La voz oscura

 


¿Cómo pudieron terminar las cosas así? Habían ido a la casa de campo de Pedro para pasar un agradable fin de verano. Pero ahora Pedro estaba muerto. Y no solo él. También lo estaban Angie y Martín.

Selma lo conoció en un concierto al que la llevaron unos amigos de la universidad. Ella no era una amante del metal, y mucho menos de aquel subgénero conocido como death metal, en donde en medio del estridente azote de los instrumentos el vocalista se dedicaba a gritar y a cantar con una voz rasposa y ronca. Desde que llegó a aquel oscuro sótano que funcionaba como pub underground, la joven se arrepintió de haber ido. Se sentía ajena a aquel mundo. Y todavía más ajena se sintió cuando sus amigos comenzaron a alocarse y a unirse a los clásicos “pogos”. Tras soltar una agotada exhalación, Selma se apartó del tumulto y desde una mesa situada en un rincón contempló a la banda de turno.

“Destruiré las cadenas y volaré muy alto, atrás quedará la sangre y el dolor. ¡La opresión del sistema no me corromperá, permaneceré puro hasta el final!”, el vocalista cantaba con una pasión tan desmedida que Selma no pudo evitar salir de su indiferencia. ¿Realmente alguien podía contener en su interior un fuego tan ardiente? No pudo dejar de mirarlo.

Su vida solía ser tan aburrida, pensó Selma, sin nada particularmente interesante que destacar… por ello es que la contemplación de aquel muchacho le dio la impresión de estar sumergiéndose en otra dimensión.

Cuando la banda del muchacho terminó de tocar, Selma siguió al vocalista con la mirada mientras él abandonaba el escenario. Aquel joven era el típico estereotipo del metalero: casaca con púas, uñas pintadas de negro, anillos de calaveras en los dedos y piercings repartidos por toda su cara. Algo que llamó particularmente la atención de la joven fue el tatuaje que el hombre llevaba en el cuello. Se trataba de un lobo devorando a una oveja. “Qué gusto tan terrible”, Selma se dijo.

Cuando la joven se dispuso a marcharse, alguien la interceptó antes de llegar a las escaleras que daban a la salida. Se trataba del joven vocalista.

–Pude notar como me mirabas, linda –le dijo él.

–No te sientas tan especial, simplemente me llamó la atención lo mucho que un hombre puede llegar a gritar sin quedarse sin voz –Selma no se sentía con ánimos de soportar el flirteo de aquel desconocido.

–Eso no es nada, te sorprendería lo mucho que soy capaz de gritar. Aunque en este momento no estoy aquí para gritar. Verás, eres una chica muy hermosa, así que no puedes culparme por no haberte quitado el ojo desde que te vi llegar. Además, tu mirada, capté que era, ¿Cómo decirlo? Estás hastiada de tu actual estilo de vida, ¿no es verdad?

–¿Perdón? –Selma lo miró con los ojos muy abiertos–. Es de muy mal gusto opinar sobre la vida privada de los demás, ¿no te lo han dicho nunca?

–Lo sé, lo sé… crees que no me incumbe lo que hagas o dejes de hacer con tu vida. Pero la verdad es que sí me incumbe. ¿Quieres conocer lo que es vivir de verdad? ¡Yo puedo demostrártelo! Allá arriba en la calle está mi moto. ¿Te atreverías a recorrer la ciudad a la velocidad de la luz?

–No te conozco, ¿por qué tendría que subirme a tu tonta moto?

–Porque sin riesgos la vida es muy aburrida.

En verdad Selma estaba harta de su cotidiano día a día. Todo era siempre lo mismo: la universidad, las salidas con los amigos en donde lo único que hacían era emborracharse y flirtear, su enorme casa siempre tan silenciosa por la prácticamente permanente ausencia de sus ocupados padres…

Había bebido un poco durante su estancia en el pub, pero no lo suficiente como para considerársele borracha. Si al final ella aceptó la propuesta del chico metalero no fue porque estuviese bebida, sino porque tras sus seductoras palabras ella se encontró con unos ojos para nada comunes. Eran grises y grandes, aunque eso era lo de menos. Había un brillo especial en ellos, ¡fuego! Selma siempre había querido probar un poco de aquello.

Ya en la carretera ella vio pasar su vida entera por delante en más de una ocasión. Aquel muchacho era un desquiciado manejando. En un principio se arrepintió de haberse subido a la moto, pues realmente creyó que en cualquier momento se estrellarían y morirían. Sin embargo, rato después Selma saboreó un dulce elixir, una gran descarga de adrenalina pura, algo que jamás antes había sentido. “Conque esto es vivir”.

Un alarido la devolvió al presente. Selma miró hacia adelante. ¿Dónde estaba Alejandra? En el sendero que conducía a la carretera vio a Alberto (el enamorado de Alejandra), a Lia y a Leo, pero no encontró ni rastro de Alejandra.

“¡Aaah!”, otra vez el alarido hizo eco en el bosque. Los chicos se acercaron a un agujero en medio de la alfombra de hojarascas que tapizaban el sendero. Allí abajo yacía Alejandra toda magullada, pero por encima de eso completamente aterrada.

–Mañana iré con Selma a la carretera en busca de ayuda. Ahora ya está muy oscuro como para salir –Leo dijo. Los chicos se encontraban en la alcoba matrimonial de la casa de campo de Pedro, ubicada en el segundo piso.

–¡Fue tu culpa! ¡Tú nos condujiste por ese camino! ¡Sabías que allí estaría esa maldita trampa! –Alejandra lo acusó.

–¡Por dios, Alejandra! Era un sendero repleto de hojas secas, ¿Cómo alguien podría saber que allí había una trampa? –Selma salió en defensa de Leo.

–Él lo preparó de antemano, quería matarme, me escogió como la siguiente, estoy segura de que…

–¡Basta, Alejandra! –Alberto intervino–. Esto no nos conduce a nada. Lo único que ahora importa es que estás bien.

–¿Bien? ¡Me he torcido el maldito tobillo! ¡¿A eso le llamas estar bien?! ¡Mierda!

–Desde que partimos todo comenzó a salirnos mal. Primero casi chocamos a la salida de la ciudad. Luego, ya en el bosque nos salió al encuentro ese horrible perro al que casi atropellamos. Tenía los ojos rojos, ustedes también lo vieron. ¡Lo hubiéramos atropellado al maldito! Seguro que si lo matábamos ahora todos estaríamos vivos, nuestros celulares no habrían desaparecido de la noche a la mañana, y el tanque de la gasolina de la combi no estaría vaciado… ¡y por supuesto no habríamos visto jamás esos círculos satánicos!

–Tranquilízate, Lia, por favor –Leo se le acercó y la abrazó. Pudo sentir como el cuerpo de Lia temblaba de forma incontrolable. Ella comenzó a sollozar.

“¿Por qué tuvo que mencionarlos?”, Selma sintió una repentina corriente de escalofríos. Y es que gracias a lo dicho por Lia, ella no pudo evitar el acordarse de los odiosos círculos satánicos. El primero lo vieron cuando encontraron el cadáver desnudo de Angie. Fue al segundo día de su llegada. El espantado grito de Lia fue el que había alertado a todos los demás de que algo iba mal. Recién empezaba a amanecer cuando la joven salió rumbo al lago para darse un chapuzón, pero ni bien abandonó la casa sus intenciones se vieron frustradas de golpe, pues se topó de lleno con la macabra escena. En el espacio de tierra y graba situado delante de la fachada de la casa, con un carbón alguien había trazado un círculo con un pentagrama en su interior. En cada punta del pentagrama habían velas negras, ya apagadas y muy consumidas. Y en el centro de toda aquella puesta en escena de pesadilla se encontraba el cadáver de su amiga, desnudo y degollado. Después de eso los chicos se dieron con la sorpresa de que todos sus celulares habían desaparecido y de que el tanque de la gasolina de la combi en la que habían viajado estaba vacío.

Ninguno de los chicos podía creer lo que estaba sucediendo. Era una escena demasiado brutal como para poder ser asimilada al primer intento, todo lo opuesto a la diversión de la noche anterior. Todos recordaban la noche anterior, cuando habían realizado una parrillada frente al lago y bajo la luz de la luna. Durante la fiesta nocturna ellos bebieron y comieron y se emborracharon. También se dieron chapuzones en el lago, pues incluso de noche el calor era insoportable. Selma recordó a Alejandra besándose con Alberto detrás de un árbol. Ella misma se besó con su propio enamorado. Y es que la velada era propicia para dar rienda suelta al amor. Por eso es que ninguno de los jóvenes era capaz de comprender como es que después de una noche tan feliz ahora el destino venía a sorprenderlos con tan macabro golpe de realidad.

El segundo círculo apareció la mañana que siguió al hallazgo del cadáver de Angie. Todos los chicos se levantaron y bajaron a desayunar. Discutieron sobre sus opciones. La única que se les ocurría era la de ir hasta la carretera principal a pedir ayuda. El problema es que la consabida carretera quedaba muy lejos, y que entre esta y la casa tenían de por medio al silencioso bosque. Al final no se les ocurrió ninguna otra alternativa, de modo que se pusieron en marcha. A medio trayecto el cansancio les hizo detenerse. Fue allí cuando se percataron de la ausencia de Martín. Lo buscaron sin descanso por horas. Terminaron encontrándolo bajo el tronco de un árbol en el que con una navaja alguien había dibujado un círculo con un pentagrama adentro. Martín había sido apuñalado por la espalda numerosas veces. Una vez descubrieron el nuevo crimen, los chicos se dejaron dominar por el pánico. ¿Qué hacer ahora? ¿Qué hacer? Un psicópata satánico los asechaba, los había escogido como los sacrificios para sus detestables rituales. ¿Por qué tuvieron que cruzarse con aquel enfermo? ¿Cómo era posible que un tipo así los haya estado esperando precisamente en la casa de campo de Pedro, un lugar tan apartado y tranquilo?

Esa noche los muchachos tuvieron una fuerte discusión. Alejandra acusaba a Pedro de ser el responsable de todo. Le gritó que él los había invitado a su casa de campo para ofrecerlos en sacrificio al diablo. Selma salió en defensa de su enamorado, y al final casi terminó yéndose a las manos con Alejandra. Leo tuvo que intervenir para calmar los ánimos. Al final lo consiguió, pero de todas formas algo sofocante quedó flotando en el ambiente, todos pudieron notarlo. La desconfianza que nació entre los chicos era como una espesa y viscosa aura que incluso podía palparse. Pedro no pudo soportarlo más y anunció que dormiría en su habitación, en tanto que los demás podían quedarse allí, en la alcoba matrimonial de sus padres. Leo intentó hacerlo entrar en razón, trató de hacerle entender que separarse bajo aquellas circunstancias era el peor error que podían cometer, pero todo fue inútil. Selma por su parte no quiso dejar solo a su pareja, de modo que decidió acompañarlo. Así, ambos se separaron del resto.

Era cerca de la una de la mañana cuando el grito de Selma alertó a los demás. Leo y Alberto, quienes a esa hora se encontraban montando guardia, fueron corriendo a la habitación de Pedro. Sobre la cama encontraron su cadáver en medio de un charco de sangre. Y en un rincón estaba Selma, abrazada a sus rodillas y temblando de pies a cabeza. Más allá, la ventana que daba al bosque se encontraba abierta de par en par, en tanto la brisa proveniente desde el lago agitaba sus delgadas cortinas.

–¡¿Qué pasó?! –Leo corrió hasta Selma y le tomó los hombros.

–¡Santo cielo! –Alejandra se llevó la mano a la boca. Ella y Lia acababan de llegar a la habitación. Lia al ver lo sucedido se persignó innumerables veces. Y es que en medio del pecho de Pedro alguien había trazado con un cuchillo el consabido círculo con el pentagrama en su interior.

Todos bajaron a la cocina. Allí Leo le preparó un té a Selma. Ella se hallaba en estado de shock.

A la mañana siguiente Selma recién fue capaz de hablar. Con un hilillo de voz, la joven les contó a los demás lo que había sucedido en la habitación.

Ella dormía junto a Pedro, cuando un ruido extraño, como de un suave raspar, la despertó. En un comienzo Selma creyó que seguía soñando, que el sueño se había transformado en pesadilla. Pero era la realidad, la sangrienta y sádica realidad. Una sombra se encontraba hundiendo su cuchillo en el pecho de Pedro. Con horror ella descubrió que los ojos de su enamorado habían perdido todo brillo. “Está muerto”, las palabras hicieron eco en su cabeza. Entonces Selma gritó, en tanto se apartaba horrorizada de la cama. La sombra entonces dejó de hacer lo que estaba haciendo y se fijó en la joven. Comenzó a acercársele amenazante. Selma estaba segura de que moriría en ese momento. Pero entonces se oyó la puerta de la otra habitación abrirse, y los pasos de sus amigos corriendo hacia allí. La sombra dudó, giró la cabeza en ambas direcciones, y acto seguido corrió hasta la ventana y saltó. Selma lo vio aterrizar en el árbol más cercano a la ventana, y luego descender rápidamente por este cual un simio demoniaco. En ese momento ella se encontraba tan alterada y agitada que pensó que en cualquier momento el corazón se le saldría por la boca.

Continua...


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