Capítulo 1: La deuda saldada
Nuestra historia comienza en una tranquila mañana de primavera, en la que las flores adornaban todo el sendero, y el cristalino río, que avanzaba a paso seguro a través del bosque, relajaba con su sonido a todo aquel que se detuviese a escucharlo.
Sentado frente a estas claras y melodiosas aguas se encontraba un león, grande y majestuoso, de melena sedosa y que cuando la agitaba al sol parecía estar echa de hebras de oro. De hecho, este no era un león común y corriente, se trataba de un león parlante. Su nombre era Azor.
Azor siempre gustaba de caminar en las mañanas y contemplar la naturaleza que lo rodeaba. Se regocijaba de ver cuanta vida había a su alrededor, cuanta belleza; Azor era todo un poeta. Es así que, como en muchas otras, aquella mañana él se encontraba reposando después de haber realizado su paseo rutinario.
Mientras tanto, rio arriba un pequeño barco a vapor se abría paso en medio del bosque. Dentro se encontraba una joven pareja de mercaderes junto con su pequeño hijo de menos de un año de edad.
–Nos ha ido excelente en la feria de Idlania –comentó el hombre, un tipo de pelo negro azabache y de una gran vitalidad–. ¿No lo crees, Elene?
–Tienes razón, Rudy –sonrió la mujer, una joven de pelo castaño ondulado y unos serenos ojos verdes–. Y mira, durante todo el viaje el pequeño Rudy no ha llorado ni una sola vez –agregó Elene luego de acercarse a la cuna de su hijo para contemplarlo. El pequeño en ese momento dormía plácidamente.
Rudy ya iba a contestar, cuando de pronto se oyó un ruido afuera del barco. Extrañados, la pareja salió de la cabina para averiguar qué había provocado aquel misterioso ruido, pero para su sorpresa de pronto se encontraron rodeados por un grupo de sujetos, que por su solo aspecto ya uno podía deducir que eran de la peor calaña.
–Somos los piratas del Ancla Sanguinaria –dijo un tipo de barba larga y sucia, quien parecía ser el jefe de la banda–, y para su mala suerte los hemos marcado desde que salieron de la villa de Idlania.
–La muchacha es muy bonita, jefe Barba Seca –señaló uno de los delincuentes–. Después de bastante tiempo podremos pasar un buen rato.
–¡No les permitiré poner un solo dedo sobre mi mujer! –exclamó Rudy iracundo, y al instante sacó unos cuchillos que tenía escondidos bajo sus medias.
–Acábenlo –ordenó el jefe de los piratas, e inmediatamente toda la horda de maleantes se abalanzó sobre Rudy.
Elene no se quedó tranquila a observar la desigual pelea, sino que sacó una pequeña pistola que escondía en su pierna izquierda, y apuntó al jefe de los piratas. Barba seca, al verse en peligro, trató de esconderse tras unas cajas para evitar el disparo, pero aun así una bala llegó a herirlo en el hombro.
Azor ya estaba a punto de dormirse, cuando de repente toda la paz y tranquilidad que se respiraba en el bosque se resquebrajó de golpe con el ensordecedor sonido de un disparo. Azor levantó la cabeza y aguzó el oído. En un instante reconoció que el sonido se trataba de un extraño artefacto que portaban los humanos. “Esos humanos, lo único que saben hacer es fastidiar todo a su alrededor, su presencia siempre ha traído problemas a donde sea que vayan. Probablemente se trate de esos odiosos cazadores, pero ni crean que les permitiré hacer de las suyas en mi bosque”, pensó el león parlante mientras se desperezaba y luego se dirigía a toda velocidad hacia el lugar del disparo.
Rudy era muy hábil con los cuchillos, y los secuaces de Barba Seca, a pesar de que muchos de ellos portaban armas de fuego, estaban teniendo muchos problemas para reducirlo. Por otro lado, Elene ya había herido a tres delincuentes con su pistola, sin contar al jefe.
–¡Malditos insolentes! –gritó iracundo Barba Seca mientras se agarraba su herida del hombro para tratar de parar el sangrado–. ¡No les perdonaré esto, desgraciados!
Todos los secuaces de Barba Seca entendieron el mensaje y de inmediato se colocaron detrás de su jefe. Entonces, este último cerró sus puños y se concentró por unos instantes. Elene aprovechó el momento para recargar su arma, pero para su sorpresa, cuando disparó a Barba Seca este no recibió daño alguno. Y es que de pronto todo su cuerpo se halló rodeado por una misteriosa aura de luz blanca que lo protegía de cualquier ataque.
–¡¿Qué diablos es eso?! –exclamó sorprendida Elene.
–He oído rumores sobre esa luz –comentó Rudy–. Estoy seguro de que se trata del extraño poder que utilizan los centinelas de la República… aunque, para serte sincero, nunca me imaginé que un simple delincuente sería capaz de usarlo.
–¡¿Un simple delincuente, dices?! –gruñó Barba Seca fuera de sus casillas–. ¡Nosotros somos los piratas del Ancla Sanguinaria, una de las bandas criminales más buscadas en todo el país! ¡Los haré pagar por su falta de respeto!
Barba Seca incrementó aún más el resplandor de su aura, y, entonces, unos pequeños relámpagos de luz blanca emanaron de su cuerpo y comenzaron a materializar una gran cantidad de rifles, pistolas y sables.
Encandilados por lo que veían, los secuaces de Barba Seca cogieron las armas que este iba materializando, hasta que al final no quedo ninguna sin portador. Cada vez que un maleante cogía un arma su cuerpo era rodeado por un aura idéntica a la de Barba Seca, aunque mientras más subordinados cogían las armas, el aura de Barba Seca fue perdiendo cada vez más su brillo e intensidad.
–¡Acábenlos! –ordenó Barba Seca, y al instante toda su pandilla se lanzó al ataque.
La joven pareja trató de defenderse, pero ni los puñales de Rudy ni las balas de Elene hicieron algún daño a los delincuentes. El aura que rodeaba sus cuerpos los protegía de cualquier ataque como si se tratara de un campo de fuerza. Y por si esto fuera poco, luego de que cogieron las armas materializadas, todos los secuaces de Barba Seca se hicieron mucho más agiles y fuertes.
–Ni mis disparos ni tus puñaladas les hacen algo, ¿Qué haremos ahora, querido? –preguntó Elene desesperada.
–Esa luz blanca que los cubre es un problema muy grande –se quejó Rudy–. Aunque, ahora que me doy cuenta, Barba Seca ya no tiene casi nada de esa luz rodeando su cuerpo…
–Eso quiere decir que mediante esas armas que ha creado les ha transmitido su poder a sus subordinados, quedándose él indefenso –dedujo Elene.
–¡JAJAJA! – Barba Seca soltó una grotesca risotada –me sorprende que hayan descubierto todo eso tan pronto, teniendo en cuenta que son unos simples pueblerinos comerciantes. Sin embargo, lamento decirles que no les servirá de nada, pues les será imposible llegar hasta mí; ¡mis subordinados acabarán con ustedes en unos instantes!
Estas palabras, enardecieron aún más los de por sí ya violentos espíritus de los secuaces de Barba Seca, quienes de inmediato redoblaron la intensidad de sus ataques.
Rudy recibió varias heridas de bala en el abdomen y en sus extremidades, mientras que Elene sufrió una cortada profunda en su vientre por parte de una daga. Ambos cayeron contra la baranda del barco. Su fin estaba cerca, ambos lo sabían, pero no querían rendirse, no se permitían el dejar solo y desamparado a su pequeño hijo.
Las heridas de Rudy y Elene eran muy graves, de modo que lo único que lograron con sus esfuerzos por incorporarse fue arrastrarse patéticamente por la cubierta del barco. Los secuaces de Barba Seca se acercaron con sonrisas macabras, y dispuestos a terminar el trabajo. La pareja, viéndose perdida, cerró los ojos y se cogió de las manos, ya resignados y a la espera de lo peor.
Pero para su sorpresa, en vez de recibir algún ataque, Rudy y Elene oyeron repentinos gritos e insultos. Ambos abrieron los ojos y descubrieron que Barba Seca yacía desplomado sobre un charco de sangre. El jefe de la banda había muerto, y sobre su inanimado cadáver se encontraba la figura de un majestuoso león que observaba con desprecio a los delincuentes.
“¡Maldita criatura!”, “¡¿Cómo te atreviste a matar a nuestro jefe?!”, “¡te destrozaremos, estúpido animal!”; estos fueron algunos de los sentidos gritos que lanzaron los secuaces del ya difunto Barba Seca.
–Venguen su muerte, si es que pueden –los retó Azor con voz profunda y serena, quien resultó ser el león que mató a Barba Seca, e inmediatamente saltó del barco y se alejó bosque adentro.
Los miembros del Ancla Sanguinaria, sedientos de venganza, no lo dudaron ni un segundo y a toda velocidad se adentraron en el bosque tras el león asesino. No pasó ni un instante, y en el bosque comenzaron a oírse varios gritos aterrados.
–Maldición, ¿dónde están los demás?... si tan solo pudiera librarme de una vez por todas de ese maldito león –se quejó uno de los delincuentes mientras apuntaba hacia un arbusto, sujetando su rifle con manos temblorosas, lleno de nervios y sudando frío.
De pronto, el arbusto comenzó a moverse. El asustado bandido no dudo ni un instante y disparó todas sus balas contra las inquietas hojas. Luego del último disparo, varias aves huyeron del lugar, y después todo quedó en el más absoluto silencio. El tipo se acercó al arbusto para comprobar si, efectivamente, había logrado acabar con el león.
El sujeto acercó sus manos lentamente para mover las hojas, pero apenas las tocó una aterradora batería de dientes le destrozó lo nuca. El tipo cayó muerto en un instante.
–Ese era el último –se dijo a sí mismo Azor–. Es hora de regresar con la pareja. Espero que estén bien, o de lo contrario nada de esto habrá valido la pena, pues no habré cumplido con lo que me prometí a mí mismo luego de que aquel extraño humano me salvara la vida en aquella ocasión.
Rudy y Elene se encontraban en muy mal estado, les costaba respirar y por momentos tenían la sensación de que todo a su alrededor se desvanecía.
–¿Se encuentran bien? –la pareja oyó de pronto una singular voz. Ambos hicieron un esfuerzo y lograron ver a su salvador.
–Eres un león parlante –dijo con voz débil Elene–. Jamás creí que en algún momento de mi vida podría hablar con uno.
–Te agradecemos por haber intentado salvarnos… lástima que llegaste un poco tarde –Rudy habló con voz entrecortada.
–Tú siempre tan inoportuno, Rudy –le replicó Elene.
–No me molestes, Elene –le contestó Rudy.
–No se preocupen, conozco ciertas hierbas que crecen en este bosque capaces de curar cualquier herida. En un momento se las traeré –dijo Azor.
–¡Espera! –exclamó la pareja, y luego Elene tomó la palabra–. Ya no tenemos tiempo, sabemos que este es nuestro fin, así que para poder morir en paz hay algo que debes prometernos…
–Cuida a nuestro hijo –agregó Rudy–. Es lo único que te pedimos…
–¡¿Y eso les parece poco?! –les replicó Azor, un tanto sorprendido por lo que acababa de oír.
–Se llama Rudy y se apellida Craft, igual que yo…
–Somos su única familia… por favor, te lo encargamos…
Rudy y Elene quedaron inmóviles. Azor se acercó para comprobar si seguían vivos, pero lamentablemente lo único que consiguió fue confirmar sus sospechas: la pareja de humanos ya había abandonado este mundo.
–Rayos, todo lo que hice fue en vano –se quejó Azor–. Y para colmo esos dos, no contentos con haberme molestado de mi reposo, me han encargado algo que jamás hubiera imaginado. ¿Cómo se les ocurre pedirme a mí que cuide de su hijo? ¡Están locos si piensan que voy a aceptarlo! Aunque si lo rechazo, no sé si sea capaz de soportar el cargo de conciencia… ¡Maldición, ¿Por qué seré tan blando con este tipo de cosas?!
Azor buscó por todo el barco, pero no encontró nada que se pareciera a una cría de humano. Ya estaba por irse, aunque para no sentir ningún remordimiento decidió buscar en la cabina. “Daré un vistazo, y si no lo encuentro, que es lo que espero, no será mi culpa el no haber podido cumplir con la última voluntad de esos humanos”, caviló Azor.
Una vez dentro de la cabina, Azor comenzó a vociferar el nombre que el humano le había dicho que tenía su hijo.
–¡Rudy, ¿Dónde estás, Rudy Craft?! –exclamaba, pero en ningún momento obtuvo respuesta–. Qué extraño, ¿acaso será mudo la cría de estos humanos? Bueno, no importa, yo ya cumplí con buscarlo, así que, dado que no está por ninguna parte, me iré en paz de este lugar.
Azor ya se estaba retirando de la cabina, cuando en eso oyó el llanto de un bebé.
–¿Qué rayos es eso? –se preguntó Azor–. Parece el graznido de un pato, pero no, no es eso. Este sonido es diferente, jamás lo había oído antes.
Azor aguzó sus oídos y poco a poco se fue acercando al lugar de origen del llanto. Sobre una mesa, al lado del timón, había una canasta con unas telas. Azor miró extrañado el revoltijo de mantas, y con suma delicadeza retiró una de estas con su garra.
–¡AHHH! ¡Rayos, no me digas que la cría de humano es este pequeño ser sin dientes! –se quejó Azor luego de que vio al tierno ocupante de la canasta–. ¡Pero si es un humano recién nacido! ¡¿Y ahora que se supone que haré con él?! ¡Ni loco me haré cargo de esta cría de humano!
Doce años después. Transcurrido este tiempo, el que antes había sido un indefenso bebé se convirtió en un enérgico muchachito de pelo negro revuelto y de serenos ojos verdes.
–¡Hola, Bob! ¡Hola Nía! –saludó el carismático Rudy a los animales parlantes que se encontró en el camino.
–Buenos días, Rudy –le respondieron un mono llamado Bob y un águila harpía llamada Nía.
–¡Espérame, Rudy desgraciado! –gritaba desde atrás un agitado y ya más viejo Azor–. Este humano, desde que lo conocí mi vida nunca ha vuelto a ser tan pacífica como antes –se quejó en voz baja.
–Aquel humano llamado Rudy lo tiene loco al pobre Azor –rio Bob mientras observaba desde lo alto de un árbol.
–Tienes razón, pero también es cierto que desde que Rudy llegó a este bosque, nuestras vidas se han vuelto mucho más entretenidas –comentó Nía.
Rudy descendió por una bajada rocosa, y en el camino se fue saludando con más y más bestias parlantes: un oso llamado Mauro, una pareja de pájaros carpinteros llamados Mat y Jane, una pantera llamada Riza, solo por mencionar algunos nombres.
–A que puedo cazar aquel conejo antes que tú –Rudy retó a su padre adoptivo.
–No me hagas reír –le replicó Azor–. Ya verás cómo ese conejo acaba primero en mis garras.
Esa tarde Rudy y Azor se encontraban descansando en un claro del bosque. El joven humano devoraba ávidamente un conejo. –¿Estás seguro que no quieres que te invite, pa?
–¡Idiota, no te pases de listo conmigo! –replicó Azor.
Rudy ya estaba por responder, cuando un grupo de sujetos armados salieron de detrás de unos arbustos, y tras rodearlos a él y a Azor los apuntaron con sus rifles.
–¿Pero que tenemos aquí? –dijo uno de los sujetos–. Un león parlante y un niño salvaje vestido con pieles.
–Malditos, seguro son cazadores –gruñó Azor–. ¡Lárguense de aquí si no quieren salir lastimados!
–¡Cállate, animal idiota! –exclamó uno de los cazadores, y acto seguido golpeó fuertemente en la cabeza a Azor con la culata de su rifle.
Azor trató de responder, pero de inmediato dos tipos lo apuntaron con sus armas. Azor, que ya sabía lo letales que podían llegar a ser esos instrumentos, optó por permanecer quieto. Sin embargo, Rudy, quien nunca antes había visto un rifle, se escabulló con una agilidad sorprendente, y, tras encontrarse frente al sujeto que golpeó a Azor, le dio un violento puñetazo en el estómago, con el que lo dejó sin aire y desplomado sobre el piso.
–¡Maldito enano, te íbamos a vender como esclavo, pero pensándolo mejor te mataremos por insolente! –rugió uno de los tipos, y de inmediato apuntó a Rudy y luego le disparó.
Azor, conocedor de lo fatal que podía resultar recibir un disparo, trató de interponerse entre Rudy y la bala, pero la edad no le permitió ser lo suficientemente ágil como para lograrlo. Desesperado y resignado contempló con horror la escena, pero, para su sorpresa, la bala chocó contra una luz que apareció de la nada, la cual se había interpuesto justo delante de Rudy.
Esa luz resultó ser el reflejo del sol en la hoja de una espada, cuya punta estaba hundida en el suelo, en tanto el resto se extendía hasta detrás de la rama de un árbol de la cercanía; era una espada sumamente larga. Su dueño, un hombre con capucha, descendió del árbol y, a medida que fue llegando al suelo, la espada se fue encogiendo. Finalmente, cuando el tipo aterrizó y retiró su espada del suelo, ésta ya tenía un tamaño normal. Tanto la espada como el sujeto estaban rodeados por un aura de luz blanca.
Al ver al encapuchado, los cazadores bajaron sus armas y emprendieron una veloz huida.
–¡Ese rostro! ¡Tú eres el tipo que me salvó de los cazadores en aquella ocasión! –exclamó Azor con asombro.
–Ya veo, con que nos volvemos a ver, león parlante –dijo el encapuchado con tranquilidad–. Me alegra que aún me recuerdes.
–Debido a que tú me salvaste aquella vez, me prometí a mí mismo que como retribución ayudaría a algún humano que estuviese en problemas –le explicó Azor.
–Entiendo, no quieres deberle nada a los humanos –rio el hombre de la singular espada–. Me gustaría seguir charlando, pero debo capturar a esos criminales. Con su permiso –él agregó, y con una velocidad sorprendente, se alejó del lugar hasta perderse de vista.
–Vaya, así que él fue el humano que te salvó en aquella ocasión, Azor –comentó Rudy.
–Así es –contestó Azor–. No sé porque, pero esa vez, cuando los cazadores lo vieron, también huyeron despavoridos. Se nota que es alguien muy importante dentro de la sociedad humana.
Mientras tanto, en medio del bosque el encapuchado alargó su espada y la usó como garrocha para llegar a lo alto de un árbol, y luego se puso a saltar de rama en rama hasta que estuvo cerca a los cazadores. Estos, debido a que no vieron a su perseguidor por el sendero a sus espaldas, se creyeron a salvo. Pero grande fue su sorpresa cuando desde lo alto les cayó el iracundo espadachín.
–Como me enerva tener que lidiar con tipos tan obstinados –dijo el encapuchado luego de que redujo a los cazadores y los ató con una cuerda–. ¡¿Acaso no saben que en estos bosques está prohibida la caza?!
–Lo sentimos –contestaron adoloridos los cazadores.
A la mañana siguiente, como de costumbre, Rudy y Azor salieron a por el desayuno, aunque no sin antes armar todo un alboroto por donde sea que pasaran.
–Ayer estaba algo distraído, así que no pude cazar mi comida, pero hoy te enseñaré como consigue su alimento el depredador más letal de estos bosques –le dijo Azor a Rudy.
Ambos llegaron hasta unos arbustos, y después de ocultarse tras ellos observaron a un grupo de venados que ramoneaban por entre las hierbas de su alrededor.
–La clave para cobrar una pieza es el factor sorpresa –murmuró Azor, y cogió una piedra con su larga cola prensil, apéndice característico de los leones parlantes, para luego arrojarla con fuerza hacía unos arbustos que se encontraban al otro lado.
Los venados voltearon a ver hacia el lugar en donde cayó la roca, y emprendieron una veloz huida en la dirección contraria, es decir, directamente a donde se encontraban ocultos Azor y Rudy.
–¡Lo vez, pieza cobrada! –exclamó Azor entre dientes, pues con sus colmillos estaba sujetando del cuello al venado víctima de su amague.
–Tus trampas siempre son tan geniales –comentó Rudy–. Pensé que ya te habías olvidado de hacerlas por culpa de la edad.
–¡Cállate, humano idiota! –replicó Azor.
–¡Buenos días! –saludó repentinamente una voz desde lo alto de un árbol. Rudy y Azor miraron sorprendidos en todas direcciones.
–¿Será algún espíritu del bosque? –se preguntó Azor un tanto nervioso.
–No era mi intención asustarlos –se disculpó tranquilamente un hombre, que cayó repentinamente de un árbol y se paró justo en frente de Azor y Rudy.
–¡Pero si tú eres el mismo tipo de ayer! –exclamaron Rudy y Azor impactados.
Frente a ellos se encontraba un hombre de mediana estatura y que lucía una fina y rojiza barba que le crecía desde las patillas hasta el mentón. El hombre vestía una capa con capucha color granate que, a la altura de la espalda, tenía un singular escudo compuesto por una figura humana de color plateado. Esta figura sostenía una balanza en una mano, y en la otra una linterna de la que brotaban relámpagos.
–Mi nombre es Oliver –se presentó el tipo.
–Mi nombre es Azor.
–El mío es Rudy.
Al oír la presentación de Rudy, Oliver tragó saliva. –Yo hace mucho, en una pequeña embarcación encontré los cuerpos sin vida de un amigo junto a su esposa. El nombre de mi amigo era Rudy, Rudy Craft. Sabía que mi amigo y su esposa tenían un hijo, así que lo busqué sin cesar, pero por más que lo intenté no pude encontrarlo por ningún lado.
–Yo conocí a tu amigo. Hace doce años lo encontré moribundo junto a su esposa; ambos me encargaron el cuidado de su hijo y luego murieron –intervino Azor tras oír lo contado por Oliver.
–Ya veo. Entonces tu eres el hijo de mi amigo Rudy, ¿verdad? –Oliver se dirigió al muchacho.
–Es obvio, ¿acaso no oíste lo que te conté, humano? Más bien apresúrate en decir lo que tengas que decir, que me muero de hambre –bufó Azor.
–¡Tú haz lo que quieras, que con quien quiero hablar es con Rudy!
Azor le tomó la palabra a Oliver, y se fue a devorar su presa bajo la sombra de un árbol de las cercanías. En tanto, Oliver observó durante un buen rato al joven Rudy.
–¿Quieres saber algo sobre tus verdaderos padres? –finalmente Oliver se atrevió a hablar.
–Me es suficiente con saber que me querían mucho –sonrió Rudy–. Más bien, apúrate en lo que tengas que decirme que yo también tengo hambre.
–Bueno, está bien, iré al grano –suspiró Oliver resignado–. Lo que quiero decirte es que fue mi culpa que tus padres murieran, pues ese día yo me demoré en relevar a mi colega guardián de este bosque. Mi compañero se marchó pensando que yo ya estaría próximo a llegar, por lo que, durante un buen lapso de tiempo, no hubo nadie que vigilara el bosque. Si yo hubiera llegado antes a cubrir mi turno habría podido auxiliar a tus padres. Todo fue mi culpa.
–¿Por qué tu culpa? –preguntó Rudy extrañado–. Tú no los mataste…
–Pero era mi deber vigilar estos bosques, ¿me entiendes? Velar porque nada malo ocurra en ellos.
–No te entiendo muy bien, pero de todas formas no te culpes por lo que pasó: el bosque es inmenso, pudiste haber estado en el lado opuesto y de todos modos no te habrías dado cuenta de lo que pasaba –trató de animarlo Rudy.
–¡¿Estas dudando de la capacidad de un Centinela de la República?! –exclamó Oliver furibundo.
–No, no… por cierto, ¿Qué es un Centinela de la República?
–Oh, es cierto, no conoces nada del mundo de más allá de este bosque –comentó Oliver–. Bueno, te lo explicaré: un centinela es una persona encargada de mantener la paz, el orden y la justicia en todo el mundo.
–Aquí en el bosque yo y mis amigos vivimos en paz.
–¡Ah! Iba a proponerte para que vengas a vivir conmigo a Acasville, el pueblo en donde vivo. Pero bueno, en vista de que estas de lo mejor en este bosque, creo que desistiré –Oliver se encogió de hombros.
–Iré contigo –contestó Rudy sin dudarlo ni por un segundo.
–¡¡¿Qué?!! ¡¡¿Cómo pudiste decidirlo tan rápido?!! –exclamó Oliver, tan fuerte que pudo oírse por todo el bosque–. ¿y Azor? ¿Y tus amigos del bosque? ¿Acaso no los extrañarás?
–Sí, pero a ellos puedo visitarlos cuando quiera. En cambio, esta oportunidad de conocer lo que hay más allá del bosque es única –respondió Rudy.
–Pero vivirás en Acasville, tampoco conocerás mucho más –indicó Oliver.
–Entonces me convertiré en centinela, y así, como tendré la misión de velar por el bien del mundo, viajaré a todos lados y conoceré muchos lugares –señaló Rudy. Oliver ya iba a contestar, pero en eso se contuvo y una sonrisa se dibujó en su rostro.
–Eres todo un aventurero –por fin Oliver tomó la palabra–. Está bien, te prometo que haré todo lo posible para que seas un Centinela de la República… por cierto, ese también fue en algún momento el sueño de tu padre.
–¿En serio? –preguntó Rudy emocionado–. ¡Genial!
–Entonces, ¿te irás a vivir con los humanos? –preguntó Azor a Rudy luego de que este último se despidió de todos sus conocidos en el bosque.
–Me iré a conocer el mundo –contestó Rudy–. El encuentro con Oliver despertó en mí el mismo sentimiento que alguna vez tú tuviste y que te obligó a dejar todo atrás, Azor. La única diferencia es que yo si vendré de vez en cuando a visitarte a ti y a los demás.
–¡JA!, el deseo de aventura –sonrió Azor–. Lo dices como si fuera un sentimiento de lo más extraño.
–Oye Azor, entonces… ¿qué harás ahora que yo ya no voy a estar para interrumpirte?, ¿continuarás tu viaje por el mundo?
–Vamos Rudy, no te tomes mis comentarios tan a pecho –rio Azor–. No, ya estoy muy viejo como para continuar con algo tan agotador. Lo he pensado bien, y creo que lo que haré será regresar a mi tierra natal; iré en busca de mi familia.
–Ojalá aún te recuerden –rio Rudy.
–¡Claro que lo harán! –replicó Azor–. Más bien tú ruega para que cuando nos volvamos a ver yo aún te recuerde…
–Oh, es verdad, ¿dónde queda tu tierra natal? –preguntó Rudy–. Dímelo para que pueda ir a visitarte algún día.
–Averígualo por tu cuenta –contestó Azor, y a continuación empezó a alejarse por el sendero del bosque. Rudy lo observó hasta que lo perdió de vista, y luego regresó a donde lo estaba esperando Oliver para iniciar el viaje que, él estaba seguro, cambiaría su vida para siempre.
🤩 Si te gustó el capítulo, no te olvides de hacérmelo saber en los comentarios y de recomendarlo con tus amigos. ¡Hasta la próxima! 👋
😻¡Infinitas gracias por leerme!😻


Comentarios
Publicar un comentario