Capítulo 19: ¿Tan lejos vives? ¡Una travesía para morirse!
El fin del bimestre se acerca, y aunque resulte difícil de creer
todo apunta a que aprobaré casi todos los cursos. ¡Ash! Pero digo casi, porque
lamentablemente en el curso de Ciencias Naturales reprobé el último examen. Y
eso no es lo peor. Lo terrible es que el dichoso examen solo lo ha jalado una
persona más, y debido a ello a la profesora Inés no se le ha ocurrido mejor
idea que juntarnos a los dos para realizar un solo examen de recuperación.
“Quiero que los dos me presenten un proyecto de ciencias en el que haya… bla,
bla, bla y más bla… de plazo tienen hasta el lunes de la próxima semana”, nos dijo
la profesora hace como una semana. ¡Pero los días se han pasado y ya no nos
queda nada de tiempo! Que problema, hasta ahora no se me ha ocurrido nada para
hacer como proyecto, y en cuanto a mi compañero… pues, aunque él me ha dicho
que tiene una idea genial, la verdad es que no me da mucha confianza. ¡Ay! Pero
lo cierto es que ya no me queda más alternativa: él dice que tiene una idea y
que la podemos trabajar fácilmente en su casa este fin de semana, así que
tendré que ir hasta allá me guste o no. Y para colmo ese tonto vive en los
confines del mundo. ¡Rayos! Aunque eso no es nada en comparación con lo peor. ¡Y
es que mi compañero de proyecto no es nada más ni nada menos que-que… que el
idiota de Lorenzo, el pervertido loro desplumado! ¡¿Por qué tengo tan mala
suerte, que alguien me lo explique?! ¡¿Por qué?!!!
***
Mandy
salió de su casa muy temprano para dirigirse a la casa de Lorenzo. Él la había
citado a las nueve y media de la mañana para hacer el trabajo, pero debido a
que vivía en Characato, un lugar bastante alejado de la ciudad y de la casa de
Mandy, ella decidió tomar sus precauciones para poder llegar a tiempo.
“Mientras
más pronto acabemos el estúpido trabajo, mejor. Trataré de que lo terminemos
antes de la hora del almuerzo, porque de lo contrario seguro que ese loro
desplumado con la excusa de invitarme a almorzar se aprovechará de la situación
para hacer de las suyas… ¡Rayos! ¿Por qué tendrá que vivir tan lejos ese
idiota? A ver, repasaré una vez más las indicaciones que me dio el muy tonto
para llegar a su casa. Desde aquí tengo que tomar una combi que me lleve hasta
la Av. Independencia, para de allí tomar la combi que me llevará hasta su casa.
¿Cómo se llamaba esa combi? Mmm, recuerdo que me dijo que era una de color…”,
mientras caminaba hacia la avenida principal para tomar su combi, Mandy repasaba
mentalmente lo que tenía que hacer.
Una
vez llegó al paradero se sentó en la banca y esperó.
Pasó
una combi, pero la vio tan llena que no hizo ningún intento por pararla.
Pasó
otra igual.
Otra
y otra más. Todas iban igual de llenas.
–¡Uf pero que llenas vienen todas estas combis!
¡¿Tanta gente vive en Arequipa?! –algo irritada, Mandy se preguntó–. Y esto que
es sábado… bueno, ahora que lo pienso bien, hace mucho tiempo que no tomo una
combi… ¿qué hago? Si fuera por mí irme en taxi, así me cobre como pasaje de
avión. Pero la vida es así: con lo del microscopio que rompí estoy más
castigada que nunca, por lo que ahora mi madre con las justas me ha dado para
los pasajes de la combi. ¡Qué severa puede llegar a ser esa mujer! En fin, que le
voy a hacer… todo sea por aprobar el maldito curso –Mandy levantó la mano
cuando vio venir una combi. El vehículo se pasó de largo.
–¡¿Pero qué le pasa a ese chofer idiota?! ¡¿Es
que está ciego o qué?! –Mandy rabió.
La
combi paró varios metros delante.
–Demonios, parece que lo hicieran a propósito estos
bobos –Mandy corrió hacia la combi refunfuñando.
Esperó
delante de la puerta. Esta se abrió. Mandy ya iba a subir cuando un tropel de
gente bajó de la combi intempestivamente y por poco se la llevan de encuentro.
–¡Baja, baja! –exclamó el cobrador con voz
nasal.
Una
vez que toda la gente ya hubo bajado, Mandy por fin pudo subir al vehículo.
–¡Pie derecho, pisa, pisa! –exclamó el
cobrador.
¡RUM!
Ni bien Mandy acababa de subir, la combi aceleró a toda velocidad. Mandy por
poco se va de cara contra el suelo.
–¡Salvaje! ¡Aprende a conducir, bruto! –ella
exclamó hecha una furia cuando por fin logró mantener el equilibrio tras
aferrarse con ambas manos a un tubo del techo. Por respuesta el chofer subió el
volumen a la radio, una emisora de cumbia, y se hizo el que no oyó nada.
–Vaya día –se lamentó la joven, cuando en eso
sintió las miradas de prácticamente todos los pasajeros, y hasta del cobrador,
clavadas en su persona.
–¡Oigan, ¿Qué les pasa?! ¿Es que tengo algo raro
en la cara o qué? –se quejó Mandy, y entonces se miró los brazos. Ella iba
vestida aquella mañana con polo rojo, short negro y zapatillas. En la espalda
llevaba una mochila de cuero–. Claro, soy un fenómeno púrpura. Ya se me había
olvidado –ella exhaló resignada.
Desde
un comienzo Mandy creyó que terminaría acostumbrándose a que todos la viesen
como a un bicho raro, aunque hasta el momento aquello siempre le terminaba
resultando demasiado incómodo e insoportable.
–¡Ya dejen de mirarme! ¿Por qué mejor no se ven
sus propias caras? ¡Son más raras que un simple tono púrpura de piel y cabello!
–ella reclamó.
–Ay con estos jóvenes de hoy en día, ya no saben
que más hacer para llamar la atención –una señora sentada justo en frente de
Mandy comentó–. Aunque admito que un caso tan exagerado como el tuyo, niña,
jamás lo había visto…
–¡¿En serio piensa que esto lo he hecho yo para
llamar la atención?! ¡¿Qué me cree que soy?! ¡¿Un maldito payaso?!
–¡Por todos los santos, y encima resultaste ser
de las que son contestonas con sus mayores! –la señora se mostró indignada–. No
hay duda de que la juventud de estos tiempos está cada vez peor.
Una
serie de murmullos en la combi demostraron su apoyo al comentario de la señora.
–Vieja metiche, quien la manda a meterse en
donde no la llaman –refunfuñando entre dientes, Mandy decidió irse al fondo de
la combi para esconderse de las miradas de tanto curioso–. Y encima los otros
que se dejan convencer por sus tonterías –ella añadió, y llegó al fondo del
pasadizo. Justo en ese momento, del asiento que tenía más cerca se levantó un
chico para bajar. Sin tiempo que perder, Mandy lo ocupó en el acto.
–¡Uf, que suerte que conseguí este asiento! –ella
se dijo, y se secó el sudor de la frente. Recién cayó en la cuenta de que
dentro de la combi hacía un calor infernal. Se estiró hacia la ventana para
abrirla, cuando en eso sintió una mano que le cogió la cintura.
–¡Oiga, viejo degenerado, ¿se puede saber qué
demonios está haciendo?! –indignada, Mandy de un jalón se sacó de encima la
mano del señor que estaba sentado a su lado. “Pero que tal cara de pervertido
la que se maneja este viejo… ¡Si hasta parece mandada a hacer! Cielos, ¿En qué
hora me vine a sentar a su lado? Mejor será que me vaya de aquí”, Mandy se dijo
para sus adentros.
¡PAF!
Cuando Mandy viró la cara para levantarse del asiento, esta impactó contra las
posaderas de una señora obesa que estaba yendo de pie en el pasadizo.
–¡Cof! ¡Cof! ¡Qué experiencia tan terrible! –Mandy
se cogió del cuello en tanto tosía de forma continua–. Y encima parece que se
ha echado uno justo cuando mi cara chocó… ¡Dios!! ¡Qué desagradable! Tengo que
abrir la ventana o moriré asfixiada –Mandy viró hacia la ventana para abrirla,
pero entonces se topó con la cara del viejo libidinoso, quien se la comía con
la mirada sin ningún disimulo.
–¡Viejo asqueroso, ruin, sucio, depravado! –fuera
de control, Mandy comenzó a darle de mochilazos en la cabeza al tipo, quien
debido al dolor recién salió de su estado de hipnotizado para cubrirse la
cabeza.
–¡Oye, no, espera! –el viejo trató de coger la
mochila de Mandy para que ella deje de golpearlo.
–¡Ratero! –Mandy se puso de pie encima de su
asiento y señaló con el dedo al sujeto.
–¡NO! Esto no es lo que piensan. ¡Estás loca,
niña morada de mierda! –el sujeto se puso de pie e hizo el ademán de intentar golpear
a Mandy, pero ella lo repelió con un mochilazo en la cara.
–¡Además es un pervertido, un mañoso! ¡Me
estaba toqueteando! –con voz quebradiza ella se lamentó. Su papel de víctima
inocente le salió perfecto. En un santiamén el sujeto fue bajado de la combi a
empellones.
–¡Ah! Por fin podré viajar en paz –Mandy se dijo
aliviada, y se sentó en el lado de la ventana para poder abrirla. Pero para su
desgracia, a su costado se sentó la señora obesa–. ¡Ay! –Mandy fue lanzada
contra la ventana por las carnes de la gruesa mujer.
“¡Puf,
qué olor! Ya se echó otro esta gorda pedorra”, con los ojos llorosos y
tapándose la nariz con la mano derecha, Mandy se lamentó para sí. Desesperada
intentó abrir la ventana, pero dado que ella se encontraba muy apretada, no
logró alcanzar el pestillo a pesar de todos sus esfuerzos. Le pidió de favor al
señor que estaba en el asiento de delante para que abra un poco la ventana,
pero él negó con la cabeza y se señaló el cuello.
–Estoy
resfriado –dijo.
–Solo un poquito, porfis –le suplicó Mandy.
El
señor se hizo el sordo.
–Viejo insensible –Mandy se cruzó de brazos en
su asiento e hizo rechinar sus dientes mientras fruncía el ceño.
¡Cof,
cof! Mandy sintió que se le iba a caer la nariz. Nuevamente a la señora se le había
escapado una flatulencia.
“Que
señora tan terrible, parece que se hubiera comido una piscina entera de
frejoles: ¡santos cielos!”.
Felizmente
para Mandy, su sufrimiento no se prolongó por mucho más tiempo.
–¡Baja, baja, por piedad! –exclamó ella cuando a
lo lejos divisó su destino–. Permiso, señora, gracias, permiso –Mandy se abrió
paso prácticamente a nado para salir del asiento–. Permiso, permiso –desesperada
y haciendo presión entre el mar de gente la joven púrpura finalmente consiguió
abrirse paso hasta la puerta de la combi.
“¡Fiuuu!
¡Ahhh!”, cuando ya estuvo fuera de la combi, Mandy inhaló y exhaló con
elocuencia. –Por fin, sagrada libertad –ella se estiró como una felina. Pero
entonces cayó en la cuenta de que todavía le faltaba tomar otra combi más para
por fin poder llegar a su destino final–. ¡Ay, no! –se lamentó–. ¡En serio espero
que tu idea para el proyecto valga la pena, loro desplumado, es todo cuanto te
pido! –Mandy suplicó, en tanto con los brazos cruzados se apoyó en un poste a
la espera de que pase la combi que la llevaría hasta Characato.
–Sí que tarda esta cosa –Mandy se dijo algo
fastidiada. Ya llevaba esperando cerca de seis minutos, cuando en eso divisó a
lo lejos la combi que la llevaría a su destino–. ¡Hasta que por fin! ¡Hey!
¡Sube!
La
combi se pasó de largo hasta que finalmente paró en el semáforo.
–¡Sube, ¿es que estás sordo?! –jadeando tras
correr más de media cuadra, Mandy alcanzó la puerta de la combi.
“Diablos,
otra vez todos me están mirando como si fuese un fenómeno de feria, ¡qué
fastidio! Pero ahora no cometeré el mismo error de la otra combi, aguantaré las
miradas. ¡Lo haré! Eso es mil veces preferible a tener que irme hasta el fondo
de la combi, en donde he tenido que experimentar en carne propia las torturas
de unos entes grotescos que jamás deberían haber visto la luz del sol. ¡Brrr!
De solo recordarlo hasta me dan escalofríos”, con este pensamiento fue que
Mandy se pegó de espaldas a la ventana situada delante de los primeros asientos
de la combi, justo al frente de la puerta. En esta ocasión el vehículo era una
couster, por lo que al menos tenía más espacio que en la anterior combi que
tomó.
–¡Sube, sube! –exclamó el cobrador.
Una
pareja de jóvenes enamorados subió tambaleante. A Mandy sus maneras y
movimientos le parecieron sospechosos. “Lo mejor será alejarme. ¡Ya estoy harta
de toparme con tanto fenómeno!”, ella se dijo para sus adentros, y dio un paso
hacia adelante con la intención de cruzar hacia el pasadizo.
¡RIFF!
De improviso la combi viró con velocidad hacia la izquierda. La pareja de
jóvenes fue lanzada hacia la ventana.
¡PAF!
La pobre de Mandy no pudo hacerse a un lado a tiempo, de modo que fue aplastada
por la pareja.
“¡Diug!,
que aliento tan horrible… huelen como a papá cuando se pasa de copas en la
celebración de año nuevo, aunque en el caso de estos tipos ese olor está
multiplicado por cien… ¡Que cien, por mil!”, desesperada y harta de los malos
olores, Mandy abrió la ventana de un jalón.
–¡Ah, que bien se siente respirar el aire
fresco! –ella exclamó con un gesto de satisfacción.
–¡Brrr, mi amor, qué frio hace, ¿verdad?! –la enamorada
se acercó a su novio y lo abrazo.
–¡Es cierto, amor! Apapachémonos para entrar en
calor –respondió el chico.
–¡Ejem, ejem! Detesto interrumpir su momento de
amor, tortolitos, pero… ¡Podrían esperar a que me aparte! ¡¿Acaso no se dan
cuenta que estoy en el medio?! –Mandy exclamó hecha una furia, cuando la pareja
en vez de abrazarse entre ellos, abrazaron ambos a Mandy, y para colmo los dos
pegando las mejillas a las de ella.
–Lindo, ¿me das un beso? –la chica le dijo al
chico. Mandy casi pierde el conocimiento al oler el tremendo tufo que despidió
la muchacha cuando abrió la boca.
“¿Lindo?
¡Pero si este es más feo que un depredador sin máscara!”, Mandy se dijo para sus
adentros.
–¡Por supuesto, gordita! Mis labios son tuyos, bebé
–el chico le respondió.
¡Mua,
mua! Chico y chica prepararon sus labios para darse un apasionado beso.
–¡NOOO!! –aterrada por encontrarse en medio de
los labios tan ardientes de deseo de los enamorados, Mandy se agachó, y para
tomar impulso durante su desesperada huida, ella terminó empujando a la pareja
hacia la ventana. Los labios de ambos terminaron impactando contra el tubo para
sujetarse que se hallaba dispuesto de forma horizontal delante de la ventana.
–¡Cuanta pasión, mi amor, aunque estes tan fría
como el hielo! –exclamó el chico.
–¡Lo mismo digo yo! –respondió la chica. Ambos
se sonrieron y dejaron en evidencia que acababan de perder algunos dientes.
–He ahí las consecuencias de amar las cosas
empalagosas. ¡Bien me lo advirtió mi dentista, jajaja! –Mandy se rio con disimulo
de su propio chiste.
Nuestra
púrpura amiga pensó que por fin su viaje continuaría en paz, cuando para su
desazón sintió algo húmedo que frotaba su pantorrilla derecha con insistencia.
–¡Oye tú, ¿se puede saber que estás haciendo?!
–Mandy le increpó a una niñita de unos seis años de edad, quien, con el dedo
humedecido por su saliva, de forma frenética frotaba y frotaba la pantorrilla
de Mandy.
–No sale, no sale, ¿qué maquillaje has usado?
¡Dime, dime! ¡Yo también quiero para Halloween! –le respondió la niña.
–Je je je –Mandy mostró una sonrisa forzada–. Pero
que niña para más tierna… ¿Por qué no lo buscas en internet? Allí está todo.
–Mejor dímelo tú, dime tú, no seas mala –insistió
la niña, y se llevó el dedo a la boca para recargar saliva y continuar con su
labor.
–¡Está bien, está bien, te lo diré! ¡Solo deja
de frotarme la pierna con tu dedo, que es de lo más asqueroso! –chilló Mandy.
–Oki, ji ji –la niña sonrió.
–Usé un maquillaje que compré en internet –respondió
Mandy–. Eso es todo.
–¡Eso no vale! –renegó la niña, y en venganza con
más énfasis se dedicó a frotar la pantorrilla de Mandy–. No sale, no sale: ¡es increíble!
–¡Señora, controle a su engendro! –Mandy se
dirigió a la madre de la niña, pero se dio con la sorpresa de que esta dormía a
moco tendido en su asiento. Casi se va de espaldas.
–¡Shu, shu! –Mandy tuvo que alejarse hasta
cerca de la puerta para poder librarse de la molesta niñita. De lejos esta
última le sacó la lengua. Mandy como respuesta le sacó el dedo del medio.
–¡Sube, sube! –exclamó el cobrador. Una mujer
subió con una enorme bolsa de alfalfa cargada en la espalda. Caminó hasta el
pasadizo, y en medio de este la dejó caer.
–¡Acomode su bolsa, señora! –le increpó el
cobrador.
La
señora asintió, aunque no hizo el menor caso. Por el contrario, sacó su
smarthphone y se puso a chatear.
–¡Sube, sube! –más gente ingresó al vehículo–.
¡Por favor, señora, acomode su bolsa, no obstruya la pasada! –le insistió el
cobrador.
–¡Aish, que fastidioso este, no me deja chatear!
–la señora se quejó, y con violencia se llevó al hombro la enorme bolsa.
“¡WAAAAA!!”,
Mandy recibió de lleno un golpe de la bolsa de alfalfa, el cual la mandó a
volar por la puerta de la couster, la que para su mala suerte en ese momento se
encontraba abierta.
–¡Oye, no has pagado tu pasaje! –le reclamó el
cobrador cuando la vio salir disparada.
Mandy
cayó sobre un montículo de pasto y rodó cuesta abajo hacia una chacra.
–¡Ayy…! –adolorida por la caída, Mandy se
incorporó pesadamente una vez paró de rodar. Todo su cuerpo estaba cubierto de
pasto seco.
¡Guau,
guau! Un par de perros que cuidaban la chacra corrieron hacia Mandy apenas la
divisaron dentro de sus dominios.
“¡AUXILIO!!”,
aterrada hasta las lágrimas, Mandy huyó despavorida de los perros.
Eran
cerca de las diez y media de la mañana. Lorenzo esperaba sentado en la vereda
de la fachada de su casa. Constantemente consultaba la hora en su celular. –¿Qué
habrá pasado con Mandy? ¿Será que se ha perdido? –se preguntó.
En
eso, a la distancia él divisó un pequeño punto que se acercaba a paso lento por
un lado de la pista.
–¡Mandy! –Lorenzo se puso de pie y corrió al
encuentro de su compañera una vez la reconoció. Agotada a más no poder y
apoyándose en un palo que recogió de la chacra, una jadeante Mandy avanzaba a
duras penas. Ella estaba insolada y sudaba a mares, además de que toda su ropa
estaba cubierta de pasto y tierra. Algunas leves magulladuras cubrían su piel
púrpura–. ¡Mandy, mi amor! ¡Por todos los cielos, ¿se puede saber qué te pasó?!
–un impactado Lorenzo le salió al encuentro.
–Loro desplumado, ¿podrías hacerme un enorme
favor? –con voz desfalleciente, Mandy le preguntó.
–No se diga más, mi amor. Te llevaré cargada en
mis fuertes brazos y te consolaré de tus sufrimientos con mis caricias Porque es
eso lo que me ibas a pedir, ¿verdad? Por supuesto que para mi será un enorme
placer…
–¡Lo que quiero es que cuando me vaya me pidas
un taxi, maldito idiota! ¡Quiero un puto taxi, grábatelo bien en tu cabezota! –Mandy
explotó en tanto se puso a corretear a Lorenzo para agarrarlo a palazos. A él
no le quedó otra más que huir despavorido hacia su casa.
–¡Nunca más me volveré a subir a una combi,
NUNCA!! –Mandy exclamó con voz iracunda, mientras descargaba toda su ira en los
palazos que lanzaba a diestra y siniestra.
🤩 Si te gustó el capítulo, no te olvides de hacérmelo saber en los comentarios y de recomendarlo con tus amigos. ¡Hasta la próxima! 👋
😻¡Infinitas gracias por leerme!😻

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