Capítulo VIII: Vientos de muerte y el amanecer que revela a un santo
Era más de medianoche. Arriba una delgada luna menguante iluminaba a duras
penas el bosque con su pálido resplandor. Alrededor de los muchachos todo se
encontraba sumido en el más absoluto silencio, únicamente roto de cuando en
cuando por el repentino ulular de una lechuza. Mesmer decidió que su
oportunidad había llegado. Los dos caballeros de la Orden ya habían apagado la
fogata y seguramente dormían a pierna suelta. Jamás se esperarían que en un
lugar tan alejado de la mano del hombre podrían encontrarse con su verdugo.
Mesmer se acercó con el arco listo para disparar.
Sus pasos apenas rozaban el suelo. Un par de hojas rotaban alrededor de sus
pies. El mercenario saltó de golpe y apuntó con su flecha envenenada. Sin
embargo, para su gran desconcierto no encontró a nadie dentro de la oquedad.
–¿Buscabas a alguien? –Dante le habló desde su
detrás, y acto seguido acometió con su espada–. No puede ser –el caballero de
la Orden quedó asombrado cuando su oponente se elevó a varios metros de altura,
luego dio un volantín en el aire, y finalmente aterrizó a sus espaldas.
–¡¿Quién eres tú?! –Arnauld bloqueó con su espada
la daga de Mesmer cuando estaba a punto de hundirse en el cuello de Dante.
Chispas salieron del choque entre ambas armas. El mercenario retrocedió y se
replegó en las sombras.
–Solo necesitan saber que de esta noche no pasarán
–la voz de Mesmer se oyó desde todas direcciones.
–¿Cómo es posible? –Arnauld no se lo podía creer.
Aquello era más de lo que su agudo oído estaba acostumbrado a percibir.
"Es como si estuviese en todos lados".
–Mantente alerta, amigo. Este no parece ser un
enemigo ordinario.
–Sí, ya lo he notado.
–Usemos los Ojos de la Verdad. De lo contrario no
podremos verlo en esta oscuridad.
Arnauld asintió, y en el acto concentró una gran
cantidad de su vibración de alma en sus ojos. Sus iris se volvieron dorados al
poco rato. –¡Allí! –él señaló a un costado de Dante. Este último levantó su
espada y consiguió bloquear la daga de su enemigo. El mercenario una vez más
retrocedió y se refugió en la oscuridad.
–Maldición –Dante empuñó su espada con ambas
manos, en tanto avanzó hacia atrás, hasta quedar espalda contra espalda con su
amigo.
–Puedo verlo, se mueve entre las copas de los
árboles. ¡Sus saltos son tan largos y silenciosos que más parece que estuviera
flotando! –Arnauld comentó.
–Muy bonitas esas espadas, caballeros –la voz
omnipresente una vez más se hizo sentir–. Sé que las hojas de sus espadas
tienen incrustados minúsculos fragmentos provenientes del sepulcro del fundador
de la Orden. He oído que aquello les permite concentrar en las hojas de sus
armas una gran cantidad de esa aura dorada que suelen emitir. ¿Por qué no me
muestran un poco de eso? Vamos, quiero ver esa maravillosa técnica de la que
tanto se habla. Muéstrenme su mejor carta, o de lo contrario esto no será
divertido.
–¡Qué atrevido este sujeto! –Dante rabió.
–No te dejes llevar, amigo. Está provocándonos. No
caigas en su juego –Arnauld dijo en tanto se mantenía muy enfocado en el
combate.
–Bueno, ya he esperado suficiente. Si ustedes no
harán nada, entonces yo tendré que pasar a la acción– la voz habló amenazante.
Mesmer sacó a continuación tres flechas de su carcaj y las colocó en la cuerda
de su arco.
–¡Cuidado! –Arnauld creó un par de escudos
invisibles de energía espiritual en su delante. Dos flechas se destrozaron al
impactar contra estos.
–¡Cobarde! –Dante partió con su espada la otra
flecha. Esta había descrito una curva de lo más inusual. Si no fuese por el
grito de su compañero y por sus propios agudos reflejos, tal flecha ya se
habría clavado en su sien derecha.
–¡Esto es solo el comienzo! ¡Veamos qué pueden
hacer contra mi danza de las hadas! –el mercenario exclamó esta vez. Preparó
otras tres flechas y las disparó. Dante y Arnauld quedaron desconcertados, pues
las flechas comenzaron a girar a su alrededor. Otro detalle que les llamó
sumamente la atención fue que un fuerte viento en el que flotaban numerosas
hojas verdes de pronto los rodeó.
"Es como si ese viento estuviese guiando a
las flechas. ¡¿Quién rayos es este sujeto?!", Arnauld meditó para sus
adentros.
–¡Es un maestro de elementales del viento el muy
desgraciado! Maldición, y yo que creí que estos magos solo existían entre esos
legionarios del Sultán –una gota de helado sudor descendió por la frente de
Dante.
Cada vez más y más flechas fueron lanzadas. En
poco tiempo la cúpula de viento que cubría a los muchachos se pobló de incontables
flechas. Y todas iban tan rápido que a duras penas los muchachos eran capaces
de distinguirlas.
–Nos está agotando mentalmente. El no saber en qué
momento nos saldrán disparadas esas flechas es una maldita tortura –Dante se
lamentó.
–Hagámosle caso, Dante.
–¿De qué rayos estás habland...? Oh, ya veo –Dante
asintió cuando vio que la espada de su amigo comenzaba a iluminarse. Al poco
rato él lo imitó.
"Excelente. Esto no tendría ninguna gracia si
no se hace de esta manera. Los derrotaré así hagan uso de su mejor técnica.
Mírame Jazmilka, el excelente guerrero en el que me he convertido", Mesmer
se dijo para sus adentros.
–¡Ya puedo saborear la gran vida que me daré una
vez le muestre al rey Johan sus cabezas y sus valiosas espadas, Caballeros
Místicos! ¡Esa enorme recompensa ya tiene mi nombre escrito! –Mesmer exclamó
esta vez. Dante rabió ante aquellas palabras. Por su parte, Arnauld ni se dio
por enterado–. ¡Mueran!! –Mesmer gritó, y desde todas direcciones las flechas
salieron disparadas hacia los muchachos.
–¡AAAAAH! –ambos caballeros lanzaron un poderoso
grito de batalla, y en el acto un campo de fuerza invisible se expandió desde
sus espadas hacia afuera. Todas las flechas fueron repelidas, e incluso la
cúpula de viento terminó deshaciéndose.
"No puede ser", Mesmer contempló
boquiabierto lo que acababa de suceder. Sin embargo, el combate aún estaba muy
lejos de terminar para él. "Aún no han visto nada. Les demostraré lo que
es enfrentarse a un verdadero guerrero. Ya lo verán, les aseguro que ya lo verán...".
Cual una saeta, desde detrás de unos arbustos
Mesmer salió disparado hacia Dante. Este último le lanzó un mandoble de su
espada, aunque Mesmer lo esquivó con suma facilidad. En ese momento su cuerpo
estaba rodeado por una ventisca que giraba a su alrededor. Hojas verdes la
acompañaban.
Ambos caballeros de la Orden pronto se vieron
envueltos en una frenética batalla. Y es que Mesmer era tan veloz que las
estocadas de su daga más parecían relámpagos que les caían a sus oponentes
desde todas direcciones. Con sus campos de fuerza invisibles los muchachos
lograron protegerse, aunque poco a poco empezaron a agotarse.
–¿Es que ese infeliz nunca se va a cansar? –Dante
se lamentó. Poco después tuvo que elevar su espada para bloquear una flecha–.
Lo que faltaba –él gruñó.
Arnauld no dijo nada, pero se sintió igual que su
compañero. Aquello ya era demasiado. Y es que no contento con acribillarlos con
su daga, ahora una nueva cúpula de viento repleta de flechas se acababa de unir
a la devastadora ofensiva.
Mesmer era como una flecha más cada vez que
atacaba, pues se camuflaba perfectamente entre ellas. Sin embargo, sus golpes
eran mucho más devastadores. Asimismo, el mismo viento y las hojas se
encargaron de producirles cortes menores en distintas partes del cuerpo a los
muchachos, a pesar de que ellos se protegían con el aura dorada que generaba su
vibración de alma.
"Este hombre... mis Ojos de la Verdad me han
permitido captar algo de lo más insólito en él. En realidad él no pelea por la
recompensa, eso es una simple justificación menor. Su verdadera razón para
poner en juego su vida en esta pelea es mucho más profunda, es como si tratara
de demostrar algo. Pero, ¿a quién? ¿A sí mismo? ¿A alguien que lo observa
escondido en alguna parte? ¿O quizás es una combinación de ambas cosas?",
Arnauld reflexionó mientras combatía.
–¡Arnauld, tenemos que hacer algo o este tipo nos
terminará descuartizando! –Dante se limpió un hilillo de sangre que le salía de
un corte en la frente y que ya le había descendido hasta el ojo derecho.
Arnauld pensó y pensó, mas nada se le ocurrió. "Demostrar algo, demostrar
algo... todo el mundo en el fondo quiere demostrar algo. En el caso de este
hombre, por su forma de luchar puedo intuir que él desea ser reconocido como un
guerrero superior... ¿yo podría ser reconocido como un guerrero superior? Solo
quiero sobrevivir... un guerrero superior necesita de una técnica superior...
¡Dios mío! Solo me queda intentarlo, no puedo permitir que los esfuerzos de
todos los que me han permitido sobrevivir hasta ahora sean desperdiciados,
¡tengo que intentarlo!".
–¡Escúchame, Dante! –Arnauld le gritó a su amigo
en tanto bloqueaba con su espada y con sus escudos invisibles los embates del
mercenario–. Intentaré ejecutar la técnica "Aliento de Guardián Celestial".
¡Tú cúbreme!
–¡¿Qué?! ¡Pero te has vuelto loco! ¡Esa técnica es
un distintivo de los generales de la Orden! ¡Un soldado raso como tú jamás
podrá realizarla!
–"Un alma pura no obedece a rangos ni a
castas. Simplemente es un alma pura", acuérdate de las palabras del
instructor Maraz. Solo tengo que incrementar mis vibraciones de alma y lo
conseguiré. Ten fe, amigo. Recuerda que la fe es la base de toda proeza.
–¡Mierda! –Dante no tuvo más remedio que
resignarse–. Muy bien, te cubriré.
Mientras Dante se dedicó a bloquear todos los
ataques del enemigo, Arnauld se concentró y con ambas manos empuñó su espada
con fuerza. Esta cada vez se fue haciendo más y más brillante. Dante se apartó
un poco cuando unos relámpagos comenzaron a brotar del resplandor dorado que
cubría la hoja del arma. A Mesmer, por su parte, los ojos se le abrieron como
dos lunas llenas. Su instinto le dijo que se aleje, que se resguarde de aquel
desastre sobrenatural, pero su orgullo de guerrero frenó tales intenciones. En
ese momento él se encontraba en un estado tal de entrega al combate, que la
inercia de su pensamiento le mostró el retroceder como el más vil acto de
cobardía.
Arnauld blandió su arma en forma descendente, y
una onda de energía relampagueante salió de la hoja hacia el frente. El suelo
bajo el avance de aquella masa de energía espiritual se abrió, quedando así un
profundo surco. Aunque Mesmer consiguió escapar de recibir un impacto directo,
la poderosa onda expansiva que produjo el "Aliento de Guardián Celestial"
lo terminó lanzando con fuerza contra un árbol. Al chocar su espalda con el
tronco él escupió un chorro de sangre. Luego de eso cayó de bruces sobre el
suelo. Poco después la oscuridad volvió a apoderarse del bosque. Dante se
acercó con la espada en alto, con la intención de hundirla en la espalda de
aquel enemigo. Pero antes de que pueda cumplir con sus intenciones, Arnauld lo
detuvo. –Antes quiero preguntarle algo.
Dante miró con incredulidad a su amigo. –¡¿Se te
ha olvidado que este tipo casi nos mata?! ¡Mira todas nuestras heridas! ¡¿Estás
ciego o qué?!
–Lo sé, amigo, lo sé. Es solo que... –Arnauld
enfundó su espada y acto seguido se hincó en una rodilla. Mesmer en ese momento
se esforzaba por intentar incorporarse–. ¿Por qué luchas? ¿A quién quieres
demostrarle lo fuerte que eres?
–¡Cállate! ¡Tú no sabes nada...!
En ese momento Arnauld no necesitó de los Ojos de
la Verdad para saber que aquel hombre cargaba en lo profundo de su corazón con
un terrible remordimiento. –Levantarse y seguir adelante es la única manera de
acabar con la culpa y el dolor. Ha llegado el momento de que te levantes,
poderoso guerrero –Arnauld le tendió la mano a Mesmer. Este último levantó la
mirada, incapaz de dar crédito a lo que acababa de suceder. En ese momento
comenzó a amanecer, y los primeros rayos del alba le dañaron los ojos. Sin
embargo, antes de cerrarlos para protegerse, él pudo contemplar al hombre en su
delante rodeado por la naciente luz del astro rey. "¿Acaso esto es a lo
que llaman un hombre santo?", Mesmer de pronto recordó los frescos que
solía ver en las iglesias de los reinos luminiscentes. Pero no solo el aspecto
de Arnauld había calado en él, sino que sobre todo lo hicieron sus palabras.
"...vive y jamás dejes que la pena te consuma. ¡Sé feliz!", las últimas
palabras del capitán Kalawy hicieron eco en su mente. "¡Soy tan inútil!
Incluso a ti te he fallado, capitán".
–Mátame –Mesmer apoyó sus manos en el suelo, y le
ofreció su cuello a Arnauld–. ¡Vamos! ¡¿A qué esperas?! ¡Hazle caso a tu amigo!
¡He querido asesinarlos, estás en tu derecho! ¡Mátame!!
–Matar nunca es ni será un derecho –Arnauld se
puso de pie–. Vámonos, Dante.
–¿Qué? ¿Cómo? ¿Lo dejarás ir así, nada más?
–"Grande es quien vence a sus enemigos, pero
más grande es quien los perdona", Engohim les dijo una vez a sus
discípulos –Arnauld indicó.
–"No hay nada más estúpido y condenable que
dejar vivir a la víbora que envenena al inocente", Engohim también les
dijo alguna vez a sus discípulos –Dante le replicó.
–Tienes toda la razón, amigo. Pero recuerda que
las víboras jamás tienen arrepentimientos –Arnauld respondió con suma
tranquilidad. Después se dirigió a donde los caballos y comenzó a desatarlos.
Le tendió las riendas de uno de los animales a Dante.
–¡Dios mío, definitivamente no se puede discutir
contigo! –Dante negó con la cabeza. Se acercó y tomó las riendas de su
caballo–. Tienes suerte de haberte topado con el tipo más bondadoso del mundo.
Que te sirva de lección para que nunca más se te ocurra meterte con un
Caballero Místico, ¡¿te quedó claro?! –ya montado sobre su caballo, Dante
señaló a Mesmer con dedo amenazante. Poco después él y su compañero
desaparecieron tras internarse en el bosque.
Mesmer giró su cuerpo y se dejó caer de espaldas
sobre el suelo del bosque. Miró hacia el cielo, a las serenas nubes flotando a
la deriva. Luego desvió la mirada hacia sus silfos. Poco a poco estos fueron
sanando sus heridas. "Nunca quise regresar a Aldón por miedo a enfrentarme
con la cruda realidad. Jazmilka está muerta y ya nada podrá
remediarlo...". –Qué tonto he sido todo este tiempo –Mesmer se puso de
pie, y aun algo adolorido comenzó a avanzar–. Nunca he sido un verdadero
guerrero winciano, ¡estas malditas cosas no tienen ningún valor! –él se arrancó
los cascabeles de sus orejas y acto seguido los lanzó al suelo y luego los pisó
con rabia. "Ya no tiene caso intentar volver a estas alturas. Mi camino
está aquí, en Eusland. Aquí me convertiré en un verdadero guerrero. Gracias,
Caballero Místico, nunca olvidaré lo que has hecho por mí", Mesmer
reflexionó, en tanto con sus penetrantes ojos grises contempló el amanecer.

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