Capítulo XII: Una traición y una maldición
Aquella tarde los muchachos salieron para comprar medicinas. Por orden de
Valois, Arnauld y Dante fueron asignados para la tarea junto a un Caballero
Místico más llamado Eustace. "Equipos de tres en todo momento, porque seis
ojos miran mejor que dos, seis orejas escuchan mejor que dos, y tres cabezas piensan
mejor que una", el Gran General les había explicado el porqué de la
medida. Por supuesto él no exageraba. Tal nivel de cautela respondía plenamente
a la obsesión que en la capital se había instaurado en contra de los Caballeros
Místicos. Para más seguridad los tres habían salido disfrazados de monjes y con
sus armas ocultas en sacos rellenos de aserrín.
Mientras Dante entró a una pequeña droguería para
comprar hierbas medicinales, Arnauld y Eustace se quedaron conversando en la
calle, cruzados de brazos y con las espaldas apoyadas contra una decrépita
pared. –Pude ver el rostro de tu amigo durante la reunión con el Gran General.
No parecía de acuerdo con ciertos puntos de lo conversado. En cuanto a ti,
¿estás de acuerdo con lo que explicó el Gran General? –Eustace preguntó. Él era
un joven de sedosa cabellera rubia y rostro anguloso.
–¡Por supuesto que sí! –Arnauld respondió,
notablemente ofendido. Sin embargo, no se sintió capaz de responder por su
amigo. Había notado la desazón en su rostro, sobre todo cuando el Gran General
mencionó el punto de pretender doblegar a la Santa Sede–. Sobre Dante, yo...
creo que comprendo el porqué de su desconcierto. Tal vez el Gran General fue un
poco brusco en sus expresiones. Entiendo que con "someter a la Santa Sede",
en realidad quiso decir librarla de toda la degeneración que se ha apoderado de
ella...
–¡Claro que se refería a eso!
–Sí, lo sé. Pero Dante quizá no es tan bueno
leyendo entre líneas. Puede que haya interpretado mal lo que el Gran General...
–El Gran General Valois dijo las cosas tal y como
son, sin tapujo alguno que valga. Debemos someter a la Santa Sede para que
acepte retomar el camino legado por el Santo Profeta Engohim, no hay más
alternativa. ¿Es que no te das cuenta? Las enseñanzas del Gran Mensajero de Dios
han sido torcidas por la corrupción que se ha infiltrado en la Santa Sede. El
hambre de poder y de riquezas han oscurecido los corazones de las principales
autoridades eclesiásticas. De otra forma, el Papa jamás se habría permitido
escuchar las venenosas intrigas proferidas por el pérfido rey Justiniano.
Religión y política jamás deben mezclarse, su unión inevitablemente trae
consigo la putrefacción y la muerte...
–¡Dios santo! ¡Cuánta exageración tengo que oír!
–Dante acababa de salir de la droguería. Guardó unos pequeños frascos en el
sayo que le colgaba de la cintura.
–Vaya que te tomaste tu tiempo –Eustace comentó de
mala gana. Para Arnauld se hizo más que evidente que entre sus dos compañeros
existían notorias tensiones.
–¿Qué puedo decir? El dependiente ya estaba algo
entrado en años. Una tortuga luce como un veloz relámpago a su lado –Dante se
encogió de hombros.
–Solo espero que no le hayas comentado nada
indiscreto.
–¡Ah, la verdad es que no te entiendo, Eustace!
¿No se supone que todos somos hermanos de la Orden? ¿Por qué desconfías tanto
de mí?
–Todo en ti apesta a hipocresía. Soy muy bueno
leyendo las auras de la gente. Además...
–Vamos, si tienes algún problema conmigo, lo mejor
será que arreglemos las cosas aquí y ahora –Dante hizo el ademán de sacar su
espada del saco–. ¡Cielos! Olvidé que alguien podría vernos y acusarnos con las
autoridades. Mira nada más lo despistado que puedo llegar a ser –él agregó, y a
continuación soltó unas sonoras carcajadas.
–No creas que te librarás de mí...
–Ok, ok, acepto que tal vez no tuve la mejor cara
mientras escuchaba hablar a nuestro generalísimo. Sin embargo, quiero que sepas
que mi expresión no respondía a lo que él decía, sino que más tenía que ver con
la gigantesca flojera que habita en mi interior. ¿Tienes idea de cuánto tiempo
y esfuerzo nos tomará realizar todo lo que el Gran General mencionó?
Eustace se le quedó viendo perplejo. Jamás antes
había oído a un hermano de la Orden admitir tan abiertamente que tenía un
defecto, y mucho menos uno tan vergonzoso. El desconcierto que le produjo
aquello terminó provocando que se relaje y vea las cosas desde una nueva
perspectiva.
–Es un poco flojo, pero no creas que eso lo hace
un mal caballero. Puedo dar fe de que en valentía y nobleza no tiene igual,
¡así que no pienses mal de él, te lo ruego! –Arnauld intercedió rápidamente. En
ese momento los tres acababan de doblar por una esquina y avanzaban por un
estrecho pasaje. Montículos de nieve cubrían algunos puntos del camino
empedrado. Hace algunos minutos había comenzado a nevar.
–Ahora conozco un poco más a tu amigo, por
supuesto que ya no pensaré mal de él. De hecho, creo que tiene un excelente
sentido del humor.
–¡Jajaja! Qué bueno que ya nos comencemos a
entender mejor.
Eustace negó con la cabeza. –Discúlpame por
haberme mostrado tan paranoico. Pero debes entenderme. La Orden ha pasado por
tanto que es imposible no desconfiar de todo mundo.
–Una vez oí una lectura del Catecismo Celeste que
mencionaba: "El alma sufre de inanición cuando la confianza en los demás
se ha perdido" –Dante recordó–. Así que no cedas ante la debilidad de la
mente. Ten fe y confía, amigo. Acuérdate de que en estos momentos necesitamos
estar en nuestra mejor forma. ¿Qué clase de vibración del alma esperas obtener
con tanta bruma cubriendo tu juicio?
–Vaya, eres más listo de lo que aparentas, ¡y
conoces muy bien las escrituras! –Eustace se avergonzó de su reciente
comportamiento.
–Dante tiene razón. En estos tiempos difíciles
debemos estar más unidos que nunca –Arnauld intervino. Él estaba contento de
que las cosas entre sus dos compañeros por fin se hayan podido solucionar.
Los Caballeros Místicos planearon cuidadosamente
su golpe. "Seremos como gotas de agua cayendo y cayendo. El rey no tendrá
ningún momento de paz. Finalmente partiremos la roca que es esta despreciable
monarquía", el Gran General mencionó la noche anterior a la ejecución del
plan.
Amaneció nublado y con mucho frío en Tilix. Muy
temprano se oyeron gritos de una gran cantidad de gente. Ellos decían a viva
voz: "¡Vientos de cambio soplan sobre Faranzine, no pierdan las
esperanzas, hermanos!". Cuando los soldados reales salieron a poner orden,
se encontraron con que de pronto los revoltosos habían desaparecido como por
arte de magia. Solo hallaron en su incursión a gente común y corriente
realizando su día a día, de modo que no pudieron arrestar a nadie. Pero el
primer ministro quería llegar al meollo del asunto a como dé lugar, así que él
ordenó que se inicien de inmediato con las investigaciones. No tuvo que esperar
mucho, pues al poco rato le llegó un reporte procedente de Labastion. Este
lugar era una enorme fortaleza-prisión, en donde se tenían recluidas a grandes cantidades
de personas, generalmente por crímenes políticos y por no pagar impuestos. El
reporte hablaba de un sorpresivo ataque perpetrado durante la madrugada por un
pequeño grupo de Caballeros Místicos. Ellos habían reducido en un instante a
los guardias del lugar y habían liberado a todos los presos. En su reporte, el
capitán de la prisión contaba que una vez liberaban a un grupo de presos los
arengaban para que griten lo que toda la ciudad pudo oír al amanecer. "Sé
que ellos cuentan con una habilidad llamada serenidad del espíritu, con la que
pueden transmitir su paz interior por medio de sus auras. Esta habilidad no
solo les permite tranquilizar los corazones de la gente, sino también influir
en sus mentes. Por lo que sé solo funciona en mentes débiles y sumisas, pero,
¿Qué otra cosa se puede esperar de las mentes de nuestros prisioneros, quienes
en su mayoría eran pobres desgraciados hundidos en la miseria?", explicaba
cierta parte del informe.
El primer ministro, un hombre alto, gordo, y de
calvicie incipiente, chancó su enorme puño contra la mesa de su gabinete. Los
guardias que vigilaban la puerta se envararon. Al poco rato el primer ministro
salió del gabinete y llamó a su secretario. –Convoca a una reunión de
emergencia del consejo. Pero no vayas a donde el rey, que yo personalmente me
encargaré de avisarle a su majestad –él le indicó.
–Como usted ordene, su eminencia –el secretario
realizó una venia, y acto seguido se retiró a toda carrera por el pasillo.
Una vez se quedó solo, el primer ministro tragó
saliva. "Eres un valiente entre los valientes, Lemer, así ruede tu cabeza
es tu deber el hacerle comprender a su majestad sobre la gravedad de la
situación. Este mal debe ser erradicado de raíz. Hemos subestimado a esos
Caballeros Místicos, son mucho más peligrosos de lo que pensábamos", él se
dijo, y después se dio media vuelta y avanzó rumbo a la sala del trono.
Pocos días después, Dante, Arnauld y Eustace
salieron a abastecerse de víveres. Hacía frío aquella mañana, aunque por lo
menos había salido un poco de sol. Se encontraban comprando frutas en un
mercadillo, cuando los murmullos de la gente les hicieron ponerse en estado de
alerta. Se percataron de que una columna de humo se elevaba desde un punto muy
cercano a la catedral de la ciudad, el Templo del Gran Dragón Divino. En ese
preciso momento ellos tuvieron un mal presentimiento. Arnauld fue el primero en
echarse a correr. Eustace lo siguió al poco rato. Dante trató de detenerlos,
pero le fue inútil. No le quedó más remedio que seguirlos.
El edificio que daba acceso a las catacumbas ardía
en llamas. Los muchachos solo pudieron verlo desde la distancia, pues todo el
lugar estaba acordonado y atestado de soldados reales. Arnauld pudo ver las
capas azules de los soldados ondeando por doquier, con el escudo de la casa de
los Hardionen zurcido en su centro: la espada apuntando al cielo con
enredaderas de florecillas blancas saliendo de la punta. En ese momento Arnauld
odió con toda su alma aquel escudo de armas. Trató de apaciguar su odio
recordando sus entrenamientos de autocontrol, intentando ejecutar de manera
correcta la técnica serenidad del espíritu. Solo tras un gran esfuerzo
consiguió tranquilizarse.
–Alguien nos ha traicionado –Eustace susurró a
espaldas de Arnauld. Este último pudo percatarse de la ardiente ira que de
pronto se acababa de apoderar de su compañero.
–No puede ser –Dante comentó a su costado,
boquiabierto por lo que veían sus ojos. Y es que en ese momento se percató de
como un fuerte contingente de soldados arrastraba al Gran General y a sus
principales consejeros rumbo a unos carromatos-prisión. Ellos lucían muy
maltrechos y a duras penas se mantenían conscientes. Por otro lado, había
incontables cadáveres de soldados reales por doquier, lo que evidenciaba que
para ser reducidos y capturados Valois y los suyos habían ofrecido una férrea
resistencia.
–Mira todos esos cadáveres de soldados reales
–Eustace siguió susurrando–. Al menos antes de caer los nuestros se han cargado
a muchos de esos hijos de puta.
–¡Eustace! –Arnauld lo miró con los ojos
desorbitados. Le resultó muy impactante que un Caballero Místico pudiese estar
tan dominado por la ira. Aunque la verdad es que no le pareció algo demasiado
inesperado bajo las actuales circunstancias. Él mismo se había sentido igual,
aun se sentía igual. Sin su autocontrol de por medio él sabía que de seguro ya
se habría abalanzado contra aquellos soldados, a pesar de saber que con ello
estaría exponiendo su vida ante el filo de la muerte.
–Vámonos de aquí. La causa no debe morir. Mientras
un Caballero Místico viva, el ideal del Gran General no morirá –Dante les
susurró a sus compañeros. Muy a su pesar ellos tuvieron que admitir que su
colega tenía razón. No les quedó más remedio que alejarse y dejar a su suerte a
sus hermanos arrestados.
La ejecución se anunció para esa misma noche. Se
llevaría a cabo en la gran plaza ubicada frente al Palacio del Juicio. Cuando
Arnauld y sus compañeros llegaron al lugar, lo encontraron atestado de gente.
Ellos iban vestidos como vagabundos. Escondidas en unos sacos abultados con
víveres y paja ellos llevaban sus espadas. Se abrieron paso por entre la
multitud para poder observar mejor. En el balcón de una robusta torre del
edificio distinguieron al rey Justiniano en persona, en compañía de su primer
ministro, de su ministro de justicia, y del Gran Arzobispo de Faranzine. En ese
instante Arnauld sintió que le hervía la sangre. Justiniano el Sagaz, aquel
hombre de rostro afilado y de grandes e inquisidores ojos grises observaba con
gesto solemne hacia la plaza. Arnauld por un momento pudo sentir el odio
bullendo en su interior cuando sus ojos se depositaron en aquel hombre.
–¿Cómo es posible? ¿Cómo es posible? –Eustace
murmuró fuera de sí. Sus ojos estaban clavados en los tres postes de madera
sobre los que se habían atado a Valois y a sus dos más allegados consejeros.
Los tres muchachos al ver aquello entendieron que el resto de sus hermanos
capturados ya habían sido ejecutados previamente.
–¡Pueblo de Faranzine! –el rey habló con una
potente voz que en un instante hizo callar a todo mundo–. Esta noche
presenciaremos la muerte de los cabecillas de la organización sacrílega y
criminal más peligrosa de todos los tiempos. ¡Estos hombres que juraron lealtad
a Dios y a su representante en la tierra traicionaron todos sus principios por
culpa de su adicción al poder! ¡Son abominaciones poseídas por la maldad de los
demonios! Nunca pensé que alguien a quien consideraba mi amigo pudiera caer tan
bajo. ¡Incluso era el padrino de mi hija, la princesa Candace! No saben lo mucho
que me duele esta traición, ¡no saben cuánto! Confiaba en el Gran General
Valois, yo... ¡pero mi deber como gobernante está por encima de cualquier
sentimentalismo! ¡Los tiempos oscuros no pueden volver! ¡Los tiempos de los
demonios no deben de volver, y les juro que no lo harán mientras yo esté aquí
para evitarlo!
Luego del efusivo discurso del rey habló el Gran
Arzobispo, quien entre otras cosas dijo que aquellos hombres habían sido
condenados a la hoguera, un castigo reservado para los herejes, justamente
porque se les habían encontrado muchas pruebas que los acusaban flagrantemente
de practicar artes oscuras y contrarias a los sagrados principios expuestos en
el Catecismo Celeste. La posterior intervención del ministro de justicia se dio
en el mismo tono. Él leyó con escalofriante afectación los cargos de los
condenados. Enunció crímenes tan graves y bajos que al final de su intervención
la plaza entera se llenó de ensordecedores abucheos e insultos dirigidos a
Valois y sus compañeros.
En ese momento Arnauld ya no se sentía capaz de
controlar sus impulsos. Quería matar a aquellos mentirosos en ese preciso
instante. Si no fuera porque Dante le apretó con fuerza el brazo, él ya se
habría abalanzado con la espada en alto hacia el balcón de las autoridades.
–Vámonos de aquí –Eustace comenzó a alejarse–. No
puedo seguir soportando esto.
Dante asintió. Jaló a Arnauld para que lo siga.
Cubiertas las caras por unos conos de tela negra que solo tenían dos agujeros
para los ojos, los ejecutores se acercaron a las pilas de madera amontonadas
bajo cada poste, y las encendieron con sus antorchas. En ese momento la gente
estalló de júbilo. "Pobres ignorantes, dejándose llevar tan fácilmente por
lo que los poderosos les dicen. Quiero creer que no es su culpa, que no es el
morbo y la oscuridad de sus corazones lo que los vuelve unas bestias
irracionales que se deleitan en la violencia y con la muerte del prójimo...
¡¿Cómo pudieron acabar las cosas así?! ¡Íbamos tan bien!, todo marchaba tan
bien, habíamos sido tan cuidadosos... pero de pronto nuestro escondite... un
traidor, no hay otra explicación. ¡¿Quién fue el maldito que nos vendió,
quién?!!", Arnauld apretó sus puños mientras avanzaba. Lágrimas de rabia y
frustración descendieron por sus mejillas. Rápidamente él se las secó.
–¡El mal nunca saldrá airoso! –una repentina voz
incluso más potente que la del rey hizo callar en esta ocasión a todo mundo.
Era la voz de Valois–. ¡Eres un hombre pérfido y corrompido por la soberbia y
la sed de poder, rey Justiniano! ¡Pero como diría el Catecismo Celeste:
"El mal nunca es eterno porque siempre termina destruyéndose a sí
mismo"! ¡Acabas de condenarte a ti mismo y a los de tu sangre! ¡Te
maldigo, rey Justiniano! ¡Ten la seguridad de que la maldad de tu dinastía
pronto se extinguirá! ¡Acuérdense de mis palabras, pueblo de Faranzine! ¡Y
cuando lo que acabo de anunciar suceda, recuerden que la misericordia de Dios
es grande, pero que su ira contra los malvados lo es aún más!!
Poco después las llamas engulleron al Gran
General. Nadie se sintió capaz de articular palabra. Y es que todos
reconocieron en ese momento la gran valentía de aquel hombre, quien incluso a
pocos segundos de morir fue capaz de enunciar un discurso tan formidable y
lúcido. Aunque lo más admirable de todo fue que hasta antes de sucumbir él no
soltó ningún quejido de dolor. Sus compañeros también resistieron valientemente
hasta el final, aunque a ellos si llegó a escapárseles uno que otro lamento.
En ese momento el rey Justiniano se encontraba
mortalmente pálido. –¡Debimos haberles cortado la cabeza! ¡Ese infeliz no debió
de haber hablado! –él les reprochó a sus ministros y al Gran Arzobispo. Poco
después se marchó hecho una furia.
Ya lejos del Palacio del Juicio, Arnauld y sus
compañeros avanzaban en silencio. Arnauld en ese momento reafirmó en su
interior sus votos de Caballero Místico, y juró ante Dios y ante sí mismo que
nunca se doblegaría ni se rendiría en el supremo ideal con el que el Gran
General Valois había inspirado a su corazón, incluso en sus momentos finales.
Dante por su parte chasqueó los dedos y soltó un furioso juramento.

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