Capítulo 13: El Torneo Dragón de Pelea (1era parte)
La Plaza del Dragón en el centro de Keinj era enorme y bulliciosa. Cientos de comerciantes ambulantes habían instalado sus puestos en la plaza, los cuales estaban dispuestos de tal forma que prácticamente constituían calles hechas de toldos y casuchas de madera. No siempre había una algarabía tan grande en esta parte de la ciudad. La ocasión era especial, pues en pocos días dentro del palacio imperial de Yk, específicamente en el majestuoso coliseo Korou, se celebraría un evento que solo se daba cada cuatro años. Este evento se trataba del mayor torneo en el mundo de lucha entre usuarios del halo: el Torneo Dragón de Pelea.
…miles de personas de todas partes del país llegan para presenciar tan espectacular evento. Incluso gente del exterior viene tanto a presenciarlo como para inscribirse. Generalmente en el torneo se llegan a inscribir más de quinientos peleadores. Ellos solo buscan satisfacer su orgullo como guerreros, pues, aunque suene increíble, el único premio consiste en una estatuilla de madera de un dragón. Materialmente este premio no vale nada, pero para un luchador dicha estatuilla constituye la única prueba tangible de la máxima gloria alcanzada…
–…y en eso consiste el Torneo Dragón –finalizó su explicación el general Winston. Tanto él como su aprendiz se encontraban caminando en medio de la Plaza del Dragón.
–Ya veo. Lo entiendo perfectamente. Soy hijo del cazador más temido de los bosques, así que sé lo que se siente querer estar en lo más alto –comentó Rudy.
–No, no lo entiendes. ¿Acaso no escuchaste la parte en la que mencioné que el general Ryan Payne ganó el torneo pasado y que ahora buscará defender su título?
–Mmm, me suena ese nombre. ¿De dónde lo recuerdo?
–Es el nombre de quien te dejó inconsciente durante la inauguración de las clases en la Academia de Centinelas –intervino una voz. Rudy y Winston voltearon sorprendidos para ver de quien se trataba. Rudy se puso muy feliz al reconocer al que había dicho esas palabras.
–¡Bill! –él exclamó mientras abrazaba efusivamente a su amigo.
–En verdad no puedo creer que vayas a participar en el torneo, Rudy –dijo Bill–. Yo también participaré. He tenido un entrenamiento muy duro después de que acabé mi primera misión. Desde pequeño mi sueño siempre fue ganar este torneo. No te imaginas lo que es ganarlo. Todos en el país, incluso en el extranjero, te respetan y te admiran: ¡Es como si fueras un dios!
–Pues suerte en el torneo, Bill. Solo espero que no nos toque enfrentarnos antes de la final.
–¡¿No me oíste?! ¡El general Payne participará! –exclamó Winston.
–Sí, sí. Ya recordé a ese bastardo. Lo haré pagar por haberme humillado aquella vez –amenazó Rudy.
–Con que aquí estabas, Bee Ling. ¿No te he dicho que no te separes de mí? Debemos apresurarnos antes de que cierren la oficina de inscripciones al torneo –una adolescente de dos moños redondos y que vestía un vestido rosa de combatiente femenina de Yk hizo su aparición. Sus ojos eran rasgados, una peculiaridad que compartían la mayoría de los habitantes del país.
–Oh, espérame solo un segundo Yong, lo que ocurre es que me he encontrado con un viejo amigo –respondió Bill.
–¡¿Así que te llamas Bee Ling?! –exclamó Rudy–. ¡Me engañaste todo este tiempo!
–No, por supuesto que no lo hice. Es solo que en Yk existe la costumbre de que quienes se mudan del país deben usar otro nombre, pues, según la tradición, el nombre que nos pusieron en esta tierra solo es para quienes permanecen en esta tierra.
–Ay, Bill, tú siempre con tus tontas tradiciones –bromeó Rudy.
–¡¿Qué has dicho, imbécil?! –rabió la compañera de Bill–. ¡¿Te atreves a ofender a mi país en mi delante?! ¡Esa ofensa tan grave no te la perdonaré!
–¡Espera, Yong! Lo que pasa es que mi amigo siempre habla sin pensar, él no lo dijo con la intención de ofendernos –la calmó Bill.
Tras el altercado, Rudy y el general Winston se presentaron con Yong y viceversa. Allí Rudy se enteró de que Yong era la prima hermana de su amigo. Por su parte, Bill quedó muy impresionado cuando se enteró de que un general se había encargado en persona de entrenar a Rudy.
–¡Apúrense que la cola para las inscripciones es larga! –señaló Yong mientras se adelantaba a sus acompañantes rumbo a la oficina de inscripciones. Rudy y Bill la siguieron mientras charlaban.
–¡¿En verdad derrotaste al líder del bajo mundo?! ¡No lo puedo creer! –exclamó Bill.
–Je, por supuesto que lo hice. ¿Verdad que soy sorprendente? (aunque la verdad es que ni recuerdo como lo hice) –se auto-alabó Rudy. De forma repentina, unos silbidos y reclamos se hicieron oír en el lugar.
–¿Qué es lo que pasa? –preguntó Rudy de forma despreocupada.
–¡Deja de hablar tantas estupideces e inscríbete de una vez, que la gente no está con ganas de esperar tu santa paciencia! –Yong le increpó.
–Oh, ¿que ya llegó mi turno? –rio Rudy. Ni bien acabó de inscribirse la gente lo sacó a empujones de la fila.
–¡Suéltenme! ¡Acabaré con todos ustedes, desgraciados! –bramó Rudy mientras su amigo y Yong se lo llevaban a rastras del lugar.
–No te precipites, que ya tendrás oportunidad de enfrentarlos en el torneo –intervino el general Winston. Rudy ya se estaba calmando, cuando una familiar voz volvió a encender la chispa de su ira.
–Ya veo, con que este chiquillo majadero era el causante de todo el jaleo en la oficina de inscripciones. La verdad que no me sorprende…
–¡Tú, ¿quién demonios te crees para hablarme así…?!
–¡Cálmate, Rudy, ¿no te das cuenta de quién es?! –lo detuvo Bill cuando su amigo ya se iba a las manos.
–Colega Ryan –saludó el general Winston al recién llegado.
–Winston –Ryan le devolvió el saludo con su característico tono glacial–. Veo que por fin has aceptado mi reto de enfrentarnos en combate. Entonces nos vemos en la final del torneo.
–Lamento decepcionarte, pero yo no me he inscrito en el torneo –respondió amablemente el viejo Winston–. Si estoy aquí es porque he venido a acompañar a mi alumno. Verás, quiero ver que tan fuerte se ha vuelto tras su entrenamiento, así que por eso es que decidí inscribirlo en el torneo.
–¿Fue por eso? Yo pensaba que lo hiciste para castigarme por la vez que me encontraste en esa casa de cita… ¡Ay, ¿pero porque me pisas?! –Rudy se quejó con su maestro.
–Lastima, pensé que este año el torneo sería interesante, pero veo que estará tan aburrido como el último –se lamentó Ryan–. Bueno, qué más da. Nos vemos en el torneo. Y puedes estar tranquilo, aprendiz de pacotilla, que si me toca enfrentarte no seré muy duro contigo.
Tras estas palabras, el general Payne se alejó, dejando tras de sí un aire de magnificencia.
–El general Payne es tan genial –suspiró Yong.
–Se ve que es muy fuerte –tragó saliva Bill–. Solo espero que no me toque enfrentarlo al inicio del evento.
–Tan orgulloso como siempre, Ryan. ¿Cuándo cambiarás? –Winston movió la cabeza en gesto de desaprobación.
–¡Te acabaré maldito! ¡Ruega porque no te toque enfrentarme! –Rudy lo amenazó a la distancia. Bill y su prima de inmediato se apresuraron en taparle la boca y en impedir que vaya tras el general Payne.
Luego del nada amigable encuentro con el general Payne, Rudy y el resto fueron conducidos por Bill al lugar en el que él se estaba alojando.
–¡¿Estas en el cuartel de los centinelas?! ¿Y tu casa? ¿No se supone que eres de acá? –Rudy bombardeó de preguntas a su amigo.
–Soy de provincia –explicó Bill–. Además, aquí también se encuentra mi equipo de la misión. Resulta que tras acabar con nuestra misión ninguno de ellos tenía nada que hacer, así que decidieron acompañarme al torneo para darme ánimos.
Al entrar al cuartel, una mujer de larga cabellera negra les dio la bienvenida. –Soy la capitana centinela en esta jurisdicción. Mi nombre es Xiu –ella se presentó.
–¿Ella fue la capitana de tu misión? –preguntó Rudy.
–Oh, no –respondió Bill–. Xiu es la capitana de este cuartel. Quien nos dirigió en la misión fue el capitán Charlie. Él nos dio este tiempo libre mientras resolvía unos asuntos en Jux, el país en donde tuvimos nuestra primera misión.
Detrás de la capitana hicieron su aparición los compañeros de equipo de Bill: Susan y Tony.
–¡Hola, cuatro ojos! –Rudy saludó a Tony.
–Dame razones para no matarlo – murmuró Tony a su compañera.
–Él es así de infantil, no vale la pena –contestó Susan con una sonrisa burlesca.
–¡Chica pirata, es un gusto volverte a ver! –esta vez Rudy saludó a Susan.
–Lo voy a descuartizar –Susan gruñó entre dientes. Tony se echó a reír por la ocurrencia, pero una mirada fulminante de su compañera le hizo recuperar la seriedad.
Rato después, tras las presentaciones de los que se conocían por primera vez, todos se encontraban reunidos en un salón del cuartel charlando de lo más relajados.
–Así que el marionetista de aquella vez resultó ser Capricornio, el jefe del bajo mundo… ¿y dices que tú lo derrotaste? –repitió Susan para tratar de convencerse de lo que oía–. Wow, te juro que hasta ahora no puedo digerirlo.
–Yo tampoco lo creí, pero el general Winston ha corroborado la historia –comentó Bill.
–¡¿Están insinuando que si no fuera por el viejo no me hubieran creído?! –Rudy les reclamó a sus compañeros.
–Es obvio que no –contestó Tony con tranquilidad mientras se acomodaba los lentes.
Esa noche los centinelas salieron a conocer la ciudad. Al día siguiente sería la inauguración del torneo, así que todos estuvieron de acuerdo en que distraerse era la mejor opción para alejar el estrés.
Las calles de Keinj bajo el estrellado cielo nocturno lucían muy hermosas y misteriosas, eso debido principalmente a las antorchas de papel que colgaban de los establecimientos y edificios. Dichas antorchas tenían las más diversas formas, como por ejemplo de barcos, de aves, de dragones bigotudos.
–¿A dónde iremos? –preguntó Rudy muy emocionado.
–Los llevaré a que conozcan el parque Zhen Yun –indicó la capitana Xiu. En ese momento ella llevaba la ropa tradicional del lugar: una especie de bata floreada y multicolor ajustada a la cintura por una cinta.
–Es el parque más grande del mundo –afirmó Yong con orgullo–. Y también el más hermoso.
El parque Zhen Yun se encontraba a unas cuantas cuadras del palacio imperial. Cuando los muchachos llegaron se quedaron boquiabiertos. Incluso el general Winston, quien ya había visitado la ciudad en el pasado y había llegado a conocer el parque, no dejó de expresar su asombro.
El mencionado parque consistía en un enorme lago sobre cuyas aguas flotaban varios islotes llenos de árboles y flores exóticas. Algunas de las islas contaban con cafeterías y monumentos, todos construidos al estilo tradicional del país, y todas ellas estaban unidas entre sí por hermosos puentes de madera. Numerosas antorchas iluminaban el recinto a esas horas de la noche.
–Increíble –comentó Tony mientras se acomodaba los lentes–. Es lo más bello que he visto en mi vida.
Los centinelas se acomodaron en una de las mesas exteriores de una cafetería. Charlaron durante un buen rato. Se hizo medianoche y, sin embargo, la mayoría de gente aún permanecía en el parque.
–En unos instantes va a haber un evento que solo se da una vez al año –contestó Xiu luego de que Rudy le preguntó sobre porqué había tanta gente en el parque a pesar de que ya era tan tarde.
–Se llama “La flor de loto que cumple los más profundos anhelos a la medianoche” –señaló Yong.
Xiu guio a sus compañeros hacia la orilla de la isla. Allí un hombre vestido de monje les entregó las mencionadas flores de loto, y luego se alejó mientras alegremente seguía repartiendo las bellas flores a los demás presentes.
–Ahora cada uno debe pegar la flor a su pecho y pedir su deseo –explicó Xiu–. Luego se acercan a la orilla y la sueltan.
–¿Y en verdad cumple los deseos? –preguntó Susan un tanto incrédula.
–Claro que sí –intervino Bill–. Antes de irme a probar suerte a la Academia de Centinelas, vine aquí con mis padres y pedí como deseo el poder convertirme en un honorable centinela. Mírame ahora: mi deseo se cumplió.
–Bee Ling tiene razón –indicó Yong–. Las flores de los deseos son infalibles.
Con entusiasmo los muchachos apretaron las flores contra su pecho y luego las soltaron en el lago. Como pequeñas embarcaciones a la deriva, las flores de loto fueron guiadas por el suave viento, que poco a poco las fue alejando de la orilla.
–Wow, en verdad lo hizo, general –señaló Tony cuando vio que el viejo Winston dejó su flor en la orilla–. Pensé que con su experiencia y madurez usted no creería en estas charlatanerías.
–Madurar no significa ser un amargado, Tony –respondió Winston con amabilidad.
–Tiene razón, señor. ¡Perdón por mi desatinado comentario anterior!
–Que perdedor –murmuró Rudy mientras seguía con la mirada a su flor de loto.
–¡¿Qué has dicho, estúpido?! –le recriminó Tony.
–¿Saben? Creo que nunca se es demasiado viejo como para dejar de creer en los milagros –comentó Rudy sin prestarle mayor atención a su furibundo compañero.
–Sabías palabras, Rudy –opinó el general Winston–. Y yo que creí que solo eras un vulgar pervertido.
–¡No me fastidies con eso, viejo decrépito! –le reclamó Rudy–. ¡Ya te dije que lo de esa vez fue un simple mal entendido!
–¿Me parece o al general le entretiene estar sacando de sus casillas a Rudy? –le murmuró Susan a Tony.
–En un principio creí que eran ideas mías, pero ahora te doy la razón –contestó Tony en voz baja.
El sol estaba en lo más alto del cielo. Ya era más de mediodía y la ceremonia de inauguración del torneo estaba por culminar. Rudy y los demás se encontraban observando todos los acontecimientos desde la parte alta de las graderías del coliseo Korou. Tras varias presentaciones de malabaristas, bandas musicales y tradicionales danzas, el mismísimo emperador de Yk se acercó al balcón del palco reservado para la realeza y explicó las reglas del evento.
En resumen, lo que explicó el emperador fue que ese año se habían inscrito un aproximado de 800 participantes, de modo que se les dividiría en ocho grupos de 100 peleadores aproximadamente. Cada grupo tendría una batalla royal (todos contra todos) en la plataforma del coliseo, de la cual saldría un único ganador. En esta batalla quedaba eliminado quién caiga fuera de la plataforma o quien termine noqueado o muerto. Al final, el único guerrero que quede de pie en el escenario sería el ganador. Las siguientes rondas ya serían de eliminación: batallas de uno contra uno y el que gane avanzaría a la siguiente etapa.
Tras la explicación, el emperador declaró inaugurado el evento y luego se fue del palco acompañado por su familia, la emperatriz y la joven princesa, y su guardia personal. En ese momento la algarabía y el bullicio en el coloso eran ensordecedores.
–Así que mañana peleará el primer grupo –comentó Bill a sus compañeros mientras salían del coliseo–. Ojalá no me toque el número uno.
–A mí no me importa en qué grupo me toque, estoy segura de que ganaré –aseguró Yong.
–Un grupo por día… mmm… espero que me toque en el grupo ocho para poder descansar esta semana –dijo Rudy.
–Oigan, ustedes tres –intervino Susan–. ¿En vez de pensar en esas tonterías no deberían estar más preocupados porque no les toque en el grupo del general Payne?
–¡Es cierto! –chilló Bill–. Si nos toca con él no importa que tanto nos esforcemos, será nuestro fin.
Otra vez los muchachos se dirigieron a formar su cola en la oficina de inscripciones, solo que esta vez era con la finalidad de recibir el número del grupo en el cual les tocaría pelear.
–¿Han oído los rumores? –preguntó Bill a sus compañeros–. Dicen que a Payne le ha tocado el primer grupo. Menos mal que a mí me tocó el número tres.
–¿Cómo estas tan seguro de eso? Solo son rumores –apuntó Tony.
–Puedes estar tranquilo, Bee Ling –intervino Yong–. Acabo de ver la lista de los grupos, y en efecto el general Ryan está en el grupo uno.
–Maldito Tony, no me hagas asustar de esa manera.
–A mí me tocó el grupo cinco. Supongo que estoy de suerte –señaló Yong.
–¿Y a ti, Rudy? ¿Qué grupo te ha tocado? –preguntó el general Winston con preocupación.
–El grupo ocho –respondió Rudy–. Ah, es el destino el que quiere que enfrente a ese creído en un combate de uno contra uno. ¡Genial, así no tendrá excusas cuando pierda!
La noche se cernió sobre la ciudad. Al día siguiente sería la primera ronda y los muchachos estaban muy ansiosos por ya ver el espectáculo, al igual que las miles de personas que habían acudido al evento. Sin embargo, el ambiente de fiesta que contagiaba el torneo no era compartido por todos, pues había personas para las cuales el deber era más importante, como por ejemplo el general Payne.
–Ya es muy tarde. Incluso los bares lucen vacíos a estas horas de la noche –comentó Winston–. ¿No deberías estar descansando para mañana, Ryan? Podrías haberme citado en otro momento…
–Sabes que no estoy aquí para jugar –le replicó Ryan un tanto fastidiado. Ambos se encontraban sentados sobre la banca de una pequeña plaza de la ciudad, la que a esas horas lucía desértica y pálida bajo la luz de la luna llena.
–Pues no me pareció eso cuando dijiste que el torneo sería tan aburrido como el de la vez pasada –contestó Winston en tono burlesco.
–Lo dije para guardar las apariencias frente a los mocosos –explicó Ryan de mala gana–. Sabes que esta misión es de máximo secreto e importancia. Tanto así que hasta me vi obligado a pedir tu ayuda…
–¿Siguen las desapariciones de usuarios del halo? –le preguntó Winston con total seriedad.
–Hace cinco años oí por primera vez los rumores de estas desapariciones en Yk. Por eso me inscribí en el torneo pasado, para poder vigilar más de cerca a la mayor cantidad de usuarios del halo posible… pero a pesar de todo mi empeño muchos desaparecieron sin que yo pudiera hacer algo. Esta vez voy a redoblar mis esfuerzos, aunque desde ya intuyo que no será suficiente, así que por eso te pido que te mantengas vigilante. No sé quién estará detrás de todo esto, pero para haber burlado mi vigilancia se debe tratar de alguien de mucho cuidado.
–No te preocupes, me mantendré alerta.
–Te lo encargo. Oh, y una cosa más. Por favor, cuida de la capitana Xiu, pues ya van como diez capitanes que han desaparecido a lo largo de estos cinco años en Yk. Si la situación sigue así, definitivamente este país se terminará quedando sin un solo centinela.
–La protegeré con mi vida, te lo prometo.
–¡Buenos días, damas y caballeros! –saludó el animador del torneo a todo pulmón desde el centro de la plataforma del coliseo Korou. Para hacer oír su voz por todo el coloso él utilizaba un extraño collar lleno de engranajes y del que por pequeños tubos de escape salía vapor de forma intermitente. El artefacto era uno de los revolucionarios inventos de la cada vez más consolidada era industrial.
Los gritos y algarabía de la gente en esa mañana eran algo fuera de serie.
–¡¿Están listos para la acción?! –el mencionado animador, un treintañero de negra cabellera ondulada y gran quijada, interrogó al público. Los espectadores respondieron con cánticos y gritos de ánimo que hicieron retumbar el coloso.
–¡Entonces no se diga más! ¡Ahora mismo hacen su entrada a la plataforma de combate los 102 peleadores del primer grupo! –exclamó el presentador mientras corría para salir del campo de batalla. Los más de cien luchadores entraron en fila desde una de las puertas del coliseo y se acomodaron al borde de la plataforma, que era de forma circular. Una vez que el animador y a la vez referí del combate tomó posición a una prudente distancia del círculo y vio que ya todos estaban dentro, de inmediato ordenó el inicio de la batalla con el grito de “¡Peleeeaaa!!”.
Todos los combatientes materializaron sus poderes finales y se abalanzaron hacia el centro de la plataforma. El choque de armas y el intercambio de golpes pusieron como locos a la gente de las tribunas, quienes no paraban de lanzar ánimos hacia sus favoritos.
De repente, diez luchadores volaron por los aires y cayeron fuera de la plataforma. Al instante, otro número similar de luchadores tuvieron la misma suerte. “¿Qué está pasando? ¿Quién es el responsable de esta paliza? ¿Será…?”, eran algunos de los comentarios que se oían por todas las graderías.
–¡¡Increíble, el combatiente Ryan Payne está acabando con todo aquel que tiene a su alcance!! –exclamó el animador extasiado. Los silbidos y abucheos no se hicieron esperar por parte del público.
–Se ve que mi colega no es muy querido aquí –comentó Winston–. Aunque es comprensible, tomando en cuenta que aparte de ser un extranjero que patea los traseros de los locales Ryan no es muy carismático que digamos…
–Bueno, pero a pesar de ser así de repudiado es favorito en las apuestas –indicó Susan.
–¿Le has apostado a ese atorrante? –Rudy frunció el ceño.
–Un buen apostador siempre escoge a ganador –respondió Susan.
–Así es ella, todo lo que le importa es el dinero –comentó Bill.
–¡BUUUU! –pifió Rudy a todo pulmón–. ¡Que pierda ese general arrogante…!
–¡Cállate, Rudy! –replicó Yong–. No seas envidioso solo porque el general Payne es mucho más guapo y genial que tú.
–¡¿Qué has dicho?! –gruñó Rudy–. Te haré tragarte tus palabras cuando lo venza en la final.
De pronto todos en el coliseo quedaron mudos. En la plataforma sólo quedaban dos peleadores: el general Payne y un grandulón cuyo poder final era una enorme hacha. La materialización del poder final del general Ryan no era tan imponente ni amenazadora como la de su rival. De hecho, su arma solo se trataba de una espada de lo más corriente y que hasta el momento no había mostrado ninguna técnica especial. Pero el que temblaba en ese momento no era Ryan. El grandulón era quien se moría de miedo.
–Ese Payne siempre tan confiado –comentó el general Winston–. Y pensar que hasta ahora ha utilizado su poder final como si se tratara de una simple y ordinaria espada. Es razonable, pues ninguno de los rivales que le ha tocado representa una amenaza suficiente como para obligarlo a usar la técnica de su Espada Ofidia.
Todo el mundo animaba al grandulón, cuyos ojos rasgados delataban que era un local. El hombre del hacha, fortalecido por el apoyo de las graderías, se envalentonó y con un potente grito de batalla se abalanzó sobre su oponente. Sin embargo, Payne no se sobresaltó, y por el contrario midió a su rival con la vista. Un hachazo pasó frente al rostro de Ryan, pero él lo esquivó con facilidad. El gigante quedó expuesto tras su fallido ataque. Allí el general vio su oportunidad, de modo que sin tiempo que perder le propinó un soberano golpe con la empuñadura de su espada. Dicho golpe lo mandó a volar, ya completamente noqueado, hacia afuera de la plataforma.
–¡Ryan Payne es el ganador de esta batalla! –exclamó el animador–. ¡Se ve que el actual campeón no cederá su título tan fácilmente!!
Los abucheos se hicieron más fuertes que antes y no pararon incluso después de que el general Payne abandonó el escenario. Por fin, bajo el anaranjado cielo del atardecer, la gente comenzó a abandonar el coliseo. La primera jornada había culminado, más esto recién era el inicio de la más grande competencia del mundo entre usuarios del halo.
Los días se pasaron volando y en un abrir y cerrar de ojos llegó el turno del último grupo.
–Espero que no pierdas, Rudy –lo animó su amigo Bill.
–Por gusto le das esperanzas –Yong negó con la cabeza. Ella y los muchachos, junto con la capitana Xiu y el general Winston, se encontraban en ese momento caminando en medio de un mar de gente rumbo al coliseo Korou.
–No lo desanimes así, Yong –la regañó con suavidad la capitana Xiu–. No importa que tan mal se vean las cosas para Rudy, estoy segura que él se esforzará al máximo.
–Hubiera preferido que dijeras que yo iba a ganar, capitana –murmuró Rudy.
–La capitana te quiere dar ánimos, no ilusiones –se burló Tony tras acomodarse los lentes. Yong y Bill no pudieron evitar soltar unas carcajadas por este comentario.
–¡Ustedes dos no tienen derecho a burlarse de mí! –replicó Rudy–. Pues por si ya lo han olvidado, les recuerdo que ninguno de ustedes logró durar más de un minuto en la plataforma.
–¡Atorrante… no tenías que recordárnoslo! –gruñó Yong.
–¡JE JE JE! –se acercó a los muchachos una contenta Susan. Ella venía con una bolsa llena de monedas, pues acababa de cobrar el premio por sus apuestas de las anteriores jornadas.
–Gané más de 10 mil escudos con mis apuestas, ¿no es genial? –ella dijo sonriente.
–No es tanto que digamos –comentó Tony.
–Eso es porque ella siempre apostó al favorito –explicó Bill con tristeza–. ¡Qué cruel eres, Susan! ¡No le tuviste fe a tu propio amigo!!
–Con que favorito, ¿eh? –intervino Rudy–. Eso quiere decir que ahora apostarás por mí, ¿verdad?
–Ni loca –contestó Susan–. El favorito para esta batalla, según la casa de apuestas, es Steven “El Decapitador”, un famoso mercenario de Gotia.
–Perderás tu dinero si apuestas por ese debilucho –siseó Rudy con desdén.
–¿Por qué en vez de darme consejos inútiles no me haces un favor y apuestas todo mi dinero a Steven?
–Eres cruel –bufó Rudy mientras cogía el dinero de mala gana. Luego se dirigió a paso veloz hacia la casa de apuestas.
Una vez dentro del coliseo, los centinelas se acomodaron en sus asientos y esperaron ansiosos a que dé inicio el combate.
–Espero que el torpe de mi discípulo llegue a tiempo para la pelea –comentó Winston con preocupación–. Creo que no debiste mandarlo a la casa de apuestas, Susan.
–Hola, me costó trabajo encontrarlos, muchachos. Cualquiera me hubiera hecho señas.
–¡Rudy!! –exclamaron todos al unísono–. ¡¿Qué haces acá?! ¡Tu pelea está a punto de comenzar! –le llamó la atención el general Winston.
–¡Oh, es verdad, lo había olvidado! –sonrió Rudy mientras se rascaba la cabeza. El despistado centinela ya se estaba alejando, cuando se detuvo de improviso–. Es cierto, casi lo olvidaba. Susan, no me lo agradezcas todavía, pero me tomé la molestia de apostar tu dinero a que esta pelea la ganaba el luchador Rudy, ósea yo.
–¡Ya lárgate! –exclamaron todos.
–¡Espera, ¿Qué hiciste qué?!! –bramó Susan cuando cayó en la cuenta de lo que acababa de decir Rudy–. ¡Suéltenme, lo mataré, ¿Cómo se atrevió a desperdiciar así mi dinero?!
–Cálmate, Susan –sonrió el general
Winston–. Puede que ahora no me creas, pero te aseguro que se lo agradecerás a
Rudy al final de esta batalla.
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