lamentó todo aquel tiempo el reencuentro de los amigos, pues desde ese entonces el espíritu de Dante dejó de serle tan sabroso. Sin embargo, ella pronto se percató de que la situación iba en la dirección que había predicho. "Solo es cuestión de tiempo, la fruta ya está muy cerca de madurar", la mujer demonio solía decirse en tanto esperaba pacientemente sentada sobre el trono de su ciudadela perdida.

Luego de separarse de sus dos compañeros de la Orden, Dante cabalgó directo hacia el Dubois. Tantos años de abstinencia le habían pasado factura. Esperaba que la condesa ya hubiese recibido su carta y lo esperase con los brazos abiertos. Pero principalmente esperaba poder refugiarse allí hasta que se calmen los ánimos en torno a los Caballeros Místicos. Tal visita fue la verdadera y única razón por la que él les propuso a sus colegas el separarse por seis meses. Lo que no sospechó fue que muy pronto, mucho más de lo que él esperaba, volvería a verse la cara con Arnauld, quien a esas alturas ya había comenzado con su travesía hacia el sur.

Continua...


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